EL CLAVEL DEL AIREPATRICIA SUAREZPara Nino TenutaEl campo argentino, junto a un arroyo. Principios del siglo XX Personajes: Carmelo Angelo Nina Cristófalo 1. La ribera de un arroyo. Carmelo está con la caña de pescar, la canasta. Revuelve la tierra en busca de lombrices. De detrás de un árbol o un arbusto o una piedra, aparece de improviso Angelo, un poco como un personaje de dibujos animados. Va vestido zaparrastroso. Angelo (poniéndose delante de Carmelo): Usted no me conoce. Carmelo (sorprendido): No. Angelo: Y sin embargo usted arruinó mi vida. Carmelo: ¿Yo? (Larga pausa.) ¿A mí me habla? Angelo: Sí. Carmelo: Si yo a usted no lo vi nunca. Angelo: Me está viendo ahora. Carmelo: Sí, ahora sí. Angelo: ¿Pican? Carmelo: Alguna mojarra un poco atontada... El clima no ayuda. Angelo: Viene siempre a pescar. Carmelo: Sí... de vez en cuando. Angelo: Viene siempre. Carmelo: Siempre, siempre... Angelo: Los domingos. Después de la sobremesa. Para no pelearse con su mujer, viene y prueba suerte con los pescados. Carmelo: ¿Quién le contó? Angelo: Ah... Carmelo: Fue la Nina seguro. Angelo: Pero no. Carmelo: ¿Y quién fue entonces? Angelo: Es que usted no se acuerda de mí. Eso es todo. (Pausa.) Si hiciera memoria... Carmelo: ¡Pero si ya le dije que no lo conozco! Angelo: Haga el esfuerzo. Piense. Carmelo: ¿Usted dice de Siracusa? (Larga pausa.Lo mira atentamente.) Ahora que lo miro... Me recuerda a alguien pero no sé a quién. Angelo (feliz): Piense, piense. ¿Cómo no se va a acordar de mí si usted me arruinó la vida? Carmelo (señala el agua): ¡Ahí saltó una! Saltan acá las mojarras. (A Angelo) ¿Qué dijo? Angelo: No es posible que usted no me recuerde. Carmelo: Tengo muy mala memoria. La Nina lo dice. (Pausa breve, suspicaz) ¿Usted la conoce a la Nina? Angelo asiente. Carmelo: Tiene un carácter. Angelo: Una bella mujer. Carmelo: Caramba, la conoce. Angelo sonríe capcioso. Carmelo se agacha y empieza a escarbar la tierra. Escarba, escarba, lo hace hasta debajo de los zapatos de Angelo. Angelo: ¿Qué hace? Carmelo: Carnada busco. Angelo: Cuánta molestia. Carmelo: ¿Qué quiere que coman los peces? Tiene la suela despegada. Angelo: Sí... Carmelo: Las dos suelas. ¿Por qué no les pone unos clavitos? Angelo: Camino en puntas de pie para que no se gasten. Pero se gastan igual. Carmelo: Como las bailarinas. Angelo: ¿Qué? Carmelo: Camina solamente arriba de los dedos gordos. Angelo: Antes yo era muy rico. Usted seguro que lo sabe; alguno le habrá venido con el cuento. Carmelo (examina una lombriz): Mire esta que flaca, pobrecita. Lástima. Pero los pescados tienen necesidad. Angelo: No me escucha... Carmelo: Pero sí. ¿Usted no es primo de la Nina? De la parte del padre. (El otro niega.) Ah, ¿no? Me pareció. Tiene como un aire a don Manfredo. No sé... la nariz un poco... desformada, sí. (Clava a la lombriz en el anzuelo.) No chilló nada la pobrecita. Ya pasó a mejor vida. Angelo: Sigue bruto igual usted. Carmelo (ríe): Yo no. ¡El hambre! (Echa el hilo al agua). Ojalá haya suerte. Angelo: Las mojarritas no se merecen que usted... Carmelo: ¡Las mojarritas no! ¡Los pejerreyes! Vienen del cañaveral, allá. ¿Ve? Parece que los cría un paisano que era cura antes. Algunos pejerreyes se le escapan. Y vienen a parar acá. (Pausa.) ¿Y qué tal está Siracusa? (Pausa) Cuente, vamos, cuente. Angelo: ¿Yo? ¿Por qué? Carmelo: Ah, vamos. No sea díscolo. Angelo: Yo no vengo de Siracusa. Carmelo: Ah, no. Angelo: No. Carmelo: Me pareció haberle oído decir... Angelo: Es que no me escuchó. Carmelo (suspìcaz): ¿Usted no será el hijo de Aída Bertini? Angelo (ríe): No, no, no. Carmelo: Ah. Pero la conoce. Angelo: Yo... Carmelo: la conoce. Si no, ¿por qué se va reír? Angelo: Es que no la conozco. Carmelo: Usted se cree que soy estúpido. Angelo: No mucho la conozco. De vista. Me la señaló su... La Nina. Carmelo: Ah, mire usted. Qué comedida la Nina. Angelo: Una amabilísima persona. Carmelo: Aída Bertini. Angelo: No. Su... Carmelo: La Nina. Angelo: ¡Levante, levante! Picó algo. Carmelo levanta. No saca nada. Carmelo: Pescado malandrín. Larga pausa. Angelo: Se puso de malhumor. Carmelo: No. Angelo: Los domingos debería dormir la siesta. Carmelo: Usted. Angelo: No. Usted. Dígale a su... a Nina que no lo..., disculpe que me entrometa: dígale a Nina que no le estorbe el sueño. Carmelo: ¿Qué dice? La Nina no me estorba. Angelo: Cuando ella empieza y empieza, ya no termina nunca. Carmelo: ¿De dónde la conoce tanto usted a la Nina si se puede saber? Angelo: Ah, de antes. Carmelo: De antes de cuándo. ¿No habrá sido pretendiente suyo? Angelo: No, no, no. Carmelo: Me molestaría mucho. Angelo: Pero si le dije que no. Carmelo: La Nina tuvo mucho pretendiente. Angelo: Es que es una mujer muy hermosa. Carmelo: ¡Usted fue prometido suyo! Angelo: No grite. Espanta a los peces. Carmelo (sulfurado): ¡No grito! ¡Usted me viene acà y me ronronea y resulta que fue pretendiente de la Nina! ¿Se pensó que soy estúpido? ¿Qué quiere? ¿Conquistársela de nuevo? Sepa que ella ahora es decente y no anda atrás de un... un... ¡un pelagatos, ahí tiene, que no me salía la palabra! Angelo (temeroso): Pero si yo no... si ya le dije... Carmelo: ¡La Nina es muy decente y no se atreva a negármelo! Angelo: No... Carmelo (más calmo): Tendría que arrancarle los ojos. (Pinchado.) Se me fueron todos los pescados por su culpa. (Pausa, deprimido.) Capaz que los pejerreyes se vuelvan al cañaveral... Angelo: Usted dispense. Pero al final de cuentas no sabe quién soy yo. Carmelo: No me provoque otra vez, quiere. Ya me arruinó el domingo. Único día que tengo para descansar y usted viene... Angelo: Pero no me reconoce. Carmelo: ¿Qué le dije? Angelo: ¡Pero si usted me arruinó la vida, cómo no se va a acordar de mí! Carmelo (furioso enrolla la caña y patea las piedras a su alrededor): Ah, demonio. ¿Qué quiere? ¿Qué quiere, eh? Ya me echó los pescados, casi me ensucia la Nina sembrándome la duda... ¿qué más quiere? Angelo: Yo nada, Carmelo. Carmelo: Signore Carmelo. Nadie le dio confianza. Angelo: Es que como usted me arruinó la... Carmelo (terminante): Finito. Se deja de hacer el misterioso y me habla como un hombre. ¿Qué cosa dice que le hice yo? (Pausa.) Escucho. Angelo: Usted... (Se quiebra.) No puedo. Carmelo: ¿Qué no puede? Ahí adentro de la boca le veo la lengua. Hable. Angelo (llorando): Usted me echó de su casa. Carmelo: ¿Qué casa? ¿Cuándo? Angelo: En Siracusa. Carmelo: Si me dijo recién que no venía de Siracusa... Angelo: No. Porque estuve un tiempo tratando de ganarme la vida en Roma, pero allá... Carmelo: Primero Siracusa sí, después Siracusa no, ahora resulta que Roma. ¡Roma! Angelo: No me cree. Carmelo: No. Angelo: Yo estaba siempre detrás de tuyo, Carmelo. Carmelo: Adiós. Usted es un embaucador. Carmelo empieza a salir. Angelo: ¡No, no te vayas, Carmelo! ¡Carmelino! (Lo corre.) Carmelo: Haga el favor de no molestar, señor. Angelo: ¡Carmelino: si yo soy Angelo! Tenía 11 años cuando la mamma y vos... Carmelo: Antes de mencionar a mi mamma se lava la boca. ¡Con jabón! ¿Entiende? Angelo: Pero, Carmelino... soy Angelo. ¿Cómo no vas a acordarte? Carmelo: Usted miente. Angelo: ¿Querés que te muestre el pasaporte? Carmelo: Falso, seguramente. Angelo: Pero no. No. ¿Cómo podés negar así a tu hermano? Carmelo: Usted no es mi hermano. Angelo: Te busqué por toda Europa. Me dijeron que te habías ido primero a Norteamérica... y don Vilfredo me dijo que estabas en Roma y me pasé en Roma un buen tiempo... Carmelo: ¿Cuánto? Angelo: Doce años. Carmelo: Doce años de juerga. Larga pausa. Angelo: ¿Vos no me buscaste, Carmelino? Carmelo: Señor, yo a usted no lo conozco. Angelo: ¿Qué querés que haga para probarte que soy tu hermano? Carmelo (enervado): Mire, señor. Yo tuve dos hermanos: el Cristófalo, que murió de tifus en el carro camino de un hospital, y el Angelo que se le murió de susto a mi mamma cuando llegaron los soldados de Garibaldi. Angelo: ¡No me morí, Carmelo! Carmelo: Ya le dije, señor. No me moleste más. Angelo: ¡La mamma me dio a los soldados por orden tuya! Carmelo (lloriqueando): Señor, le ruego que no profane la memoria de la mamma. Angelo: ¡Soy Angelo, Carmelino! Carmelino: No ensucie ese nombre santo. Angelo: Pero si soy yo, ¡soy yo! Carmelo (le da un cachetazo a Angelo): Señor, vayáse. Angelo (lloriqueando): Carmelo... soy tu hermano. Carmelo (sopapo más contundente): Vayáse de acá. Angelo sale para un lado y Carmelo para el otro, refunfuñando. Se vuelven y se miran a la distancia. Salen. Apagón. 2. Comedor de campo, humilde. Mesa basta, penumbra. Nina y Carmelo a la mesa. Sopa, guiso violento. Carmelo: Así que conversó con él. Nina: Sí. Carmelo: ¿Y? Nina: Y qué. Carmelo: ¿Le creyó? Nina: No... Carmelo: Pero en su corazón que sintió. Nina: No sé. Carmelo: Algo habrá sentido. Nina: Mira, Carmelo: si el corazón mío pudiera pensar se me pararía. Carmelo: Ah. Nina: Aparte él dice que es su hermano. No yo. Carmelo: Dice él. Nina: Sí, dice él. Carmelo: Embustero. Nina: El cielo se había puesto negro del lado del arroyo... Habrá levantado correntada... y después pasó un paisano diciendo que en Santa Susana subía un tornado... Carmelo: ¿Y? Nina: Nada, le cuento. Carmelo: ¿Qué me quiere decir con tanto espamento? Nina: Justo estaba ese hombre acá cuando el cielo se descompuso. Carmelo: ¿Le dio alojamiento antes o después de que se avecinara el tornado? Nina: Después. Carmelo: Después. Nina: Me pudo la pena. Carmelo: Lo ve digno de pena. Nina: ¿Qué me dice, Carmelo? ¡Usted lo trajo! Carmelo: Porque se me pegó. Se pegó a mí como un abrojo con el cuento del hermano... Nina: Aparte pensé que en el gallinero no iba ser una molestia tenerlo. Carmelo: Se va robar todos los huevos. Nina: Si no hay puesta. Carmelo: El cambio de estación. Nina: No ponen huevos porque no ponen huevos. Pausa larga. Carmelo: (comprendiendo) Ahora: un signo del Cielo cree usted. (Pausa; silencio devoto de Nina). ¿Qué? ¿Usted no piensa entonces que ese hombre es un embustero? Nina: Yo soy muda, Carmelo. Carmelo: Que está haciendo el cuento del tío. Nina: Del hermano. Y yo no digo esta boca es mía en sus asuntos. Carmelo: Falsa. Nina: No. Carmelo: Falsa, falsa. Hipócrita. Usted piensa que mi mamma lo regaló al Angelo a los soldados... Usted piensa que mi hermano y yo lo vendimos, lo tiramos a un pozo; piensa mal de mi familia, víbora... Nina (severa): Yo no pienso nada, Carmelo. Carmelo: Piensa, piensa y calla. Intriga en lo oscuro. ¿Sabe lo que dice él? Que yo le arruiné la vida. Así dijo. Usted piensa lo mismo, ¿verdad? Nina: No; yo no sé qué hizo usted con ese hombre... Carmelo: ¡Que a usted le arruiné la vida! Nina: Ah... Carmelo: ¿Qué? ¿Me va a decir que yo la arruiné a usted? ¿Yo? Que la saqué del arroyo... Nina: ¿Qué arroyo, Carmelo? Si yo vivía en Milano. Carmelo: ¡Usted, en Milano! Me hace reír. ¡La saqué del arroyo como a una mojarra herida! Usted hacía la puta por toda la Italia, trotaba... Eso, trotaba de aquí para allá... ¡Milano! (Pausa breve, con sorna) Milano, Génova, Roma... ¡todo el Véneto! A que usted se lavaba en las fontanas... Nina se levanta enojada, sale de escena. Pausa. Carmelo (más calmo): Le prometí no mentarle su pasado. Excuse, Nina. Siéntese. Vamos. Venga aquí, Nina. No me haga rogarle. No todas nacen para puta de los reyes. Hagamos las paces, venga. Nina entra, se sienta junto a Carmelo, sigue con la sopa. Nina: No hay pollo. Carmelo: ¿Eh? Nina: Las gallinas. No ponen huevo con pollo, tampoco. Carmelo: ¿Qué dice? Nina: Tienen el mal de ojo. Carmelo: ¿Las gallinas? Nina: El gallo que no las pisa. Carmelo: ¿Al gallo le iban a hacer un daño? Nina: No sé. A nosotros. Carmelo: Pero, ¿quién nos va a embrujar el gallo, Nina? Nina: No sé. Ese que dice que es su hermano, capaz. Carmelo: Ah. Mire si ese pelafustán... Nina: ¿Qué vamos a hacer si no crían más pollo las batarazas, Carmelo? (Pausa breve) A lo mejor él es su hermano. Carmelo: Imposible. Vea a la curandera. Nina: No. Carmelo: ¿Doña Assunta? ¿Por qué no? Nina: Me mete miedo esa mujer. Hace magia negra. Carmelo: ¿Quién le dijo eso? Nina: Las de Giuli. Carmelo: ¡Qué va a hacer magia negra! ¡Cuentos, Nina, cuentos! ¿No ve que siempre le pide a la Virgen Santísima? Nina: Por afuera. Carmelo: ¡No haga pecado, Nina! ¿Qué mal hizo esa mujer? Nina: ...ellos, los Giuli dicen que el arrozal se anegó por un trabajo que les hicieron... Carmelo: Usted va a lo de doña Assunta y le pregunta. Nina: Me da vergüenza decirle que las gallinas... Carmelo: No, eso no. Pregunte lo otro. Nina: ¿Qué? Carmelo: Lo otro. Sobre el hombre que me sigue. Nina: ¿Si el que dice que es su hermano hizo el daño, quiere que pregunte? Carmelo: ¡Pero no! Nina: ¿Entonces qué? Carmelo: Pregunte si es mi hermano. Nina: ¿Él? Carmelo: Como él dice. ¿O no es él el que lo dice? Apagón. 3. Mismo escenario anterior; un día de siega. Es la noche, en plena primavera, Carmelo y Nina están agotados, cenando una sopa de repollo. Una lámpara de gas atrae los bichos. Al rato entra Angelo. Nina: La espalda tengo rota... Carmelo: Es que usted no maneja bien la zapa. Nina: No me acostumbro a este calor, Carmelo. Aparte, estaba cortando la espiga cuando de pronto me sale un ratón. ¡Un ratón, entiende! Hubo suerte de que no me rebanara los dedos del susto. Carmelo: El ratón no ataca al cristiano. Nina: Con la zapa que no me los rebanara. (Pausa.) Aparte, usted no sabe si el ratón me iba a atacar o no. Carmelo: El ratón no ataca al cristiano. Nina: ¿Usted qué sabe? ¿O es que está adentro de la cabeza del ratón? Carmelo: Terca. Larga pausa. Carmelo: No tiene gusto a nada la sopa. Nina: No. Carmelo: ¿Le puso ajo? Nina: Sí. Carmelo: ¿Cuánto? Nina: Eh... Una cabeza. Carmelo: ¿Una cabeza pero de cuántos dientes? Nina: Muchos. Como doce. Carmelo: Poco. El italiano come ajo y come pan; no se le olvide, Nina. Nina: ¿Qué dice? Me habla como si yo no fuera italiana. ¡Yo soy sarda! Carmelo: Sardinia no es Italia. Nunca será Italia. Pausa. Carmelo: ¿Huevo no puso? Nina: No hay. Carmelo: El colono come huevo y también come carne de vaca como el criollo. Nina: No hay; las gallinas están maldecidas. Carmelo: No las curó la tía Assunta. Nina: Pero no, Carmelo. Quiere dinero a cambio. Carmelo: Las liras. Nina: Plata. Carmelo: ¡Aquí no hay plata! (Pausa; sórdido) Aquí nada más hay miseria. ¿Cuántos sacos de trigo recogimos? Apenas... apenas para el pan... y hay que pagar la tierra, ¡el colono tiene que levantarse! ¡Sacar las cosas al camino! ¡Que hagan nuevas leyes para la tierra! ¡Pero estos argentinos...! (Escupe) Nina: Habla como anarquista. Carmelo: Hablo como Garibaldi. Entra Angelo; trae un pato vivo. Se lo entrega a Nina. Angelo: Para usted. Nina acepta el pato. Carmelo (desde la mesa sin volverse): ¿Qué es? Angelo: Una oca. Carmelo: ¿Se come eso? Angelo: A la olla. (Mirando la mesa.) ¿Puedo...? Carmelo: ¿Usted ya comió? Angelo: Algo, por el camino. Carmelo: ¡Nina, sirve! (A Angelo): A un paisano nunca le negamos un plato de comida. Angelo (humilde): Gracias. (Se sienta y come; Nina sirve, luego se sienta también.) Carmelo: ¿De dónde sacó la oca ésa? Angelo (masticando): La... Carmelo: La robó. Angelo: No, no. La encontré. Carmelo: Habrá que matarla enseguida antes que la reclamen. (A Nina) Nina, ¿oíste? Vaya y retuérzale el pescuezo. (Nina no se mueve.) ¡Nina! Nina: ¿Ahora, Carmelo? Carmelo: Ahora, ahora. Muévase. Nina sale. Carmelo: Lo esperamos en la siega hoy. Angelo: Es que no he podido. Carmelo: Ah, ¿no? Angelo: No. Carmelo: Muchos labores. Angelo: Sí. Carmelo: Seré curioso..., ¿Angelo me dijo que se llama? Angelo: Sí. Carmelo: Si me permite, Angelo, seré curioso. ¿Qué cosa hacía usted en la Italia? Angelo: Pensaba. Carmelo (exultante): ¡Ah, pensaba! ¡Pensaba! Angelo: Soy pensador. Carmelo: Un oficio muy laborioso. Angelo: Sacrificado. Carmelo: Dispense usted, Angelo. ¿Pero cómo va a ganarse la vida en este país? Aquí lo de pensar mucho no se da... Angelo: Nuestro Señor decía que el hombre no debe preocuparse por el sustento... Carmelo: ¡Nuestro Señor! (Pausa breve). ¿Sabe qué, Angelo? Nuestro Señor, como usted dice, vive en la Italia. Aquí en la Argentina... (menea la cabeza.) no se puede andar viviendo como el clavel del aire. Angelo: ¡Los pájaros del Cielo y los lirios del campo! Carmelo: Novela, Angelo, pura novela. Pausa. Angelo: Aparte yo he venido en búsqueda de mi hermano. Carmelo: Ah, sí. Cierto. Angelo: Y lo he encontrado. Carmelo: Ya empezamos con eso. Angelo: ¿Por qué no me querés, Carmelo? Carmelo: De usted, Angelo. Y signore Carmelo. Angelo: ¡Soy tu hermano! Carmelo: Eso está por verse. (Pausa breve; a Nina) Sírvele. A lo mejor con el buche lleno, le vienen mejores ideas. Angelo: ¡Ponéme a prueba, Carmelo! Carmelo: Ni pienso. Angelo: ¡La mamma te quería a vos más que a ninguno! ¡Porque eras el más rubio! ¿Es justo o no es justo? Carmelo: Justo. Angelo: A Cristófalo no lo quería porque tenía un antojo que le cubría media cara... Carmelo: ¿Media cara desde dónde? Angelo: La mejilla derecha y la punta de la boca. Nina (tapándose la boca como ante una revelación): ¡Oh! Carmelo: Eso se lo contó cualquiera que lo vio al Cristófalo. Angelo: ¡No, no, no, Carmelo! Mira: también tenía una cicatriz en la rabadilla. (Pausa.) Se la hiciste pegándole con una vara de avellano porque te robó la estatuita de la Virgen Niña... ¿Te acordás? Una que era de ámbar... Carmelo: ¿En dónde dice que tenía la cicatriz el Cristófalo? Angelo: En la rabadilla, pero. En la rabadilla, en el culo. Carmelo: Aquí no sea sucio para hablar. Y menos en la mesa que es santa. Angelo se para, se señala la nalga. Angelo: Aquí. Carmelo: Miente. Angelo: ¡Tenía una cicatriz aquí! Carmelo: Miente: yo nunca le pegué a mi hermano Cristófalo. Angelo: Eso no es cierto. Carmelo: Calle, calle. Angelo: ¡Tenías la costumbre de pegarnos! Carmelo: ¿Qué dice? Angelo: A mí, a Cristófalo, ¡hasta a la Anita! Carmelo (se levanta, bravucón): Cállese, ¿cómo se atreve? Angelo (a Nina): ¿Ve? ¿Ve? Enseguida quiere pegar... Carmelo: Pero, sí. Cállese. Carmelo sale un momento de escena, como para tomar el aire, Nina y Angelo se sientan a la mesa acobardados. Nina (bajo): ¿Quién era Anita? Angelo: ¿Qué? Nina: ¿Quién era la Anita que usted nombró? Angelo: ¿No me sirve un vasito de vino? Nina: Sí. (Sirve.) Angelo: ¿No le contó nunca de Anita? Nina: No... Angelo: Fue la primera esposa. Carmelo entra; ronda por ahí antes de sentarse. Angelo (muy bajo): De la Liguria..., era pastora... Nina: ¿Le levantaba la mano? Angelo: ¿La mano? ¡La mataba cada vez! Nina: Oh. (Pausa) ¿Y qué pasó? ¿Vive todavía? Angelo: Mi hermano siempre fue un bruto. A usted le pega también, ¿verdad? Nina: Eh... Carmelo (se sienta): ¿Qué están de secreto? Nina: Nada, Carmelo. El señor me dice que en Roma ahora los vestidos se usan más cortos. Carmelo: ¿Y qué le habla a usted de subirse la falda a la Nina, eh? Nina: Pero, Carmelo... Carmelo: Traiga la fruta. Vaya. Coqueteando con el invitado... (Nina sale. A Angelo) Lo hace nada más que para irritarme. Se cree que está llena de admiradores, así como está que parece un buey viejo... Así que le gusta el espectáculo de la pantorrilla femenina. Angelo: Yo... Nina entra con mandarinas. Carmelo (enseñándola): Mandarina. Angelo (toma una): Mandarina. Carmelo: Crece como el pasto... Siéntese, Nina. Angelo: Yo quisiera pagarte tu hospitalidad, Carmelo. Carmelo: Ah. (Hosco.) Deje, no es nada. De paisano a paisano. Angelo: No, de verdad, Carmelo. Yo quiero devolverte lo que has hecho por mí... El abrigo... Carmelo: ¿Qué abrigo? Nina (moderadora): Le dí el capote de lana que a usted le queda chico. Carmelo: ¿Qué? ¿No tenía arreglo? Nina: Pero, no. Le quedaba tan justo que usted parecía un pelele dentro. Angelo: Decía: el abrigo y los botines..., la casa, la comida... Carmelo (como un león, magnánimo): Pero bueno, bueno... Angelo: Si arregláramos lo de la herencia de la mamma.... las parcelas de Siracusa y la barca que tenía el padre, yo podría pagarle estos favores... Carmelo (irritado): ¿Qué dice? Angelo: Y hasta Cristófalo tenía un patrimonio que usted... Carmelo: ¡Qué dice! ¡Sinvergüenza! ¡Ladrón, me está llamando ladrón! ¡A mí! Angelo (a Nina): ¿Ha visto? Al fin reconoce que soy su hermano. Carmelo (tirando las cosas de la mesa por el aire): ¡Yo no le reconozco nada! Mío, mío, mío todo lo de Siracusa, el bote y ¿qué tenía Cristófalo, eh? ¿Qué tenía? Usted que tanto sabe, ¡el sabihondo!, ¿qué tenía el Cristófalo? Angelo (en italiano): Ciento ochenta liras adentro de una bota de cuero, enterrada bajo el árbol de laurel. Carmelo (súbitamente calmo): Mire usted. Angelo: Cuando volví de soldado cavé y cavé bajo el árbol laurel ¡y nada! ¡Nada! ¡Ni una moneda!Carmelo: Así que el otro clavel del aire tenía ciento ochenta liras... Angelo: Sí. Carmelo (suspira): Mis hermanos... Angelo: Pero, Carmelo... Carmelo: Usted miente. Angelo: ¡No miento! Carmelo: ¡Atrévase a decirme mentiroso a mí que en este país se lo dí todo! ¡Desagradecido! Ciento ochenta liras, pero... Angelo: Carmelo, a lo mejor lo olvidaste. Carmelo: ¿Qué? Angelo: Has sufrido mucho y a lo mejor olvidaste que eran ciento ochenta liras las que había adentro de la bota de cuero de Cristófalo, ¡lo que ganó de la venta del carro y del burro del padre! Carmelo: ¡Mío era el burro y mío era el carro! Ladrones, ladrones... Ciento ochenta liras... ¡Noventa y cinco había ahí dentro! ¡Noventa y cinco! A ver si le entra en la cabeza... Ladrones... Nina (horrorizada): Carmelo... Carmelo: ¡Usted tiene la culpa! Nina: ¿Qué dice? Cálmese, Carmelo. Carmelo: Usted que enseguida hace dormir en la casa a cualquier desconocido, delincuente, bandolero... Nina: Es su hermano. Carmelo: ¡Que hermano ni hermano! ¡Es un bandido! ¡Y usted es una puta! ¡Usted, sí! Se hace la defensora de pobres y es una puta de la estrada. Nina: ¡Carmelo, no le permito! Carmelo (se acerca con la mano abierta para cachetearla): ¡Permitirme a mí!... Angelo (se interpone): Déjelo, Nina. Ya se le va a pasar; es violento al principio pero después es manso como un cordero. Usted lo debe saber mejor que yo... Carmelo: ¡Fuera los dos de esta casa! ¡Fuera ya mismo! Carmelo los echa; los otros salen. Apagón. 4. En el gallinero donde duerme Angelo. Nina entra subrepticiamente en la noche. Hay un revoleo de plumas pero luego todo se calma. Penumbras. Nina: Sh, sh. No se asuste, soy yo. (Silencio.) ¿Está ahí, Angelo? (Silencio.) ¿Qué está haciendo? ¿Está dormido? Angelo: ¿Quién es? ¿Es usted, Nina? ¿Qué está haciendo? Nina: Quería hablar con usted. Angelo: Ah, sí. Estoy... estoy... espéreme afuera, que me visto. Nina: No puedo salir, él me puede ver. No se vista, no será la primera vez que veo a un hombre desnudo. Angelo (se tapa con la cobija): Esto me da mucho calor... Nina: Hace calor. Estamos en verano. El olor a pluma es sofocante. Angelo: No ponen huevos todavía. Nina: no. Angelo: Yo les hice el hechizo para que empezaran a poner, así que en cualquier momento empiezan. Nina: Sí, claro... Angelo: ¿No me cree? Nina: ¿Yo? Yo claro que le creo. Carmelo no le cree. Me ordenó que mañana les retuerza el pescuezo a todas... Angelo: Ah, ese carácter de mi hermano... Nina: Siempre fue así. Angelo: Si usted lo dice... Nina: Es una pregunta, ¿siempre fue así Carmelo? Angelo: Y... ya vio usted lo que me hizo a mí...: arruinó mi vida, y la del Cristófalo. ¿Sabe lo de Cristófalo? Nina: Que se murió de tifus. Angelo: ¡Pero no! Estaba enfermo el Cristófalo nada más. Y él, Carmelo, le dijo a la mamma que lo iba a llevar en el carro hasta el hospital de Fiume. Cuando volvió nos dijo que el Cristófalo estaba apestado y se murió... y tanta peste tenía encima que no le devolvieron el cuerpo para que lo trajera a enterrar en casa... Nina (apesadumbrada): Pobre Cristófalo. Angelo: ¿Pobre por qué? Si no se murió nada el Crsitófalo. Fue Carmelo que lo dejó en un convento con unas monjas y las monjas después lo dieron a unos campesinos de más al norte... y ya no nos vimos. (Pausa.) Pero después yo lo encontré... Nina: ¡Qué suerte! Angelo: ¿Suerte? Estaba flaco y magullado porque trabajaba para un amo que le daba de bastonazos, no le quedaba ni un diente y perdió tres dedos del pie derecho con el arado... ahora está por ahí, en la ciudad... Nina: Oh... (desconfiando): ¿Y usted todavía vivía con ellos cuando, como usted dice, el Carmelo se llevó a Cristófalo al hospital...? Angelo: ¡No fue al hospital, le dije! Nina: Ya sé, ya sé... Angelo: ¿Qué es eso? (Ruiditos.) ¿Será él? Nina (escucha; tensión): no, duerme. Angelo (en voz baja): ¿Está segura, Nina? Nina: Le di un yuyo para el sueño... Angelo: ¿y le hace efecto? Nina: Tengo necesidad de hablar con usted... Angelo: ¿Cómo sabe usted que le hace efecto? Nina (muy bajo): Lo usé otra veces... Angelo: ¿Está segura? (escucha atentamente) ¿Qué es eso, entonces? ¿Oye? Nina: no sé, un pájaro... Las gallaretas serán... Angelo: ¿Las... cómo se llaman, gallaretas, no duermen de noche? Nina: Sí. Pero vienen de seguro a picotear el resto de maíz que dejan las gallinas... Angelo: ¿Está segura que son las gallaretas? ¿Por qué no va a ver? Nina: Está loco. ¿Y si es Carmelo y me ve salir de acá?: ¡me mata! Vaya usted si tanto le intrigan los bichos del campo... Angelo: No, yo no. Nina: Qué miedoso es, Angelo. Angelo: Es verdad. Le tengo miedo al Carmelo. Arruinó mi vida, ya se lo dije, y yo era un chico cuando él me... yo no me lo merecía, sabe... Nina (amargamente): ya conozco a Carmelo... Angelo: entienda: yo era un inocente, yo... Por eso yo quiero recuperar mis tierras... Nina: ¿Sus tierras? Angelo: él me despojó de todo, se quedó con todo... Nina: Sí, pero... Angelo: Tiene miedo que me aproveche de usted, Nina... pero yo no... lo suyo es suyo, al fin y al cabo usted trabajó como una bestia de carga al lado del bruto de Carmelo... y la mitad de lo que tiene el Carmelo es suyo... ¿O no se lo merece? (Pausa, Nina asiente. De repente). ¿Usted no es feliz? Nina: ¿yo? Una italiana, una campesina, esas preguntas yo no me las hago... Angelo: quiero decir, ¿Carmelo no la ha hecho feliz? Nina niega. Angelo: Ya lo sabía, ¿sabe? Pobre Nina... Silvestre me contó algo... Nina: ¿Quién? Angelo: Silvestre, el de la fonda. Nina: Ah. Angelo: ¿Lo conoce? Nina: sí... de vista. Un poco. Angelo: él dice que la conoce un poco más... Nina: Alguna vez he ido a comprar aceite para las lámparas a la fonda... Angelo: Debe ser un mentiroso... ¡En este país todos mienten, todos mienten! Me dijo que usted y él... Nina: Ah, ¿si? Angelo: Sí. Nina: ¿Y usted le creyó? Angelo: No, pero... Larga pausa. Nina: Lo convenció. Angelo: Estaba borracho, parecía sincero... Nina (molesta): parecer, parecer... Angelo: No se ofusque, Nina. Si me pareció cierto lo que dijo ese... ¡ese picapedrero!... fue porque vi que usted estaba triste... Nina: ¿Y se piensa que me saco la tristeza levantándome la pollera con el primer pelagatos que encuentro? Angelo: No, no; no lo tome así. (Pausa, paladea.) Pero no puede ser que su belleza la haga invulnerable al amor... Nina: ¿Qué dice? Angelo: ...que la persigan los amantes... Nina: ¡Pero! Angelo: ...que usted se les resistiera a toda la corte de amores que debe tener es casi como hacer pecado, un pecado bien grave... Nina: Cállese. Angelo: No es que la esté adulando, pero cuando yo la ví... cuando yo la ví... Nina: Me hace poner roja. Angelo: Supe que tenía que hablarle. Quise decirle como Garibaldi a la Anita: “Usted debe ser mía”... Nina (acercándose visiblemente a Angelo, bajo): Me compromete, Angelo... Angelo (por el exterior): ¿Oye? Nina: No... Angelo: Afuera... Debe ser él. Nina: ¡Pero no! Angelo: Sí, sí. Nina (indiferente): Debe ser el viento que agita las hojas... Angelo (rotundo): Es él que está loco de celos... Nina: ¡Pero si le di un brebaje como para dormir un caballo! Angelo: Váyase, Nina, váyase. Cuide por usted misma... Usted tendría que estar siempre armada... Nina: Un cuchillo en la liga... Angelo: Un rifle; por si el Carmelo se enloquece. Usted no sabe cómo pereció la Anita. La mujer anterior de Carmelo, de joven... sólo que con ella no estaba casado... Nina: Conmigo tampoco. ¿Qué pasó? Larga pausa. Angelo: ¿Oye? Nina: Una lechuza. Angelo: No, no... debe ser alguna bruja. (Larga pausa, de pronto alegre.) Usted es bruja, usted me embrujó Nina... Larga pausa. Sonidos nocturnos del campo. Nina: Yo... cuando lo ví... también me pareció usted... no sé cómo decirlo... hombre para mí... Angelo: ¿Cómo? Nina: Sí. Lo ví venir detrás del Carmelo, usted con ese pelo rojo, esa luz... Angelo: Fue al atardecer. Nina: La luz del atardecer. Que yo pensé que... que tenía que encontrarme con usted a solas. (Con un ataque de pudor.) Disculpe, yo... Tiene razón, mejor me voy. (Amaga levantarse y Angelo la retiene de la muñeca) Angelo: Quédese, Nina. Nina: Yo... No, disculpe. No debí... Angelo (sigue reteniéndola): Sea mi mujer, Nina. Nina: ¿Qué...? Angelo: Eso ninguno se lo dijo antes. No el crápula de mi hermano, no el fondero ese que se llena la boca hablando de sus blancas nalgas y espumea cuando lo hace... Nina: ¿Eso dice? Angelo (seductor, a punto de besarla): Usted le cree a cualquiera que le jura discreción. (Pausa, agitación.) Por eso yo no le digo que seré discreto, yo le pido que sea mi mujer, Nina. Entiende. Nina (titubeante, excitada): Yo... Angelo: ¿Entiende lo que le digo? Nina (con un hilo de voz): Sí, creo que sí... Angelo: Me entiende. Nina: Sí... Angelo la besa, le arranca la ropa un poco brutalmente y ella le corresponde, activamente. Apagón. 5. Comedor de campo. Nina y Carmelo a la mesa. Luego, Cristófalo. Carmelo: Sirva. (Nina sirve de una olla.) Estamos solos. Nuestro clavel del aire no viene. Nina: No le llame así. Carmelo: Yo lo llamo como quiero a ese... (escupe) ¡ese mequetrefe! Nina: Es su hermano. Carmelo: así que ya le creyó. (pausa severa) A usted le hablan meloso, a usted le ponen ojos lindos y ya cree todo lo que le dicen. (Rotundo.) Me doy cuenta. Una caída de ojos más, una caída de ojos menos, el fango siempre es el mismo, ¿no, Nina? Nina: Cállese. Carmelo (tenebroso): ¿qué dijo? Nina: Cállese, Carmelo, por favor se lo pido. No me amargue también... Angelo curó las gallinas después de todo. Carmelo: Eh, sí. Primero las habrá envenenado y después les quitó el veneno y se vinieron sanas de repente. Veramente sanísimas. Nina: El gallo no las pisaba. Carmelo: No toque ese tema, Nina. Nina: No hay un veneno que haga a los gallos desatentos. Carmelo (advirtiendo): Por su bien, Nina. Le digo. No toque ese tema... Nina: Usted... Carmelo: ¿Se cree que no tengo ojos en la cara? ¿Qué no veo lo que hace a mis espaldas? ¿Con quien se entiende? Me toma de idiota. Eso cree usted, que soy un idiota. Pero sabe qué: a mí no me importa nada de lo que usted hace: niente. Quiere revolcarse con el crápula ese... Nina: ¡Yo no me revuelco con nadie! Carmelo: ¡Ah, cállese! Nina: No. No me callo nada. Cállese usted. Carmelo (levantándose y apuntándola con el tenedor): Que la trincho, desgraciada. Nina (toreándolo): Atrévase, atrévase. Entra Cristófalo. Es delgaducho y cargado de hombros. Habla suavemente. Cristófalo: Carmelo... Carmelo (detenido, larga pausa): ¿Quién es usted? Cristófalo: Soy yo, Carmelo. Carmelo: Yo no lo conozco. ¿A quién busca? Cristófalo: A vos te busco, Carmelo. Carmelo: A mí. Cristófalo: Volví. Te dije que algún día iba a volver. Carmelo: A volver, a volver. ¿A volver a dónde? Acá todos hablan haciéndose los misteriosos. Cristófalo: Del asilo en el que me confinaste. Carmelo: Señor, yo no sé de qué está hablando usted. (Pausa.) ¿Pero qué pasa en mi casa ahora? Que viene uno y reclama una cosa, viene otro, reclama otra cosa... Nina, échalo. Nina: No. Carmelo (a Nina): Espera a que se vaya el señor, y verás... te retuerzo el cogote, casquivana. Nina: A mí no me toca más usted. Carmelo: Ah, mire con las que sale. ¡A patadas la echo de aquí! A usted y al otro... al... Nina: ¿Cómo se llama usted, señor? Cristófalo (como si fuera lo más natural del mundo): Cristófalo. Nina (paladeando): Cristófalo. Cristófalo: Soy hermano de Carmelo. ¿Usted es su esposa, buena señora? Carmelo (con sorna): ¡Buena señora! Anda, anda, que ya te convenció, cretina. Si ese es el mal que usted tiene Nina, cualquier buen trato y ya cede hasta el calzón... Nina (brutal): ¡Cállese, Carmelo! O no respondo de mí. Carmelo: Ah, mire. Hága la bestia bruta si quiere. Cristófalo (a Nina): Yo soy hermano de... Nina: Ya sé. Cristófalo: Angelo buscó y buscó por toda la Italia hasta que me encontró en Firenze... Me dijo que hiciera el viaje con él a la Argentina. Para encontrarte, Carmelo. Carmelo: Emocionado estoy, cree. Cristófalo: Para pedirte la herencia. Carmelo: ¡Otro más! ¿Pero qué hice yo, Dios bendito? ¿Qué hice, qué hice para que la casa se me llenara de sinvergüenzas, de muertos de hambre...? Cristófalo: Nada más queremos lo que nos pertenece, Carmelo. Lo que era nuestro. Lo de Siracusa. Carmelo: ¡Un clavel del aire más! ¿Dónde está el otro? ¿Dónde, eh? Cristófalo: ¿Angelo? Carmelo: ¡Angelo, Angelo! ¡Diavolo! Cristófalo: Fue a buscar el papel... Carmelo: Ah, claro. Anda por ahí “filosofando”... Cristófalo: El papel con la cuenta de lo que te quedaste, Carmelo. Carmelo: ¡Acá no hay nada de la herencia! ¡Esto lo hice yo trabajando con mis manos! Cristófalo: Compraste la tierra apenas llegar de Italia. ¿Acaso hiciste la plata en el barco? Carmelo: ¿Qué me controla usted? Cristófalo: Esta tierra, los animales, ¡hasta las semillas! Todo eso lo compraste con la plata de mamma. Carmelo: ¿Qué dice? ¡La plata de mamma! ¡Esa vieja bruja no me dio ni media lira! Lo que no enterró en el huerto, se lo gastó. ¡Era dadivosa! ¡Como son todos ustedes! Se creía rica, ¡millonaria!: vieja bruja. Llevó la casa a la miseria, ¡la miseria! Usted no sabe qué es eso. No: no me mire así, usted no sabe. Usted, ¿quién es? Eh, ¿quién es? Un ladronzuelo. Un escarabajo, una alimaña del camino. Mi hermano Cristófalo sabía las penas que pasamos; mi hermano Cristófalo, si viviera, no vendría a reclamarme nada. ¿Qué se piensa? ¿Que me iba a venir a la Argentina de puro gusto? Dejar la bella Siracusa para hundirme en el fango de esta... de este país maldito. ¿Dejar Siracusa nada más para ver de qué lado se inclina el mundo? ¡Vine aquí a trabajar como un esclavo! ¡Esclavo, noche y día! ¡La herencia, la herencia! ¡Ladrones! Cristófalo (impasible): Estaba la fortuna del padre... El bote, las tierras de Siracusa... Carmelo: ¿Pero qué dice? ¿No oye, usted? ¿No le acabo de decir que la mamma dilapidó todo? ¡Generosa, generosa como los ladrones era! Que daba a los mendigos, a las monjas, a los curas... Yo le advertía: “Mamma, se vacía la bolsa, mamma, y usted le llena la buchaca a esos infelices...”, pero ella daba y daba... Cristófalo: Usted acá gastó. Carmelo: ¿Qué quiere, que yo me mate? ¿Eso? (Acto de falso suicidio.) ¿Me mato, eh, me mato, Nina? Nina: Cálmese, Carmelo. Carmelo (a Nina): Ah, usted confabula con todos ellos... Cristófalo: Mira, Carmelo. No tiene sentido que sigas negando... Angelo buscó un abogado y un... Carmelo: ¡Un leguleyo! ¡El clavel del aire se vino leguleyo! ¿Por qué han hecho eso? Nos vaciarán, nos darán vuelta para quitarnos hasta la última moneda... Cristófalo: Entonces arregla con nosotros. Carmelo (nervioso como un animal enjaulado): ¿Qué quieren? Cristófalo: La herencia. Carmelo: Ah, la Madonna. ¿Qué? Veramente: ¿cuánto quieren? Cristófalo: La tierra de allí... y los arbolitos esos... Carmelo (con sorna): ¡Los árboles de fruta! (A Nina) Mire la viveza de sus amigos, Nina. ¡Los árboles de fruta! Seguro que usted se cree que cuando yo llegué esto era un giardino. Eh... ¡Esto era un desierto! Cuando ví el campo por primera vez me caí de culo. ¡Un desierto! Ni una planta miserable crecía... Hubo que plantar, cultivar, espantar los pajarracos... ¡Las gallinas! ¿Sabe usted cuánto cuesta criar una gallina? No, no tiene idea. ¿Qué hacía allá en la Italia, usted? ¿Pensaba, como el otro? Eh, ¿se dedicaba a andar por el aire también? ¡Yo me herí las manos trabajando la tierra argentina! Y ustedes vienen acá y dicen: “Dame, Carmelo, dame. Dame, dame. Que allá nos quitaste todo y entonces esto ahora es todo nuestro”. ¡Gracias deberían darme! Ustedes dos, pelafustanes, chantapufis, peleles, mequetrefes... Si el Angelo no se iba de soldado con la vida que llevaba la mamma se hubiera muerto de hambre. ¡Y usted! ¡Usted! Siempre cubierto de costras, de mugre, echando pus por las heridas... agradezca que lo llevé a un convento... La mamma no sabía ya que hacer con usted, tanto era el asco que le daban sus hijos... Cristófalo: Todos sus hijos le dábamos asco. Pero ella se puso de acuerdo contigo. Carmelo: No. Cristófalo: No lo niegues. Carmelo: No hable de lo que no sabe. Cristófalo: Me lo confió la Madre Superiora, Sor Assunta. Carmelo: Pero, ¿qué dice? Cristófalo: La mamma en el lecho de muerte le confesó que se había puesto de acuerdo con Carmelo Barbissani, su hijo el mayor, que le había dado en poder casi veinte millones de liras... Nina (sorprendida): ¿Veinte millones...? Carmelo: ¿Y usted qué hacía con la Sor esa? ¿Le amasaba las cuentas del rosario? Cristófalo: Era chantre en la Catedral de Firenze. Carmelo: ¿Era qué? Cristófalo: Dirigía el coro de la iglesia. Carmelo: ¡Ah! ¡Cantaba! ¡Usted es un cantor! (Imita un canto angelical. A Nina) Mírele las manos, Nina... Mucho mejores que las suyas, aunque su caricia sea mucho más famosas... Para qué voy a hablar, usted ya debe conocer a la Nina. (Lascivo) Sus encantos... Nina: Carmelo... Carmelo: Calle, calle. ¿Con cuánto va usted en esto? Nina: Mire, Carmelo... Carmelo (brutal): ¡Silencio! Una larga pausa. Carmelo: ¿Cuánto? Cristófalo (señala): Aquello. Los animales para usted... Carmelo: Claro, porque sin tierra a los animales me los crío en el hombro... Cristófalo: Quiere la casa. Carmelo: No. Nina: Carmelo, ¿cómo que no? ¿Dónde vamos a vivir? Carmelo: Donde viva usted no me importa. Nina: ¡Carmelo! (Suplicante) ¡Déjeme la casa, señor Cristófalo! ¿Qué va a hacer de mí? ¿dónde voy a ir? Carmelo (insultante): Artista. Cristófalo: ¿La casa? Nina: Por favor, yo no tengo nada que ver en estas rencillas suyas; yo trabajé a la par de Carmelo toda la vida, parte de estas propiedades son... (se calla súbitamente.) Carmelo: Dígalo, que tanto le gusta la palabrita: “mía, mía, mía”. ¡Trabajó usando la de abajo! ¡Trabajó con la lengua! Trabajó para hacerme esta traición. Nina: No, Carmelo. No es cierto. Crsitófalo: Le cederemos la casa. Nina: Gracias, gracias, señor. Cristófalo: Quedáte acá, Carmelo. Un tiempo. Hasta que vendas los animales y las máquinas... Carmelo: ¿A qué le llama “máquinas”? ¿Al carro destartalado? ¿A la mula en los huesos? Cristófalo: Angelo y yo podemos levantarnos un... rancho, como le llaman aquí, por allá; no necesitamos mucho espacio... Carmelo: No, si para pensar y andar cantando como los ángeles mucho espacio no se necesita. (Brutal.) ¡Lo que se necesita es un infeliz al que despojar! ¡Al que vaciar, al que descuartizar y echar a los perros! Cristófalo: Es la vida, Carmelo. Carmelo: Mire lo que dice. ¡Es la vida! ¿Qué sabe usted? ¡Es la vida! Tres palabritas juntas, sucias, le bastan para destruir un hombre. Tres palabritas... Carmelo sale, triste y ofuscado. Los otros dos quedan, inmóviles. Apagón. 5. Reformas en la nueva casa. Nina y Carmelo a la mesa, tristes, abatidos. Los otros dos acomodan baúles, muebles, catres. Angelo: Aquí, Cristófalo. Poné el catre ahí... Venga, Nina. Ayude a correr eso. Nina: ¿Qué? No puedo. Es muy pesado. Angelo: Venga. Nina: No tengo espalda para cargar eso... Cristófalo: ¿Cómo no va a tener? Venga. Angelo: Una campesina... Nina: Carmelo... Carmelo: Vaya. Angelo (indicando): Esos bártulos acá... (Nina los corre.) Muy bien. Cristófalo (histérico): ¡Mi catre está roto! ¡Está roto! ¿Dónde voy a dormir? Carmelo: En el suelo. Angelo: En el dormitorio. Nina: ¿¿En mi cama?? Angelo: Nina... Cristófalo: tengo el espinazo roto. De una vez que Carmelo me tiró al pozo era cuando era bambino. Nina: Mire, Carmelo, lo que quieren hacer sus hermanos. Ponga… pongáles un límite. Carmelo: ¿yo? Cristófalo: Él no está en condiciones de venir a decirnos que debemos hacer y qué no. Carmelo: Fíjese usted. Nina: Carmelo, soy su esposa. Ante Dios y… Carmelo: ¡Ja! Nina (zamarreando a Angelo): ¡Me prometiste! ¡Me prometiste! ¡Traidor! Angelo (la aparta): Cállese, Nina. ¿Qué sabía yo que Cristófalo se iba a poner de esta manera? Tengo miedo de que me mate si no lo obedezco… Nina: ¿Miedo…? ¿Miedo a eso? ¿Ese.. ése mequetrefe, ahí está, que no me salía la palabra, ese mequetrefe de su hermano…? Angelo: Cállese, no lo llame así. Nina: ¿Por qué? ¿por qué? Angelo: ¿No vé que es loco? Nina: ¿Él? No. Es un vivo. Un vivo. Angelo (intentando hacerle una caricia): Nina… Nina (llorosa): Usted me juró… Angelo: No llore. Nina: Usted me dijo que su cariño… su cariño… Angelo: En ese momento, yo…usted,… Nina: me pidió que sea su mujer. Ahora me dice que fue un momento, un momento... como una puta, por un rato... Me dijo que me daría la mitad de todo. Angelo: Pero Cristófalo, él, él me tiraniza. Nina: ¿Qué le hace? (Larga pausa, Angelo no le contesta) ¡Estùpida! ¡Fui una estúpida! Cristófalo: ¿Qué hacés? Ayudame a entrar los bártulos. El órgano… el organito que traje se me está llenando de polvo ahí afuera… Carmelo: ¿Organito? Usted es organillero, pero. Cristófalo: Maestro. Carmelo: Ay, si la mamma supiera. Cuánta fanfarria se da, cuántas estupideces… Cristófalo: que sabés vos de música, de arte... Carmelo: ¿Tiene monito, eh? ¿Una mona para el organito? Cristófalo: Se me murió. Carmelo: Así que así se ganaba la vida en Boloña, no, en Milano, no, en Firenze... ¿dónde era? Cristófalo: No quiero contestarle. Carmelo: No conteste, no conteste. Ahorre la saliva. Cristófalo: Angelo, se ensucian los libros, toda esa polvareda que levantó el carro, ¡las partituras se estropean! ¡Angelo! Angelo: Los estoy trayendo. Calmáte, calmáte. Cristófalo (histérico): ¿Calmáte? ¿Cómo puedo en este lugar, esta inmundicia? Angelo: Cristófalo, ponéte en gloria de Dios. Cristófalo: Me prometiste otra cosa, otra vida, me hablaste de la paz del campo... Nina: Usted, que dice que es su hermano no sabe que las promesas de Angelo (hace el gesto de “se desvanecen en el aire”) Cristófalo: ¿Dónde está la paz del campo, eh? Carmelo: Ah, sí. Por aquel lado, a la mañana temprano, lleno de pajaritos. Y de allá las chicharras. Anuncian el calor, el calor es agobiante acá, ¿no es cierto, Nina? Nina: ¿Qué? Carmelo: Que el calor es agobiante acá. Nina: Qué sé yo, Carmelo. Mire con lo que me viene. Carmelo: La Nina sabe de calores. Anda siempre medio despechugada por la querencia... aquí le llaman querencia, los caminos. Nina: Calle, Carmelo, me hace perder la paciencia. Carmelo: Callo, callo. Cristófalo: En ese lado del campo, los bichos... las gallinas ponen un huevo solo por día... Nina: ¿Cuántos quiere que pongan? ¿Se piensan que son máquinas de echar huevos? Cristófalo: Un huevo cada una es muy poco para un criadero de pollo. Carmelo (ríe): ¡Un criadero de pollos, qué idea! (Pausa.) No se queje, las gallinas le ven la cara a usted, la mancha y se cortan... Cristófalo (muy ofendido): ¿Ustedes se van a ir cuándo? Carmelo: ¿de dónde? Cristófalo (a Angelo): ¿Ellos cuándo se van a ir? Nina: Yo de aquí no me marcho. Cristófalo: Oí lo que dice la vaca vieja, Angelo. Nina: ¿Qué dice? ¿Cómo me dijo? Cristófalo: Vaca vieja le dije. Angelo: Cristófalo, ¿qué apuro tenés con esta gente? Carmelo: Pero, ¿cómo, Angelo? Ahora nos dice “esta gente” y resulta que somos su hermano y su cuñada... Cristófalo: Dios me libre, ustedes dos... Nina (aparte, a Carmelo, mientras los otros entran muebles y pertenencias suyas y sacan los muebles del matrimonio afuera): Mira, Carmelo. Ni siquiera lo reconoce como hermano suyo, lo engaña... Carmelo: calle, Nina. Haga silencio. Nina: Es que son o no son sus hermanos. Carmelo: Si no lo sabe usted. Nina: ¿yo? Carmelo (bajo): No le dije que averiguara con la tía Assunta. Nina: ¡Pero le dije que ella se puso a hablar en dialecto, Carmelo! ¡Yo no entiendo! Carmelo: Pero si usted hubiera tomado nota..., qué digo si no sabe ni escribir, pero al menos hubiera hecho memoria de las palabras, venía, me las repetía... Yo entiendo el dialecto. Nina: Era de Friuli. Carmelo: ¡Yo entiendo todos los dialectos, pero! Nina: Pero se me olvidó lo que dijo. (pausa breve) Me pareció que me tomaba el pelo, es eso... Carmelo: ¿A usted tomarle el pelo? ¿Esos dos mechones que le quedan? Pausa larga. Nina: ¿por qué le firmó al escribano? Qué necesidad tenía de firmarles. Carmelo: ¿Qué escribano? Nina: El alemán ese que trajeron. Carmelo: ¡Pero ese no era un escribano! Nina: ¡Cómo que no! Carmelo: Era un impostor, un bandido... Nina: Pero le firmó. Carmelo: Lo que se firma a un bandido no tiene valor. Nina: Cómo que no. Nos dejó sin techó. Carmelo: ¿A mí y cuántos más? Nina: Me odia, Carmelo. Pero sepa que yo nunca le falté. Carmelo: Bueno. Nina: Me echa de su lado. Carmelo (bajo y explicativo): Lo que uno firma a un filibustero, Nina, tiene valor mientras el filibustero y los secuaces están vivos. Nina: ¿Qué dice? Carmelo: Cállese. Pausa. Los otros siguen entrando y sacando muebles. Nina: No, Carmelo. Nos humillan, nos traicionan... Carmelo: No tiene importancia. Duerma al sereno hoy. El rocío rejuvenece. Nina: Le llamaron ladrón. Carmelo: Porque me robaron. Nina: Le llaman estafador. Carmelo: Porque me estafaron. Nina: Le llaman avaro. Carmelo: Porque son claveles del aire. Nina: Le llaman cornudo. (Breve pausa) ¡Se llevan el aparador de su padre, el aparador que su padre trajo de Cesarina! (pausa histriónica) ¡Ese que dice que es su hermano Ángelo me pidió que sea su mujer! (pausa breve) ¡Le llaman cornudo, Carmelo! Breve pausa. Carmelo: Basta. Me harta usted. Traiga el trabuco. Nina: No... Carmelo: Traiga el trabuco que está dentro del aparador. Nina: ¿Yo? Carmelo: Vaya. Nina: Carmelo, ¿qué va a hacer? Carmelo: A usted qué le importa. Nina: Yo no voy. Carmelo: Quédese en la miseria entonces. (Pausa breve) Voy a hacer lo que se debe. Comprende. Vaya. Nina: Ay, Carmelo, me da miedo... Carmelo (grito sordo): ¡Mueva ese culo, Nina, le mando! Nina sigilosamente busca el trabuco, se lo pasa a Carmelo. Carmelo (los apunta): ¡Señores! Atiéndanme, señores. (Los otros dos se detienen asustados). Usted, contra la pared. Angelo: ¿Qué vas a hacer, Carmelo? Cristófalo: Está loco, está loco. Angelo: Somos tus hermanos, Carmelo. Carmelo: Por eso mismo. Cuando uno hace mal las cosas la primera vez, si Dios y María Santísima le dan a un pobre cristiano la oportunidad de corregir la cosa, debe corregirla bien. Angelo: No hagas locuras, Carmelo. Nina: Carmelo, no... Carmelo (a Nina): ¿Se opone? Nina: No, Carmelo, no. Adelante. Carmelo: Cierra la puerta, Nina. Cristófalo (cayendo de rodillas): Perdonános, Carmelo. Carmelo: Usted no es mi hermano, es un impostor. Cristófalo: No, Carmelo. Llevo tu propia sangre. ¿Ves la mancha? Carmelo: Eso es un tatuaje de marinero. La mancha de mi hermano era escarlata. Esa cosa suya es azul. (apuntando a Angelo) Usted no se mueva. Quieto ahí o lo agujereo. Cristófalo: Varió el color con el tiempo, se puso... Pero soy tu hermano, Carmelo. ¡Soy tu hermano! Carmelo: Entonces usted es indigno de ser mi hermano. Cristófalo: La mamma en el cielo te lo va a reprochar, Carmelino. Carmelo: La mamma no está en el cielo. La mamma está allá abajo. Angelo: Vas a arrepentirte de teñir tus manos en sangre. No lo hagas, Carmelo... Carmelo: Usted fue un mal hijo. Ahora es un mal hermano. (Hace dos disparos; cae Cristófalo.) Angelo: ¡Carmelo, qué has hecho! (trata de huir, se refugia detrás de Nina). Ayudáme, ayudáme. Me quiere matar. Nina (con desprecio): Salga. Angelo: Nina... ¡yo te amaba! Nina, yo quiero que seas mi mujer. Carmelo: ¿Qué dice? Angelo: Nina, ayudáme. Nina: Señor, usted está loco. Angelo: Carmelo: pensálo. ¿Para qué matarme a mí? Ella, ella es la que te trae todos los problemas, la que amarga tus días... Yo sé, yo, yo, yo sé... Carmelo (juguetón): Ah, sí. ¿Qué sabe? Nina: No le crea, Carmelo. Inventa de puro despecho. Carmelo (a Nina): Usted no abra la boca. Nina: Pero, Carmelo, si le digo... Carmelo: Déjelo que cuente. (A Angelo) Sáquese el gusto. Angelo (histérico): Lo engaña, le es infiel. Con el fondero, el carrero, con Cipriani el hijo, con el viñatero, ¡hasta conmigo quiso pero yo no acepté, yo no acepté! Carmelo: Usted no aceptó. Angelo: No. Carmelo dispara. Angelo cae. Larga pausa. Nina: Carmelo, ¿qué haremos? Carmelo (se acerca, los inspecciona, está asombrado por la magnitud del acto que ha hecho): La pala, el montecito... Nina (trágica): ay, ay. ¿Qué hizo, qué hizo? Carmelo (absorto en los cadáveres): ¿Ahora me dice qué hizo, furia, perra? Nina: No, Carmelo, no. Carmelo: ¿Cree que yo no sé lo que hago? Nina: No, Carmelo. Yo confío en usted, yo... Larga pausa. Nina: ¿Eran sus hermanos? Carmelo (revisando sacos, pertenencias de los otros dos, sorprendido pero sin tragedia): Usted sabe que sí... eran mis hermanos los dos... pero no me parecía... qué extraño... uno tiene otra idea de lo que se siente cuando se reconoce a un hermano... Nina: Me dá una cosa acá en el pecho, Carmelo, me palpita fuerte... Carmelo: Si tiene una cosa en el pecho, se ajusta la camisa y se calla. Larga pausa. Carmelo (frente al cadáver de Angelo): ¿Era su amante? Nina: Pero no, Carmelo. Carmelo: Miéntame, mejor. Nina: Le estoy diciendo la verdad. Carmelo: Miéntame. Ahórrese una mala muerte. Nina: No era mi amante. Nunca tuve amantes. Nina busca trapos y cosas y empieza a limpiar la sangre de las paredes. Pausa muy larga. Nina: Sabe qué pienso. (Pausa.) En las gallinas. Qué pasará con las gallinas. Carmelo: Qué quiere que pase. Nina: Digo, irán a poner huevos o no. Carmelo: No sé. No me importa. A las gallinas esas malditas va y me las deguella una por una. Todas muertas las quiero ver, apiladitas ahí en el fondo. Nina: ¿Por qué? ¿Por qué vamos a...? Carmelo (apuntándola con el trabuco): Porque yo se lo mando. Nina: Sí, Carmelo. Carmelo (naturalmente): Vamos a criar chanchos. Nina: ¿Chanchos, dice? Carmelo: Chanchos. Nina: A usted nunca le gustaron los chanchos. Carmelo: Pero ahora me gustan. Nina: ¿Quién los va a cuidar? Carmelo: Usted. Usted, Nina. (Pausa) Y ahí en el chiquero tira toda esta porquería. (L |