Roberto Lumbreras
NANA PARA DESPERTAR A UN AMANTE
(Poema dramático
para una voz)
© Roberto
Lumbreras Blanco, 2004.
A Marta,
futura mujer en un mundo que deberá humanizarse más,
que es feminizarse un poco.
Advertencia
del autor:
Cualquier parecido del personaje o personas aludidas de este texto con
personas de la vida real debe considerarse como pura coincidencia.
PERSONAJES:
Verónica.
ESCENA ÚNICA
En el salón de baile de un palacio, con ventanas de ojiva y vidrieras.
La estancia acoge una unidad de cuidados para un paciente en coma, con
monitores, y un soporte con bolsa de alimentación vía parenteral.
En el centro de la escena se encuentra la cama hospitalaria con el paciente,
inmóvil como un muñeco, que sólo muestra al público
la parte superior de la cabeza.
Entra VERÓNICA,
una mujer atractiva, en la madurez. Lleva puesto un pijama de raso muy
elegante y sexy. Entra descalza con dos zapatos de tacón en la
mano. Viene con sigilo, como si nadie debiera saber que está allí.
Se calza con prisa, y habla al paciente.
VERONICA:
Buenos días,
¿como está el bello durmiente?
¡Un día más en la vida! ¡Un día más
resistiendo juntos!
Un día más haciéndote el muerto para que la muerte
pase de largo, ¿eh?
(Mira los
monitores)
Chequeo del paciente: Se mantiene en su línea.
Chequeo de mi paciencia: ¡Increíble!: ha alcanzado un máximo
histórico. ¡Quién podría imaginarlo! Es extraño…
Chequeo de mi ánimo: Optimismo, fortaleza, esperanza: ¡Intactos!
¡Estupendo! ¡Quién lo diría!
¡Después de tanto tiempo! Nuevamente, no deja de ser extraño.
Chequeo de mi amor:
(Mira al
paciente con ternura)
Sin variación. Como el primer día… ¿Cómo
el primer día?
¡Ah! ¡Claro! Entonces ahí está la explicación:
nuevamente, el amor. El amor que todo lo puede.
Estoy tontita por mi amor. Siempre estuve tontita por él.
¿Has
oído ?
Y no es para darte ánimos.
En todo caso, para darme ánimos a mí misma.
Mientras
hay vida hay esperanza,
y mientras haya esperanza habrá vida.
Tú te encargas de lo primero: no detener ese corazoncito.
Y yo me encargo de lo segundo: seguir en la lucha para que no te desenchufen.
Y al final, espero que no muy al final,
el día menos pensado,
alargarás tu brazo buscando el despertador y preguntarás
con estupor:
“¿Dónde estoy?”
Me pillarás hablando de ti, de mí, de nosotros.
El día menos pensado…
(Abatida
de pronto)
No, no es cierto. No hay día menos pensado. Cada día lo
pienso más.
Sigo esperando. Pero mi espera ya rebasa lo heroico para rayar en lo absurdo.
Yo, aquí, esperando plantada en la estación, sin saber siquiera
si sacaste billete de vuelta.
Haz un amago, al menos. Da una patadita como dan los fetos.
Una señal del cielo sería mucho pedir.
Unos estigmas que me señalaran que estoy parada en el camino correcto.
¡Bueno!,
¿qué tienes que decir de la nueva casa?
Un lujo, ¿no?
¡Oh, no te preocupes por los gastos!: tu amorcito ya se ocupó
de eso.
Esto es muy distinto de un hospital, ¡eh?
No, no es un parador de turismo.
Pero bien podía ser un parador, pues es un auténtico palacio.
Sí, eso he dicho: un palacio.
Y desde hoy, es nuestra casa.
Sí, he dicho nuestra casa.
Puedes dormir tranquilo, porque ya nadie nos amenazará con desenchufarte.
Rectifico: duerme tranquilo, ¡pero quiera Dios que no se prolongue
mucho el sueñecito…!
He arreglado la situación. Sí, de una vez para siempre.
También puntualizo: eso de “para siempre”... espero
que no sea para mucho tiempo.
Yo te quiero. Aunque se haya anulado nuestro matrimonio;
entre tú y yo sigue habiendo amor, amor mío.
Eso mismo: amor. Y de momento, mío.
Por eso, no te eternices en darme la réplica.
Sobre el
fin de nuestro matrimonio,
no debes comerte mucho el coco.
Los matrimonios se acaban por...
Porque no se cohabita,
Porque no se procrea...
En fin, porque no se hace lo que se supone que debe hacer todo matrimonio,
según el Derecho civil y la Jurisprudencia.
Pero no te preocupes por el Derecho Civil y la Jurisprudencia,
el que hace la ley hace la trampa:
Sólo tienes que despertar, desentumecerte, hacerme algo que demuestre
que estás vivo...
Y tendrás otra vez de tu parte al Derecho Civil y a la Jurisprudencia.
(Acercándose
a una ventana imaginaria frente a los espectadores)
¡Mira, amor mío, qué vistas!:
Toda la estancia está rodeada de vanos góticos con vidrieras.
Las mismas vidrieras ya son en sí mismas vistas dignar de ver.
Y la luz entra en distintas intensidades y ángulos,
en haces como remolinos de mariposas multicolores.
No, no te quiero poner los dientes largos;
te contaré en todo momento lo que vea por las ventanas de este
salón de baile.
Sí, he dicho “salón de baile”.
Te advierto que hoy no voy a dejar de sorprenderte.
Estás en el salón de baile de un palacio rodeado de ventanas
ojivales.
Pero no te preocupes. Nadie te va a mover de aquí.
Y yo puedo bailar sola en un rinconcito.
Nadie va utilizar más este salón para una gran fiesta de
puesta de largo,
ni siquiera para el cotillón de fin de año.
El dueño del castillo es cojo,
y no soporta el baile.
Además es un cascarrabias que… ¡como para dar fiestas!
Y sin embargo ha de haber una fiesta. La fecha está abierta..
Una fiesta íntima, en que tú y yo brindaremos,
bailaremos y nos desmadraremos un poco,
después de que hayas hecho tus ejercicios de desentumecimiento
y tolerancia a la ingesta por vía oral.
Me estoy refiriendo, claro, a la fiesta en tu honor,
la fiesta de bienvenida a tu virilidad ejerciente.
Esto será el día, en que alargues por fin tu brazo buscando
el despertador,
y por fin preguntes, con una flema pasmosa: “¿Dónde
estoy?”.
Y yo diré, conteniendo a duras penas la emoción:
“Bienvenido a la vida, amor mío”, con énfasis
en “amor mío”.
¡Pero
mira qué vistas!
¡Son las vistas menos vistas de la ciudad!
¡Como que el palacio estuvo mucho tiempo abandonado!
Hasta que lo compró, y restauró un rico coleccionista de
palacios.
¡Mira: desde cualquier ventana, se ven los tejados de la ciudad!
No se ve el mar como desde nuestro apartamento, pero...
¡Qué
vistas teníamos desde la terraza de nuestro apartamento!
Sí, dije “teníamos”, tuve que vender el apartamento.
¡Tendrías que haberlo dado por supuesto!
Una se cansa de dar siempre las malas noticias;
siempre matan a la mensajera.
¡Con lo que lloré en el momento final ante el notario!
El notario se ablandó con mis lágrimas, y… (presumida)
me preguntó mi estado civil…
Y no me lo invento. Todo consta en acta. Hasta mis lágrimas:
me refiero a que mojaron el solemne papel notarial.
¡Qué
tiempos aquellos, y qué vistas aquellas del mar!
Yo me pasaba horas mirando la playa desde la terraza.
¿Te acuerdas del hombre con sombrero de paja
que veíamos pasear por la playa todos los días al atardecer?
Era un hombre enigmático.
En seguida nos llamó la atención a los dos su manera de
pasear por la playa.
Fue como si de pronto descubriésemos que...
había más de una manera de pasear por la playa a esas horas
recogidas.
Todas las tardes de aquel verano, el hombre daba su paseo invariablemente:
La Caleta, Puente de Piedra, Playa de Santa María,
y se perdía en dirección al hostal.
Nos preguntábamos si sería un poeta o un convaleciente,
un panteísta o... un paseante profesional en solitario.
Porque recuerda cómo andaba:
andaba con un ritmo moroso, como para retardar el regreso.
Lo veíamos pasear con aquel sombrero,
y daba la sensación de que sus ojos eran capaces
de ver más mar que nadie,
de que sus pies desnudos palpaban más cantidad de arena mojada,
de que sus ropas sentían más brisa
y su pelo entrecano se teñía como ningún otro del
color rojo del ocaso….
Ese hombre que caminaba con los cinco sentidos,
como si cada paseo vespertino fuese su última voluntad.
(Pausa)
La última tarde que vimos a nuestro hombre
Recordarás que una ráfaga de viento le arrebató el
sombrero,
y sorprendentemente,
el hombre ni se molestó en recuperarlo;
siguió caminando por la ruta de siempre, hasta perderse de vista.
No recogió su sombrero.
Nosotros le gritábamos: “¡Eh! ¡Oiga! ¡El
sombrero! ¡Se va sin su sombrero!”.
Pero el hombre ni se molestó en recuperarlo.
Recuerda que esto nos dio muy mala espina.
Y... ésto
no lo recordarás porque lo hice a escondidas;
no a traición: a escondidas, por amor a ti, para no herir tu orgullo
de don Juan.
Esa misma tarde que perdió el hombre enigmático su sombrero,
y que nos dio tan mala espina:
esa misma tarde recuperé el sombrero en las dunas.
Y esa misma noche, me levanté de la cama sigilosa,
Y corrí descalza por el mismo camino de nuestro paseador solitario,
sintiendo, revolcando mis pies desnudos en sus huellas,
hasta llegar al hostal.
El sombrero era una excusa.
Yo quería saber, no quién era ese hombre,
no cuánto tiempo iba a vivir ese hombre.
Yo quería saber si ese hombre, que me doblada la edad,
pero no era por cierto cualquier hombre,
deseaba amarme antes de irse para siempre de este mundo.
Él fue sincero.
No tenía tiempo para circunloquios.
Se aferraba a la vida como a la arena sus pies,
intentaba que el sol inundara de vida su pelo,
por lo que puedes figurarte cuál fue su respuesta.
No sé si fue un acto de caridad, o del más lascivo e incontenible
deseo,
de venganza hacia ti, o de necesario reflote de mi autoestima hundida...
Pero... aquella noche, de madrugada... hice el camino de vuelta llorando;
volví a nuestra cama sin que tú lo notases, sin que oyeses
mi llanto.
Recuerdo que tú me dijiste al despertarte algo inconexo pero certero:
“Hueles a mar... hueles a hembra en celo”.
Pero no lo comprobaste.
Pero no lo probaste.
He recobrado
el ánimo, al verte así, tan bien asentadito
y confortablemente instalado,
como el príncipe de las clases pasivas.
Y con estas vistas y este salón de baile, me dan ganas de bailar.
¿Puedo bailar?
¿Seguro que no te hago sentir un... inútil?
Será
mejor que siga hablando. Sé que te gusta oír mi voz.
Desde niña soy consciente de mi bonita voz
Sí, yo siempre recité de forma escandalosamente bella.
Ya sabes que me ofrecieron en la radio un puesto de recitadora.
Podría haber grabado versos,
y, de hecho, hace poco...
un ingeniero de sonido muy amable, y con un estudio de sonido muy acogedor...
Pero eso es una sorpresa.
Espero que el bello durmiente alargue su brazo un día
para palpar el despertador, y pregunte: “¿dónde estoy?”.
Ese día lo pido a Dios, y a la vez lo temo.
Lo he de temer, si ese día me ves y no me reconoces.
Si ese día alargas tu mano para alcanzar el despertador,
y peguntas: “¿dónde estoy?”; y a mí :
“¿quién es usted?”.
No sería justo. Sería desgarradoramente cruel e injusto.
(Se entristece.
Comienza a limpiar al paciente la cara con toallitas húmedas).
No te preocupes, no me pasa nada.
No es que esté triste.
Sólo que soy realista.
No me gusta reír por reír: es de tontos.
El que estés
instalado en un palacio,
y perdón por lo de “instalado”,
en ningún caso quiere decir que hayamos medrado,
no te hagas ilusiones de “nuevo rico”.
Sólo que tu mujercita ha sabido jugar bien las cartas.
Tampoco quiere decir que haya ido al casino a jugar.
Es uno de tantos lujos que no me he podido permitir.
Aunque contigo me he hecho una especialista en solitarios.
¡Adiós
al hospital! ¡Adiós al olor a hospital!
¡Adiós a las enfermeras del hospital!
Aunque no a las enfermeras,
aquí también tienes una nueva enfermera,
y una enfermera ayudante,
que no están nada mal.
Muy moninas las dos.
Recién acabados los estudios.
Piden a cada poco disculpas.
Son torpes, sí, son torpes:
¡Pero están tan encantadoras cuando se ruborizan!
En eso has salido ganando:
El dueño del palacio es lo que se llama un “viejo verde”,
y las ha contratado por su buena presencia,
Y te aseguro que están como para presenciarlas.
Eres el único hombre que no se las queda mirando.
Casi te tengo que disculpar ante ellas por tu hiriente indiferencia.
Diría que son azafatas-sanitarias.
Con un uniforme muy clásico:
con cofia sanitaria,
falda corta con peto,
medias y zapatos de tacón.
Te guiñarán el ojo cuando te pinchen,
Y no lo notarás, o mejor dicho, no te inmutarás, porque
te harás el héroe:
ya te digo que están como para presenciarlas.
Su aliento es de chicle de plátano los lunes,
los martes de sandía,
los miércoles de hierbabuena,
los jueves de vainilla,
los viernes de limón,
los sábados de tutti-frutti.
y los domingos…
¡Ah!: Los domingos libran.
Los domingos viene una monjita de un hospital de caridad,
una monjita que tiene voz antigua, como las de las películas de
antes.
Oye, ¡no se te ocurra enamorar a la monjita!
No he dicho novicia. Pero sí, es una novicia.
La novicia puede traer cualquier aliento,
porque no se va acercar a ti, a menos que sea estrictamente necesario:
ya le han advertido que el paciente es un actor de gran atractivo.
Todo está bien especificado en el contrato.
Hasta el olor del aliento, hasta el aliento neutro de la monjita.
Es una satisfacción que cuesta muy poco.
Aunque el dueño no ha escatimado gastos.
Tendrás que compartirlas con el dueño,
el viejo cascarrabias,
el otro habitante del palacio,
un tullido,
es cojo,
un viejo cascarrabias cojo.
Pero no conviene insultarlo.
Él es…Tu benefactor,
nuestro benefactor.
De eso tenemos que hablar.
Como te decía,
el hecho de que nos hayamos mudado a un palacete, no quiere decir
que nos haya tocado el premio gordo de la lotería.
Pero dejemos
el tema. Porque noto que me estoy entristeciendo.
Este palacio tan tranquilo para ti, es intranquilo para mí.
No quiero meterte miedo,
pero sospecho que las enfermeras no son en realidad enfermeras,
ni la novicia es una novicia.
Y no son fantasías mías.
Más bien son fantasías de ellas.
Y fantasías del viejo.
Ya te digo que es un “viejo verde”.
Las observaremos.
Sólo espero que no fallen estas máquinas.
Aquí el personal tiene pinta de ser muy eventual e inexperto.
Me temo que veremos muchas caras nuevas.
Esperemos que te despiertes pronto: no aguantaré más de
cien enfermeras nuevas.
Sería sensato que despertaras uno de los días de la semana:
elige tú el olor del aliento,
el neutro también tiene su encanto: (incitante) se podría
llamar “aliento virgen”.
Sí, sí me pasa algo.
Y sí, sí, estoy preocupada.
Me conoces muy bien, truhán.
Es imposible que engañe a un reputado actor como tú.
Ha pasado algo.
Es algo que nos afecta.
De otro modo, no lo hubiera traído a colación, no te lo
diría.
No soy tan egoísta como para venir a desahogarme de naderías
aquí precisamente, donde tú…
Pero es que, en estos últimos meses, fuera estaban pasando continuamente
cosas.
Y no me refiero a que hubiese un eclipse.
Me refiero a cosas que nos incidían muy directamente.
Circunstancias que siempre nos han estado acechando.
Circunstancias que nos empezaban a ahogar,
fechas límite, ”números rojos”,
circunstancias que había que afrontar de un braguetazo.
¿Dije “braguetazo”? ¡Oh, esta abstinencia!...
Quise decir “de un plumazo”.
El hospital, cariño, no era un refugio. ¿Eso decía
la publicidad? Pues no.
Nos tenían en cuenta.
Afectábamos a los demás,
a su cuenta de resultados,
y los demás nos querían afectar.
Los muy inmorales llegaron a proponerme...
Que como tú eras actor y tan bello durmiente,
hicieses un anuncio de televisión para una marca de colchones.
No acepté ese eslogan.
Figúrate que querían cantar las alabanzas de sus colchones
con una mentira:
“Hechos para que incluso estar en coma sea una bendición”
Protesté.
Les hice cambiar el eslogan.
De hecho lo supervisé yo. Después de redactarlo yo misma.
Supongo que querrás saber el eslogan. Tienes derecho, desde luego.
Muy bien, muy bien.
Era algo así como:
“Colchones para sueños de larga duración… ¡y
a soñar con los angelitos!”...
Y entonces aparecía yo en una esquinita de tu cama, caracterizada
de angelita,
de angelita con el sexo ya bien decantado hacia lo femenino.
Tuve que exigir aparecer yo también en el anuncio,
no fuese a pensar la gente que te había abandonado.
El anuncio no funcionó,
No cobramos un céntimo.
Si lo hice fue por que no te llamaran “inútil insolvente”.
Sí,
has acertado.
Estoy hablando del maldito dinero, o bendito,
según se necesite o no.
”El dinero no hace la felicidad”...
¡Esa estúpida frase debe de ser de un poeta rico como Goethe!
En nuestra situación, es una frase de pésimo gusto.
El último
hospital era un hospital de pago, amor mío.
Y nadie hace nada por caridad.
Sólo los hospitales de caridad
Pero los hospitales de caridad no tienen estas máquinas de Massachussets:
sólo crucifijos y láudano.
El único amor que hay en un hospital no-caritativo es el que yo
te traía todos los días,
como también hoy te traigo, sin merma.
Sí.
Estoy preocupada.
Pero está todo solucionado.
No, no me contradigo: se debe a mi eterno problema de adaptación.
Por lo demás he actuado con eficacia.
Durante este tiempo he intentado controlar todo.
Que nada nos afectara, mientras tú…
mientras llegaba el día feliz que aún esperamos.
He actuado con tu permiso tácito,
como mejor convenía a nuestro único anhelo.
Fueron días
aciagos.
Todo se había desatado en contra nuestra.
Y tuve que tomar una determinación.
¡Oh, no! ¿No estarás pensando en que te voy a abandonar?
¿Es que te he fallado algún día?
¡No se te pase ni por la cabeza!
¡Nadie te va a desenchufar!
¡Ya te lo he dicho!: Se acabó esa “espada de Damocles”.
Todo está atado y bien atado.
El Derecho civil lo tiene bien amarrado.
Sí, he dicho el Derecho Civil.
En este caso, el Derecho Civil está de mi parte, de nuestra parte...
pero permíteme volver al tema que nos debe alegrar.
El día
que tú despiertes de ese sueño profundo,
El día que despiertes, amor mío, haré una tarta para
celebrarlo.
Sé que en cualquier momento puedes despertar:
Buscarás con la mano el despertador y dirás: “¿Qué
hora es?.
Y yo diré… Diré algo nada convencional,
Una frase brillante,
o entonaré un Te Deum: ¿qué te parece la idea?
Pensándolo
mejor, será más práctico que quitemos dramatismo
al asunto,
que obremos como si no hubiese pasado nada,
borrón y cuenta nueva.
Sí, quizás debiéramos olvidar, amor mío;
olvidar que no tenemos nada que recordar de estos últimos años.
Aunque, conociéndome, creo que, llegado el momento,
no sabré callar,
pero tampoco sabré qué decir;
y me podré a llorar como una tonta,
y te pediré perdón como una tonta por el numerito,
como si llorar no fuera algo positivo,
algo más elocuente que cualquier palabra,
que cualquier queja,
que cualquier declaración de amor.
Se tiene a las mujeres que no lloran
por mujeres de fiar y nada melodramáticas,
Pero la mayoría de las mujeres cuando tienen que llorar y no lloran,
no es por una entereza regia: es porque no se les corra el rimel.
Así son de disimuladas. Resulta paradójico, pero es la pura
verdad.
Los hombres creéis que lo sabéis todo de la psicología
femenina,
¡y la psicología femenina es muy complicada
y con mucha mano izquierda!
(Moviendo
la cabeza y sonriendo la ingenuidad.)
¡Tantos congresos masculinos de psicología femenina….
y todavía no acabáis de entendernos a la mujeres!
Si esos psicólogos engreídos quisiesen escucharme, como
mujer,
yo les hablaría, no ex-cátedra, pero sí con conocimiento
de causa:
(Como en
una ponencia.)
“Señores sabios entendidos en Psicología Femenina:
Para AMARNOS a las mujeres, antes hay que ENTENDERNOS;
hasta aquí supongo que estarán todos ustedes de acuerdo:
de hecho, en este punto es donde se hayan precisamente atascados...
Pero para ENTENDERNOS,
los hombres tienen antes que ESCUCHARNOS;
y para ESCUCHARNOS,
antes tienen que AMARNOS.
Puede que sea un círculo vicioso,
pero no es el círculo cuadrado.
Así que no se desanimen, y sigan con sus congresos,
pero háganlos más a menudo,
porque las mujeres evolucionamos.
Y procuren que haya más mujeres en sus congresos:
y no me refiero a las azafatas.
Gracias”.
(Sonriendo
de nuevo por la ingenuidad)
Nunca conseguiréis etiquetar a la mujer en una ley general,
“Mujer”, “mujer”: os llenáis la boca con
esa palabra., pero... ¿Qué mujer?
¿Mujer deprimida o mujer resignada? Pues son silencios distintos.
¿Mujer malvada o “mujer fatal”? Porque no es lo mismo.
¿Mujer china o japonesa?: Porque guardan diferencia en el tipo
de concubinato.
¿Mujer frígida o mujer no calentada suficientemente?
Y que conste que no te estoy reprochando nada. No lo tomes como una indirecta.
Pero en realidad... Debes tomarlo como una DIRECTA.
Y no me llames feminista. No hay que ser feminista para exigir de vuestra
proverbial caballerosidad masculina,
que nos tengáis en cuenta, no sólo a la hora de hacer el
amor,
pero también y sobre todo a la hora de hacer el amor.
No, no he
tenido mucha suerte en la vida.
Justo cuando habíamos hablado muy seriamente de la revolución
sexual,
Justo cuando hasta la Iglesia estaba abriendo la mano sobre el tema,
justo entonces, de la forma más inoportuna, sucedió la tragedia.
Tu tragedia y mi tragedia.
Porque en esto del amor carnal, se necesitan dos:
menos no lo admite la Iglesia,
más de dos tampoco.
Los números son muy importantes en las religiones cabalísticas.
¡En
el mejor momento, cuando estaba dejando de ser una analfabeta orgásmica,
tuvo que pasarnos a nosotros!
En pleno apogeo, en plena efervescencia,
En pleno florecimiento expansivo tropical... Se corta el riego.
Y entonces la sequía,
la atrofia.
¡Seca semilla momificada esperando el milagro de la lluvia torrencial!
¡Menos
mal que tomé aquella grabación-pirata de tu voz,
en aquel poema erótico de tu última función!
¡Qué poema, cuánta malicia tras el tamiz alegórico!
Cada vez que lo oigo, que te oigo…
es como la voz que te falta, el empuje, el fuego que ahora no...
“Algo es algo”, me digo. Un “orgasmo platónico”,
lo llamo.
Era un poema muy tórrido. No en vano el autor lo tituló
Fusión,
Sí, un poema muy tórrido el de Fusión...
Una grabación muy XXX la que hice de “Fusión”.
No quiero ni pensar dónde ensayasteis todos esos versos ardientes,
ni las técnicas a las que recurristeis, y no me refiero a las nemotécnicas.
No quiero ni pensar la consecuencias encadenadas de ese poema con tanto
ritmo,
cuyas palabras iban a más, a más... hasta el cénit.
Observa que he evitado deliberadamente la palabra “clímax”.
Pero tuve
que hacer algunos arreglos en la grabación.
Sí, porque... tenía un gran defecto:
ELLA.
¡Naturalmente! ¡Ella!: ¡Carlota Gutmann!
Ella era el ruido de fondo,
el desagradable y eliminable ruido de fondo
( Con retintín) de la gra-ba-cion-ci-ta.
Yo odié a tu partenaire. Porque de hecho la grabación espía
continuó en su camerino.
Y algo capté, que provocó mi odio hacia ella
y mi desprecio y a la vez mayor aprecio por ti.
Me enteré de todo lo que hacíais a mis espaldas:
Hoteles, días, horas, veces, y otros detalles.
Hoteles de cinco estrellas, los mejores días, a las mejores horas…
y varias veces… sin el menor cansancio, me refiero al tedio.
¡Dios
mío!:
¿Y no se pudo enamorar Carlota del divino dramaturgo?
¿de ese genial enfant terrible del director de escena?
¿O sucumbir por el bien de su carrera a la erótica del poder
que emanaba el Productor?
¡Dios mío!:
¿Porqué tuvo que enamorarse “esa” del apuesto
pelamanillas que es un simple actor principal!
¿Qué esperaba con esa endogamia!, ¿fundar una saga
de actores y actrices principales!
¡Yo
estaba furiosa, presa de un ataque de celos mortal de necesidad!
Mortal para ella , claro.
Mortal para Carlota Gutmann, claro.
Acudí
a una santera para hacerle vudú.
¿Contienes tu risa? ¿Ah sí? ¿He dicho alguna
tontería?
¿Ella murió, no? ¿De un accidente de coche?
Vale, de un accidente de coche. No te lo discuto: de un accidente de coche.
¿Pero qué iba pensando Carlota mientras conducía
cargadita de ansiolíticos?
¿Sabes tú acaso lo que la tenía insomne y sin reflejos?
¿Sabes qué, quién la indujo, quién pagó
a la inductora?
¿Sabes con quién se entrevistó tu queridísima
Carlota Gutmann un día antes?
¿Conoces tú acaso el poder de sugestión de la santera
que contraté?
¡Pues Carlota , la supersticiosa Carlota,
sí conocía de su infalible y garantizado vudú de
santería!
La santera
le juró a Carlota
el día y la hora y el lugar exacto en que iba a morir EN SU PROPIA
CIUDAD.
Sí, morir.
Morir Carlota, salvo que Carlota hiciera lo que hizo Carlota:
coger precipitadamente las maletas y alejarse en coche a toda velocidad
de la ciudad.
Eso tenía que pensar Carlota.
Eso era lo que debía hacer Carlota.
Y eso es lo que hizo la descerebrada e impulsiva de Carlota.
A Carlota
Gutmann le dijo la santera
que su fin estaba irrevocablemente decidido.
La santera me costó un dineral.
Lo equivalente a un abrigo de marta y un chaquetón de visón.
Cualquier mujer elegante se lo habría pensado.
Una prueba más de mi amor. Que, por cierto, no mereces a pesar
de tu apostura;
o para ser sincera, mereces por los pelos, gracias a tu apostura.
¿Que
cómo pude hacerlo?
¿Qué quieres saber: mi grado de perversidad o el modus operandi
con el que...?
¿Quieres saber el modus operandi, verdad?
En el fondo tú siempre fuiste un cotilla.
Ella te había
regalado un mechón de su pelo. Nunca quise saber de qué
parte.
El verdadero mechón sirvió para apartarla definitivamente
de ti con el vudú.
El verdadero se lo llevé a la santera, y coloqué en su lugar
una réplica.
¿Quieres saber qué réplica capilar suplantó
el verdadero pelo de Carlota, eh?
¿Quieres saber qué fetiche-placebo estuviste adorando tontamente?
Pues… un mechón de mi cabello.
Sólo tuve que teñírmelo de un tono idéntico
al de Carlota.
Bueno, en realidad me lo había teñido hacía tiempo.
Pero tú
ni siquiera lo notaste.
Estabas tan encoñado con aquella Carlota
que ni siquiera notaste que yo había renunciado a mi precioso cabello
rubio natural
para teñirme de ese vulgar color castaño-rojizo
de aquélla actriz secundaria de nombre y apellido tan rimbombante:
“¡Carlota...Gutmann!”.
Nombre y apellido, que sin embargo, legal y moralmente,
se podían reducir a un despectivo y genérico apelativo:
“la otra”.
Nadie en concreto; cualquiera que no fuese yo;
¡cualquier cualquiera indocumentada!
Nunca supe
su nombre verdadero. Ni creo que tú lo supieras.
¿O no sabías que Carlota Gutmann era sólo su nombre
artístico?
Esa Carlota llevaba el nombre postizo. Era una prótesis nominal
muy resultona.
Carlota Gutmann. ¡Y por qué no “Sissi”?
(Ríe) Yo te lo diré por que no “Sissi”. ¡Porque
los austríacos no se andan con chiquitas!
Y ese nombre lo tienen registrado, para que ninguna pelandrusca farandulera
se apropie del nombre de su Emperatriz más rentable en divisa turística.
Sin embargo, el nombre “Carlota” en Alemania es de dominio
público,
como “Carmen” en España.
En cuanto al apellido “Gutmann” lo copió de la marca
de hilos que usaba su madre,
la modistilla de su madre.
¿O te dijo acaso que su madre había sido Cocó Chanel?
¿No sabías que su madre era una modista de la Casa Real?
¿Tampoco que su hermana era esteticién y le dejaba elegir
la cara de un catálogo?
¿Que su padre era palafrenero real, y le dejaba de extranjis una
carroza el día de su cumpleaños?
¿Que su hermano era chofer suplente del Rey y la llevaba en limusina
al teatro?
¡Entonces no me extraña que todos la confundierais con una
superclase!
En cuanto al nombre de pila, “Carlota”, “Charlotte”
en alemán, lo tomó del Werther.
Por la carga subliminal, supongo.
¿Qué esperaba esa ingenua!, ¿ que te suicidaras por
ella!
¡Qué
romántico hubiera sido si tú, amor mío,
en un arrebato de arrepentimiento te hubieras suicidado por mí!
Si hubiera sido inevitablemente necesario tu suicidio por mí,
confieso que me hubiera enternecido.
Soy una romanticona, lo sé. Como Charlotte. Lotte. La auténtica.
Estoy pensando...
Le preguntaré al médico si es posible, aunque fuera remotamente,
que alguien entre en coma por alguien.
No es un suicidio, lo sé, pero es lo más parecido:
que alguien estuviera en estado permanentemente de suicidio por mí.
Esto, no sólo me halagaría, sino que me enternecería
y me haría llorar a cada poco.
Si me dedicases este coma profundo con tu precisa firma horizontal,
no haría falta decir que me sentiría muy reconfortada,
y en cierto modo compensada, amor mío.
¡Qué
providencial fue inmortalizarte en la grabación-pirata del teatro!
En verdad fue providencial:
porque yo no sabía que en los camerinos
ibais a seguir practicando el poema,
o más exactamente, poniéndolo en praxis.
Lo grabé al tuntún,
por acabar la cinta,
por pillar un chascarrillo,
un taponazo de champán,
por registrar el ambiente triunfal tras los bastidores.
¡Hay
que ver lo que es el combustible de la poesía,
unido al comburente de la pasión reprimida femenina!
El fuego de tu voz broncínea secundada por la resultoncilla voz
de corista de la Gutmann,
arrancaba cada velada “¡bravos!” y gritos orgásmiscos
de la platea,
incluso del patio de butacas, con ser menos discreto.
Estuvo a punto de prohibirse la función.
Pero la mujer del Gobernador la prolongó una semana más:
era tu más fiel admiradora y una adicta al poema..
Todo el mundo gritaba:
unas que qué interpretación,
otros que se movían mucho las butacas,
otras que qué catarsis más rica.
otros que dieran el aire acondicionado.
Otros… ¡que suspendieran la función apelando a la moralidad
pública!
La prensa
fundamentalista lo consiguió con una foto tirada al palco de la
Gobernadora.
¡Esa prensa amarilla y fundamentalista siempre contra el placer
de la mujer!
Consiguieron acabar con el placer platónico de tantas analfabetas
orgásmicas.
Yo confieso que , si en esa velada no hubiera estado tan pendiente de
la grabación,
concretamente de la ecualización de los agudos,
hubiera muy probablemente llegado también...,
me hubiera unido a aquel apoteósico orgasmo platónico colectivo.
¡Oh,
esa grabación! ¡Qué legado marital fue esa grabación!
Aunque al principio me sirviera de poco,
¡con esa voz
de corista
hiriéndome
el corazón
y el oído!
Cada vez que oía tu voz, amor mío, yo ascendía..
Pero al aparecer la voz de ella,
yo me cortaba y caía en picado,
¡y aquello se convertía en un orgasmo platónico interruptus!
Sin embargo…
En ese estudio de grabación me solucionaron el problema.
Fue un ingeniero muy interesante quien sustituyó la voz de Carlota
por la mía,
por la voz LEGÍTIMA.
(Incitante)
El ingeniero tan interesante, me felicitó por mi voz.
Lo tomé por un cumplido. Pero era en realidad una opinión
técnica.
Una opinión técnica que me repetía constantemente
con una sonrisa seductora;
una opinión técnica que podría haber sido el inicio
de un gran amor.
Porque era una opinión técnica que tenía la ambivalencia
de un piropo.
De hecho volvió a insistir llamándome “La voz”,
como a Frank Sinatra.
No “Voz”, a secas; no “voz” como la materia prima
de su negocio, no.
Me decía, asombrado, incluso en trance:
“¡Sobrehumana, mítica, La Voz”!, “¡Has
estado divina, La Voz”!
Y así, llegó el momento de la despedida. Fue emocionante.
El interesante ingeniero me susurró:
“Hasta cuando quieras, La Voz”... ¡Tuteándome!
Aquel arreglo
de la grabación fue algo más que una revancha:
fue un acto de justicia, moralidad, y de buen gusto,
si debo considerar la opinión del ingeniero sobre
los “armónicos de mi maravillosa voz de soprano-lírica”.
No, el ingeniero interesante y yo no tomamos unas copas después
del tuteo.
Ya te lo puedes ir creyendo, porque no tengo pruebas:
¿No esperarías que el ingeniero me sedujera para hacer su
propia grabación?
Lo tenía más fácil: era un ingeniero lo suficiente
habilidoso como para quitar tu voz y poner la suya.
Después de todo, él se quedó la copia matriz en el
archivo.
(Ríe)
¿Sabes de qué me estoy riendo?
(Seria.)
Pero la verdad es que me estoy riendo muy en serio:
¿Estás pensando lo que yo?
¡Ese archivo del ingeniero es un polvorín!
Sí: estoy segura de ese ingeniero es un fetichista fónico
y fonético,
y ha puesto su propia voz justo pegadita a la mía.
¡No quiero ni pensar si a ese ingeniero tan habilidoso
y retorcido se le ha ocurrido montar nuestras voces…!
“Montar”, “unir”, “pegar”, “empalmar”,
“fundir”: es la terminología,
¡Y no te digo si ha analizado y sintetizado mi voz,
Y por medio de su computadora combina mis fonemas a su voluntad.
No quiero ni pensar y menos oír lo que me estará haciendo
decir,
susurrar,
suplicar,
gritar,
jadear,
gemir,
aullar…
¡Ese ingeniero puede alargar los ooohhhes y aaahhhes a capricho,
mis gemidos y mis jadeos clónicos expandirlos a voluntad,
retocarlos para que no parezcan platónicos sino reales,
y tiene vatios como para que se oiga en toda la ciudad…!
¿Qué por qué lo sospecho?
Más bien por qué estoy tan segura.
Porque… conozco a los hombres demasiado bien para sospechar de ese
tuteo susurrante:
“Hasta cuando quieras...”;
ese tuteo final, tan incitante y sin embargo contradictoriamente resignado:
Los hombres no sólo no os dais por vencidos, sino que no hacéis
nada gratis,
y el ingeniero no me cobró ni un céntimo.
Te repito
que ahí acabó nuestra relación.
Eso fue todo.
Aunque… ahora que recuerdo… antes de la grabación,
Sí, ya lo recuerdo, antes de comenzar a grabar,
me ofreció un poco de miel de su propio dedo para que lo chupara,
es decir, chupara la miel.
¡Aquella miel parecía pegamento! ¡No he visto una miel
más pegajosa en toda mi vida!
Parecía liga. Liga para ligar, liga para cazar un pajarillo...
(cantando) “pajarillo cantor”...
¡Lástima que no se grabaran los chupeteos!
Hubieran quedado muy bien con el poema,
como chupeteos ambientales.
(Incitante, mirando al paciente de reojo)
¿O eran rechupeteos?
¡Eso,
suponiendo que no los haya grabado para su propio uso…el muy altruista
interesado!
La verdad es que en ese estudio lo que sobraban era micrófonos.
Colgaban cientos de micrófonos negros del techo,
¡Adivine usted con qué micrófono habría estado
grabándome el muy paparazzi los chupeteos!
(Mirando
hacia el techo.)
¡Aquello parecía un secadero de micrófonos!
(Asustada de pronto.)
¡O una cueva infestada de murciélagos!
(Le da una arcada)
Me temo que hoy va a ser otro día con muchos amagos de vómitos.
¡Qué
Providencialmente os hice aquella grabación-pirata!
Providencialmente, en la última función,
de aquella pieza de teatro indecente o sublime,
según opinase un hombre satisfecho o una analfabeta orgásmica.
Tu apostura y tu voz,
hacían derretirse al público femenino,
patear,
brincar en las butacas,
ponerse histéricas a las maduritas como quinceañeras fans
de Elvis.
Esa actriz secundaria y tú, amor mío, conseguisteis lo que
no consiguió ni Pirandello:
que se parara la representación
para que los actores aplaudierais emocionados,
a aquellas actrices-revelación de vocación tardía.
Era otoño, y todo el mundo debiera saber que en otoño aumenta
la libido.
Incluso más que en la primavera:
la primavera y sus jaquecas nos inhabilitan para la entrega apasionada.
Por cierto, que estamos en plenito otoño.
Por eso he madrugado, y he hecho esta escapadita.
También porque hemos de adaptarnos... a los nuevos horarios del
palacio.
¿Sabes,
pillín?:
He traído el disco. Sí, ahora es un disco. He transplantado
la grabación de la cinta
a un disco imperedecero,
No, no es que vaya perdiendo las esperanzas…
Pero nadie sabe cierto cuándo alargarás la mano de una santa
vez para palpar el despertador,
y exclamarás: “¡uhmmm!”,
saboreando mi beso a traición como se saborea la mermelada de frambuesa.
Y yo... Yo no diré nada. Ya he dicho bastante.
Como dijo ese poeta rico pero tan sabio llamado Goethe,
como dijo, y no le faltaba razón:
“El hombre se libera por la acción”.
Se acabarán las palabras. Yo te juro que no diré nada.
Bueno, sólo te gritaré:
“¡No te muevas, por lo que más quieras!
¡Si has estado años ahí postrado,
no te vayas a mover ahora, por el amor de Dios bendito!”.
Y entonces,
no más poemas grabados,
no más orgasmos platónicos.
Ya sabes lo que haré.
Espero estar presente en ese preciso instante.
Y espero, si puedo elegir, que sea pleno otoño.
Y que tú recuerdes
lo que dijo el poeta rico Goethe:
Que nos dejáramos de poesía y pasáramos a la acción.
Sí, el poeta rico pero vitalista debió de escribir ese sabio
apotegma en otoño.
Cuando, en
ese momento tú te despiertes inesperadamente,
en ese momento sin embargo tan esperado,
creo, amor mío, que debo conservar la calma.
No llamaré al médico, y menos a una enfermera.
Convocaré a los esbirros del Cuarto Poder.
¡Sobre todo a esa prensa canalla que tuvo tan mal gusto de publicar
lo que costabas cada día a la Seguridad Social!
Y en la rueda de prensa agradeceré a los medios de comunicación
la sensibilidad demostrada… OLVIDÁNDONOS,
viviendo y dejándonos vivir;
y atacaré a ese periódico amarillo que tuvo tan mala idea
e hizo que nos echaran de la sanidad pública.
Sí, amor mío: ¡fue por ese hijo de la gran perra que
amenazaron con desenchufarte!
No pude demandarlos: necesitábamos todo el dinero,
por si teníamos que mudarlos a un caro hospital privado.
Sólo les llamé “insensibles” en una carta al
director,
Al periodista
le llamé “hijo de perra”, pero por un discreto teléfono
público:
no teníamos dinero para meternos en litigios.
Lo importante eras tú, y lo seguirás siendo, amor mío.
Yo me comí el orgullo e hice lo que hizo falta para que nadie …
Lo que hizo falta.
Sí, no te quedes tan serio, he dicho “lo que hizo falta”.
¿Te enternece o te preocupa?
Lo-que-hizo-falta.
¡Con toda la extensión de la expresión “lo que
hizo falta”!
Todo eso hice y volvería a hacer para que no quiten las pilas a
tu despertador.
¡Sí, sí, te explicaré qué he querido
decir exactamente con “lo que hizo falta”!
Pero antes… Antes te diré lo primerito que haré el
“día D”: el día del Despertar.
Cerraré la puerta…
(Señalando
la alimentación parenteral.).
Te quitaré
ese biberón colgante,
Te haré enjuagar la boca con un colutorio de pepermint,
te daré un beso muy laaargo a cámara muy leeenta,
aunque salte la alarma del monitor cardiaco.
Te haré una transfusión de aliento vivificante.
Te daré un buen masaje para desentumercerte los músculos.
Y el final del masaje va a ser lo mejor.
Ya te imaginas, mi picarón, cuál va a ser la última
parte de mi masaje.
La parte más tuya… y a la vez más mía;
la parte que hemos compartido tantas veces,
desde la primera vez en que tu parte me partió….
Ya se te
está haciendo la boca agua de pensarlo,
¿verdad, mi bello durmiente anacoreta ?
A mí también, amor mío, a mí también.
A veces, con esa estúpida regularidad cíclica femenina,
no me lo puedo quitar de la cabeza.
Cuando despiertes, amor mío,
no bien te haya desentumecido,
te iniciaré, si es preciso de nuevo, en los misterios de la vida,
y sentiré entrar tus reservas de ti, reservadas a mí,
¡que ya nunca más venderemos a otras!
(Azorada
de pronto.
Buscando con ansiedad la elocuencia.)
Ésto te lo iba a explicar más adelante,
cuando despertases, ese mismo día,
y dentro de las cuentas que he de rendirte como tutora.
Pero ya que ha salido el tema...
Te hablaré del pequeño y eventual tráfico que tuvimos
que efectuar con tu semilla...
Las extracciones de esos... “excedentes” que tanto demandaban
tus admiradoras...
Esas dosis para.... inseminaciones anónimas, que expendíamos
con destino a tus devotas.
¡Era tan fácil! Era como tener pozo de oro blanco bajo mi
recta administración.
¡Y ellas eran tan generosas y discretas,
y estaban tan desesperadas por tu desaparición de la escena!
Con ese pequeño
y esporádico tráfico de tu... germen,
paliamos algunos gastos y evitamos algunos expolios;
incluso pude dejar el trabajo para cuidarte y vigilarte.
Me... Nos
pagaban un disparate por tan sólo un tubito aseptizado:
¡Ellas estaban desesperadas con tu desaparición de la escena!
Llegaban en peregrinación a la clínica y amenazaban con
amotinarse.
Sí, bloqueaban las dos puertas del hospital,
hacían sentadas,
huelgas de hambre,
recitaban el poema Fusión con megáfonos,
encendían velas...
Muy simbólico lo de la velas,
y sus manos aferrándose a la vela encendida y goteando cera, mucho
más simbólico…
La mujer del Gobernador portaba un gran cirio: creo que te estaba sobreestimando,
quiero decir, sobredimensionando.
La Dirección
de la clínica, alarmada por el rumbo de las reivindicaciones, me
propuso...
Me dio facilidades...
Puso a mi... a nuestra disposición el servicio de... Las más
modernas tecnologías en…
Bueno, unas palabras muy altisonantes para llamar a un super-congelador
de esperma.
Tus espermatozoides con el frío dormían en un plácido
coma del que despertarían sin duda.
Esta premonición me alentó. Era el paradigma que necesitaba
para recobrar la esperanza.
Mi administración
fue escrupulosamente moral: no hubo abuso de monopolio ni mercado negro:
colaborábamos con un programa de investigación en sicología
de masas.
Ellas quedaron satisfechas.
Todos quedamos satisfechos.
La sociedad, a la que nos debemos, volvió a la normalidad.
Y después de calmar la última ansiosa demanda, se disolvió
la Fundación.
Sí, tuve la idea de constituir una fundación en tu honor:
Las fundaciones, amor mío, bien administradas, son muy rentables
y confieren muy buena imagen.
La Fundación se llamó: “Él está entre
nosotras”.
Estás
muy callado. Quiero decir más callado que de costumbre.
Cuando estás tan callado me da miedo dejar de hablar, porque sé
que se avecina tormenta.
¡Ay, deja de torturarme con ese silencio tenso desaprobatorio!
(Se acerca
al paciente y lo acaricia, zalamera.)
Espero que no te hayas sentido… utilizado.
Yo no he dicho “prostituído”, que conste.
¿No creerás que puedes sentirte “prostituído”?
¡Pero si ni siquiera bostezabas!:
Tal como si yo ordeñara una vaca que sigue pastando,
tú seguías distraído con tu alimentación intravenosa.
No seas sofista.
¡No me tires de la lengua!
Porque si nos ponemos así, resulta que...
¡YO soy la que debiera estar molesta, en ese sentido!
YO soy la que de verdad se ha sacrificado. Y nunca me he quejado,
de hecho nunca te he hablado de esto que te voy a decir ahora.
Porque conmigo sí que hubo pacto, acuerdo, contrato pre-determinado,
para que tú siguieses viviendo otro año más, mi bello
durmiente.
¿O crees que la prórroga, vino por… caridad?
La prensa amarilla seguía hablando del coste de tu “hospedaje”
al erario público.
¿Has olvidado aquel reportaje criminal contra ti?
Te lo leí, con algo de censura, es cierto.
Fue el mismo periodista de investigación.
El sabueso volvió a poner el grito en el cielo sobre el coste diario
al Estado de tu “holganza”.
Comparó la Unidad de Cuidados donde estabas con el mausoleo de
Lenin.
¡Qué mal gusto! ¡Y que utilización política
del asunto!
Y lo peor es que... llegó a insinuar que yo…
Que aquel trato de favor no tenía explicación, salvo que
yo…
¡Salvo que yo me acostara con el Director del hospital!
Te juro que eso escribió.
Si no me crees, lo encontrarás en la hemeroteca.
¡Un hijo de perra!
Un hijo de perra con muy buen olfato, porque… dio en el blanco.
¡El muy hijo de perra nos andaba investigando!
O el muy hijo de sabuesa lo vio venir, lo supuso y acertó, con
su olfato innato.
Cada vez más gente cree que todos tienen un precio,
no cree en la caridad, sino en la debilidad humana,
Estábamos en serios problemas. No teníamos salida. Yo era
y sigo siendo atractiva.
Tú no te ibas a enterar, ni aunque lo hiciéramos en la misma
cama.
En tu misma cama no, pero sí en la cama de al lado.
Porque yo dije que en tu cama jamás,
y que en la cama de nuestra casa, ¡eso ya!... ¡Tendrían
que atarme primero!
Que en un hotel de carretera jamás.
Y otros muchos jamases:
Que yo no era una cualquiera
para hacerlo en un motel.
Ni siquiera una pelandrusca farandulera
(Con retintín) para hacerlo en un hotel de cinco estrellas…
Y por otra
parte, al Director le daba más morbo hacerlo en la cama de al lado,
Yo no sentí nada.
Me ponía la grabación del poema, y escuchaba muy entretenida,
para pensar sólo en ti.
Yo, tonta
y escrupulosa,
en vez de guardar la prueba , me fui a duchar entre arcadas.
Me duché siete veces. Me pelé la piel.
Pero al cuarto encuentro, pensé...
La cuarta vez, sí tomé la prueba para el chantaje.
Sí, fueron más veces. Una vez al mes.
Lo lógico: la mensualidad de un arrendamiento con derecho a enganche
eléctrico.
La cuarta vez que lo hicimos yo no me concentré más que
en mi plan:
guardar una muestra como prueba para chantajear al gerente.
Pero el sabueso del periódico se enteró. No sé cómo,
pero se enteró.
Y exigió su parte por callar la boca: él también
quería lo mismo.
Y no me refiero a que el periodista tuviese también un familiar
en coma.
¿No
vas a preguntarme el precio que me pidió a mí el periodista?
¿O lo das por hecho?
¡Cómo puedes dar por hecho que yo…!
No tienes derecho a suponer que yo, me allané tan pronto.
Pero sí, mi amor: no teníamos escapatoria:
Por eso me allané tan pronto.
Me allané: nunca mejor dicho.
Me puse tumbada, esperé canturreando y limándome la uñas,
y pregunté con frialdad: “¿Ya?”
¡Cómo podía resistirme, negarme, regatearles!
Si destituían al Director… se nos acababa el chollo.
¡Oh!, ¿he dicho “chollo”? Olvida esa palabra.
Se me ha pegado de tanto oírsela a ellos.
Si los denunciaba, ¡se acababa todo!
Se acababa la prerrogativa de seguir TÚ enchufado a costa de la
deficitaria Sanidad Pública.
La otra posibilidad... sí, sé lo que estás pensando,
y ya lo había pensado yo.
Todo lo tengo que prever, decidir y decir yo.
La otra posibilidad era ir vendiéndolo todo:
El piso, los muebles, el coche, la biblioteca...
Pero, ¿y después?... Después de venderlo todo, ¿qué?
Yo te amaba, y por eso estaba obligada a ser una mujer previsora.
Yo tenía esperanzas en que un día tú…
Pero, ¿quién me aseguraba que no ibas a estar postrado hasta
ahora?
Y el tiempo me ha dado la razón, ¿no?
Después de haber vendido todo sólo había un hecho
cierto:
el Director y el periodista estarían esperándome como dos
buenos socios.
Sí.
Te lo digo ahora.
Antes de que un día despiertes y te enteres a medias por terceros,
o revuelvas en las hemerotecas.
Es muy común que los pacientes que superan el coma se entreguen
años
a leer en las hemerotecas.
Como si necesitasen recuperar el tiempo perdido.
Es algo que se podría llamar “complejo proustiano”.
Emplean el resto de sus vidas tratando de informarse
de lo que se han perdido vegetativamente.
Son dormidores compulsivos convertidos en lectores compulsivos
Pero no vividores compulsivos.
Vividor compulsivo es el viejo, Heinrich.
Heinrich von...¡Gutmann!
Como lo oyes.
No, no ha sido una casualidad:
¡Mi trabajo y mi tiempo me ha costado encontrar en las bases de
datos ese mismo apellido!
¿Intrigado?
Cambiemos de tema.
¡He dicho que no me apetece sacar ahora ese tema!
Has de saber que según la Psicología,
no la femenina ni la masculina, sino la Psicología General,
la sinceridad absoluta está contraindicada en las relaciones,
la sinceridad absoluta es contraproducente.
¡Y punto!
No hay que
perder la esperanza.
Todavía nos queda la casa y la biblioteca.
La biblioteca está igual que la dejaste.
He mantenido todos tus libros limpios y en formación, esperando
a que les pases revista.
Ya sé
que lo de tus libros no viene a cuento.
Siento haber incitado tu curiosidad con lo de la “sinceridad absoluta
contraindicada”.
Pero, si no te importa, dejémoslo para otro momento:
No me encuentro con ánimos.
(Mirando tras la ventana que da al público).
¡Pero
mira lo que estoy viendo! ¡Es... es increíblemente hermoso
y digno de describir!
Amor mío, te hablé de las olímpicas vistas que tenemos
de todos los tejados de la ciudad,
pero nunca me pude imaginar...
¡Ha sido una suerte que yo dejara de hablar y hablar
para acercarme a este calidoscopio de ventana gótica!
¿A que no te imaginas lo que estoy viendo y comienzo a narrarte
como te prometí?
¡Un globo aerostático que vuela a baja altura…!
Y el comandante me saluda;
de hecho, podría darme la mano, ni no fuera arriesgada la maniobra
de acercamiento:
ya se sabe que las agujas de las construcciones góticas
son lo peorcito para un globo aerostático a baja altura...
¡Adiós, comandante!
Me dice por el heliógrafo que no es un comandante, sino el chofer...
Me dice que es la primera Línea Metropolitana de Globo a Baja Altura...
Que es el vuelo experimental…
¡Que somos los primeros y afortunados testigos históricos
del acontecimiento!...
¡Adiós, y buena suerte, señor chofer!
¡Ah!: ¡Y que a la vuelta le vea condecorado y ascendido a
comandante metropolitano!
¡Ha
sido un acierto la creación de esta “Línea de Globo
Metropolitano a Baja Altura”!
Con ella se podrán hacer recorridos turísticos y de placer
para ver la ciudad desde
otra perspectiva, sin duda mucho más hermosa.
¡Debe de ser un gran placer coger el globo metropolitano a baja
altura,
para ver lo que nunca se ve y atesora la ciudad justo encima de nuestros
cogotes!
Volar, casi rozando, pudiendo casi tocar
las gárgolas y pináculos de La Catedral,
las cornisas de los palacios, con sus modillones, antefijos y cenefas,
leer las inscripciones con números romanos de los frisos,
ver la hora en los relojes de sol de los frontispicios...
Sí, ha sido un acierto la “Línea Metropolitana de
Globo a Baja Altura”,
con bonos para estudiantes, y descuentos para jubilados en inválidos
de guerra.
No me has
estado haciendo ni caso, ¿verdad?
No te has creído lo del globo aerostático, ¿verdad?
Has estado esperando a que acabase para contra-atacar con la pregunta
de qué he querido decir con “la sinceridad absoluta es contraproducente”,
¿verdad?
¡Oh,
ya te he dicho que cambiemos de tema!
¿Acaso quieres morir de celos?
Pues yo no quiero: porque no me enteraría.
Yo quisiera que murieras de celos por mí, de la manera más
explicita.
Que el médico te diagnosticara, mirándome a mí con
descaro,
auscultándome a mí, radiografiándome a mí
con una mirada lasciva :
“El paciente padecía de celos mortales de necesidad”,
y otros piropos solapados que me garantizaran
tus celos por mí en la Otra Vida,
así como yo te seguiré amando más allá de
la muerte.. .
Se va haciendo
la hora.
Dejémonos de trapos sucios.
Pensemos en positivo.
Soñemos que dejas de soñar.
Soñemos con el día de tu renacimiento.
El día de la tarta.
Una tarta como en las despedidas de soltero;
tú irás a la tarta, y saldrá tu Verónica en
un bikini de papel-servilleta,
toda bien untadita de nata,
y de nuevo rubia, rubia natural con alguna canita teñida.
Todos los días pienso en esa fiesta.
Si aún no tengo el vestido hecho te aseguro que no es porque me
falte la fe,
sino por la dichosa variabilidad de la moda.
La lencería también tiene que estar a la última.
La lencería cada vez es más ínfima y evanescente.
Ahora se ha impuesto la braguita-tanga.
La braguita-tanga nos dota a las mujeres de un segundo pubis trasero.
No es para que te levantes, pero... Llevo puesta una braguita-tanga.
Tú te lo pierdes.
La verdad es que es un derroche estúpido llevar lencería
fina
con un amante que está hecho un imperturbable anacoreta.
Pero como nunca se sabe, cuando alargarás tu brazo, y …
Repito. Última oportunidad.
Aviso que mi cuerpo va delicada y ESCASÍSIMAMENTE envuelto en lencería
fina;
y se puede decir que poseo un DOBLE PUBIS TRASERO.
¡Un
doble pubis trasero! ¿Te crees que eso es cualquier cosa?
¡Pues menudo dilema para los hombres!: te aseguro que me tendrías
todo el día dando vueltas.
(VERÓNICA
realiza, varias veces y con brío, giros de 180 grados ante el paciente).
¡Menuda
fiesta más subidita de tono! ¡Una verdadera bacanal!
Lo pasaremos bien.
Porque será tan íntima, que no vendrán amigos.
Este punto es innegociable.
Porque...
tengo que informarte de que ha habido una espantada general de amigos,
incluso de enemigos:
ya ni los banqueros me acosan con sus créditos blandos.
Quieres tarta,
¿eh? ¿quieres juerga, ser el centro, eh?
Tú siempre fuiste el centro. Siempre te gustó ser el centro.
Los primeros días de tu coma pensé que lo hacías
por ser el centro.
Tú el centro, y yo la guinda de tu tarta.
“La guinda de tu tarta”. No, no se me ha olvidado aquella
frase.
Me impactó.
Luego descubrí que era una frase hecha, pero me siguió impactando.
Tú tenías una particularidad con tu voz viril y bella:
hacer que las frases hechas no sonasen a frases hechas.
Si tú decías: “Tus ojos son dos zafiros”,
Era como oír “los zafiros son ojos de Verónica”.
Y si tú, al regresar del teatro, borracho y apestando a perfume
de Carlota,
me decías, hambriento y sobreactuando, pero básicamente
sincero:
“Oye, nena, ¿sabes que sigues teniendo unos ojos como dos
zafiros?...
Yo te mandaba con dignidad callar,
e iba con disimulo al baño para comprobar a escondidas
que efectivamente, a pesar de los duros envites contra mi orgullo,
yo debía estar ufana de poseer, no uno,
sino dos ojos cabalmente del color del zafiro.
¡Eras un auténtico tasador de belleza!
No más Carlotas.
Esas santeras cobran un dineral.
Me niego a teñirme de otro color que no sea rubio platino.
Sí, yo soy rubia, pero estoy dejando de serlo.
Un día incluso dejé de repente de serlo, y fui cana.
Fue del disgusto.
Tus disgustos siempre acaban tiñéndome: de castaño-rojizo
o de cana.
Cuando despiertes, ¿puedo sugerirte lo primero que deberías
decir?
Pues deberías decir, para no hacerme sufrir:
“¡Quién eres tú, rubia? ¡Eh, rubia!: ¿Te
apetece que echemos un...? ”.
Esto, en el caso de que no te acuerdes de mí.
Y yo fingiría que no te conozco para facilitarte las cosas: puede
dar mucho juego.
Sólo te permitiré que me engañes conmigo. Con ninguna
otra.
Pero si al despertar me reconoces,
puedes gritarme, sin que se note que sobreactúas:
“¡Lo que me he estado perdiendo! ¡Y seguro que te he
tenido al ladito!
“¡Maldita sea, creo que me está dando un infarto!”
Si te murieses
de un infarto, amor mío,
un infarto de deseo intenso y repentino por mí,
yo te lloraría, te guardaría el luto, de pies a cabeza:
luto hasta en la lencería fina.
Si murieses de un infarto por esa conmovedora razón, amor mío,
yo pasaría, como un perro, las primeras noches en el cementerio,
al pie de su losa.
Si murieses de un infarto por mí, amor mío,
me harías muy feliz, dentro del dolor,
yo recobraría mi autoestima,
y tú expiarías tu culpa.
PORQUE TÚ,
Y SÓLO TÚ, ERES EL CULPABLE DE TU DESGRACIA.
Tú provocaste que yo contratara a la santera,
La santera que indujo a Calota a largarse de la ciudad atropelladamente,
sin tiempo de ponerse el cinturón de seguridad.
Pero sobre
todo… TÚ ERES EL CULPABLE
POR FUGARTE PRECIPIDAMENTE DE LA CIUDAD CON TU CARLOTA,
en ese coche a doscientos por hora,
en ese coche conducido por el miedo y el pecado
a su destino fatal y justiciero.
Cuando entraste
en coma, amor mío,
Alguien me dijo sobre ti, caritativamente:
“Hubiese sido mejor que se hubiese matado”.
Y yo le contesté:
“No, Dios es sabio. Mi marido aún tiene que contestarme a
una pregunta”.
Porque mi vida también está en suspenso, esperando una respuesta
a una pregunta...
Esta pregunta
no te la he hecho nunca, amor mío.
Quizás porque temía una respuesta demasiado sincera;
porque temía que yo sería la tercera víctima colateral
del vudú,
después de recibir el disparo vengativo de tu respuesta.
Por eso te pido que sea una respuesta letal pero constructiva.
Una respuesta que puede ser brutal, pero siempre respetuosa.
Una respuesta con odio, pero con piropo final a mis ojos color zafiro.
La pregunta
es muy sencilla.
Una pregunta que tiene que ver con la primaria sicología de los
cuarentones.
Una pregunta que deberían hacérsela ANTES los hombres,
pero que nos la tenemos que hacer, DESPUÉS, a veces demasiado tarde,
las mujeres.
Si hoy no puedes oírla, amor mío,
espero que el día que alargues tu mano buscando el despertador,
sepas leerla telepáticamente,
o al menos en las lágrimas de mis ojos azul-zafiro:
Bien, ahí
va la pregunta:
¿qué tenía, amor mío,
QUÉ TENÍA ESA CARLOTA GUTMANN QUE NO TUVIERA YO?
(Repite la
pregunta, llorando.)
¿Qué tenía esa Carlota Gutmann, que no tuviera yo,
amor mío?
(Pausa.
VERÓNICA irá sacando de los bolsos del pijama útiles
de maquillaje.
Se da unos toques con un “kleanex” en los lagrimales, se retoca
el rimel, se perfila los labios, se da maquillaje y colorete).
¡Está
bien!:
Sabía que cuando te exigiera una respuesta totalmente sincera,
ibas a esperar la mía;
aunque fuese contraproducente.
Está bien, consumado chantajista emocional,
adorable “mosquita muerta”,
bello durmiente que las matas callando.
Ahora no tengo más remedio que confesártelo
Te confieso
que... me he vuelto a casar.
Sí. Hace unos días.
En el fondo lo he hecho por ti.
Hace años, que todo lo que hago, o me abstengo de hacer, es por
ti.
Me costó trabajo encontrar un noble alemán que pactase el
mantenerte con vida.
Un noble alemán que además se apellidase... “von Gutmann”,
Has oido bien: Henrich von Gutmann.
Y yo soy por tanto una genuina von Gutmann
VERÓNICA VON GUTMANN. ¿Te suena?
¿A que va a juego con mi pelo rubio natural?
(Abatida)
Un marido alemán que, claro, era viejo, tullido, gigante e insoportable.
¡El gran consumidor de güisqui y Viagra, Heinrich von Gutmann!
Heinrich está cojo,
pero alardea de tener una “pierna central” siempre en forma,
tan larga y musculosa como una pierna,
que no cambiaría por ninguna pierna,
que le compensa de todo, incluso de la pierna,
que de hecho es la compensación proteica de la pierna perdida.
Heinrich alardea de que él y sólo él,
como hombre uni-perno y como noble,
puede ejercer el “derecho de pernada”.
(Conteniendo
una arcada con la mano en la boca.)
Sí, él tiene una asquerosa pierna que maneja a su antojo.
Heinrich tiene una gran vitalidad. Y cumple, como cumplo yo, el pacto.
Éste es el motivo de mi inquietud, y a la vez de tu tranquilidad.
Por todas
esas angustiosas razones, espero que despiertes de una maldita vez,
te suplico que despiertes y me salves.
(Pausa en
que se serena. Sonríe.
Saca del bolsillo del pijama un “CD” y se lo coloca a modo
de anillo en el dedo anular).
Aquí
está el disco del poema Fusión.
Mientras tanto, tengo esto que brilla y casi tiene forma de un anillo
nupcial.
Heinrich me regaló un anillo nupcial de brillantes.
Pero yo no quiero un anillo nupcial de brillantes.
Quiero que tú te levantes, y me digas, esa frase que devalúa
cualquier brillante,
no así los zafiros, los zafiros de mis ojos, brillando a través
de mis lágrimas.
¡Amor mío, cuánto te echo de menos!
Te lo dije ayer y te lo digo hoy:
Te quiero,
Te esperaré.
Nadie te desenchufará.
Tu amorcito lo arregló todo.
Yo cumpliré y el ogro cumplirá.
Para que tú vivas.
Sueña tranquilo, mi amor.
Tu Verónica te cantará una nana,
una nana picante, graciosa, sofocadora,
una nana para que el día menos pensado, alargues el brazo y...
(Se lleva
la mano a la boca, y contiene una arcada)
Se me olvidaba. Herinch es muy escandaloso.
Por eso, oigas lo que oigas, no debes dudar de mi amor.
No…no... de ninguna manera debes dudar.
Nunca has de dudar de que te amo.
Aunque no lo merezcas;
o, para ser justos: te merezcas por los pelos, gracias a tu apostura.
(VERÓNICA
mira el reloj. Se sienta y comienza a acariciar, con la vista perdida,
el cabello del paciente.
Al poco, se oyen voces en off, a través de un intercomunicador).
VOZ EN OFF DE HEINRICH:
Verónica! Meine Frrrau!
Rrregresa INMEDIATAMENTE a la cama!
Essposa Inssensata!
Rrregrrressa, o te arrrepentirrrás!
(VERÓNICA se levanta, nerviosa)
VOZ EN OFF DE PRIMERA ENFERMERA:
¡Yuju, Vero!… ¿Dónde estás?
¡Ven al corro, monina!... no podemos comenzar si ti...
Y nos vamos a enfriar…
VOZ EN OFF
DE SEGUNDA ENFERMERA:
¡Eh, señora de la casa: no se haga usted desear tanto !
(Ríe) ¡Que el señor se impacienta...!
Ríen
las tres VOCES EN OFF.
A VERÓNICA le dan nauseas, coge una pastilla y se la toma con agua.
Camino de la puerta, se para y se vuelve, como esperando que en ese momento
el paciente despierte. Sigue unos pasos, y vuelve a repetir la parada
y la vuelta comprobatoria.
Súbitamente, VERÓNICA vuelve corriendo hasta el paciente,
le da un beso, y sale definitivamente.
Fin de NANA
PARA DESPERTAR A UN AMANTE.
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