EL
SATIRICÓN
Adaptación de “El libro de las Sátiras” de Petronio
de HUGO SAAVEDRA
"El Satiricón" tiene todo que ver con la decadencia y
caida del Imperio Romano.
Pero nuestra idea, usando bufones y mímica, trata de hacer algo
distinto.
No se sabe quien fue en realidad su autor, (en esa época habia
varios Petronio en Roma). Estimamos que puede haber sido un poeta marsellés,
llamado Tito Petronio Arbiter.
Pero lo evidente es que Petronio tomó como ejemplo a los "mimos",
que tenían carta blanca para ridiculizar al Imperio.
En el antiguo teatro, el "mimo" era un farsante del género
cómico mas bajo.
Era un bufón hábil en gesticular y en imitar a otras personas,
(tanto en escena como fuera de ella). Los "mimos" usaban el
léxico del pueblo, empleando los dialéctos locales.
Trataban asuntos cotidianos, en los que mezclaban la ironía con
las bromas mas groseras, explotando las escenas escabrosas.
Que son, a veces, las que transforman al teatro en la voz que la gente
necesita escuchar.
Personajes:
- ENCOLPE
- GITON
- ASCYLTO
- LICURGO - Sórdido y mezquino.
- LICAS - Sátiro - Patrón de barcos.
- TRIFENA - Amante de Licas.
- DORIS - Esposa de Licas.
- PSIQUIS - Sirvienta de Quartilla.
- QUARTILLA - Sacerdotiza de Baco.
- SALTIMBANQUI - Sirviente de Quartilla.
- TRIMALCION - Nuevo Rico.
- FORTUNATA - Esposa de Trimalción.
- EL COCINERO - Cocinero de Trimalción
- HABINAS - Constructor de monumentos fúnebres.
- ESCINTILA - Esposa de Habinas.
- AMANTE DE HABINAS - Hermoso niño, amante de Habinas.
- AMANTE DE TRIMALCION - Hermoso niño, amante de Trimalción.
- EUMOLPO - Viejo poeta libidinoso y vividor.
- CORDAX - Esclavo de Eumolpo.
- EL DISCIPULO - Niño seducido por Eumolpo.
- LA VIUDA - Viuda que era la "virtud" de la sociedad de Efeso.
- SU SIRVIENTA
- EL SOLDADO - Cuidador de “crucificados”.
- EL LABRIEGO
- CIRCE - Gusta acostarse con esclavos.
- CRISIS - Sirvienta de Circe, que se acostaba con señores.
- PROSELENOS - Anciana sacerdotiza.
- FILOMENA - Vieja que vendió sus encantos para conseguir "herencias".
- HIJA DE FILOMENA - Dada por su madre, para conseguir "herencias"
- HIJO DE FILOMENA - Dado por su madre, para conseguir "herencias"
- EUNUCOS, SIERVOS, BAILARINES, FLAUTISTAS, MÚSICOS, etc. etc.
Desarrollo de la obra:
ESCENA 1 - Que sirve de prólogo a la obra.
ESCENA 2 - Mi pasión por Giton.
ESCENA 3 - Vacaciones en el campo.
ESCENA 4 - Robo a la diosa Isis.
ESCENA 5 - Escapando después del robo.
ESCENA 6 - Encuentro con Las Bacantes.
ESCENA 7 - Combate con los “protectores” de las Bacantes.
ESCENA 8 - El banquete de Trimalción.
ESCENA 9 - Se inicia el banquete.
ESCENA 10 - Los pedos de Trimalcion.
ESCENA 11 - Limpiando las tripas del cerdo.
ESCENA 12 - Vasos de Corinto.
ESCENA 13 - La historia de Venus.
ESCENA 14 - La llegada de Habinas.
ESCENA 15 - El esclavo de Habinas.
ESCENA 16 - El canto del gallo y la pelea de Trimalcion y Fortunata.
ESCENA 17 - El sudario de Trimalcion.
ESCENA 18 - Pelea de Encolpe y Ascylto.
ESCENA 19 - Encuentro con Eumolpo, un viejo poeta.
ESCENA 20 - Reencuentro con Giton.
ESCENA 21 - Discusión con Eumolpo.
ESCENA 22 - Ascylto busca a Giton.
ESCENA 23 - La huida en el barco de Licas.
ESCENA 24 - Historia de Eumolpo y su discípulo.
ESCENA 25 - La matrona de Efeso.
ESCENA 26 - Trifena y Giton.
ESCENA 27 - Muerte de Licas.
ESCENA 28 - Llegada a Crotona.
ESCENA 29 - Una mujer me persigue.
ESCENA 30 - Impotencia con Circe.
ESCENA 31 - Cartas con Circe.
ESCENA 32 - Reproches al miembro caido.
ESCENA 33 - La vieja sacerdotiza intenta curarme.
ESCENA 34 - Amado por Crisis.
ESCENA 35 - Filomena y sus hijos.
ESCENA 36 - Testamento de Eumolpo y Final.
ESCENA 1
Que sirve de prólogo a la obra.
La escena comienza con bailes eróticos y lascivos de todos los
personajes.
Se ven tetas, culos, penes de grandes dimensiones y enormes consoladores.
Sobre dos cuerdas, un hombre y una mujer, con aparatos postizos desfilan,
haciendo equilibrio, mientras aparentan coger. No es pornografía.
Es una descripción testimonial de lo que pasaba en la Roma de esa
época.
Se nota la utilización exagerada de lo que era el lenguaje de los
"mimos". Comienza a hablar Encolpe, y en escena, todos se enriedan
en juegos eróticos.
Hace tiempo prometí relatar mis aventuras.
Hoy voy a cumplirlo...
Charlaré sobre los errores de la religión...
Cuentos de los sacerdotes sobre misterios que para nada comprenden.
Viejo retumbar de sentencias que no sirven.
Los escolares son necios pero tienen soberbia de maestros.
Aprenden cosas que no les dicen que es nuestra sociedad.
Les llenan la cabeza con fábulas.
Oyen de tiranos que obligan a los padres a decapitar a sus hijos.
De oráculos que piden sacrificar doncellas.
Avalanchas de frases vulgares que buscan estremecernos.
Yo les contaré como los Académicos aniquilaron la elocuencia.
Como hicieron de la Oratoria un cuerpo sin alma.
Por eso la Oratoria murió.
Ellos la mataron.
La avalancha de palabras huecas emigró hacia nosotros.
Su influencia ha matado las voces de la juventud.
Se han secado las fuentes de la elocuencia.
No conozco ni un solo nuevo verso inspirado.
Todos estos abortos se parecen a los insectos.
Nacen, cogen y se mueren en el mismo día...
(Siguen los juegos eróticos, mientras se van perdiendo las palabras).
La oscuridad invade la escena. Se decir a Encolpe:
Contaré de los banquetes de los nuevos ricos. Sus orgías.
De peleas de putas y cortesanas, viejos viciosos, machos desalmados...
También hablaré de otras cosas...
De los mil singulares placeres del amor...
ESCENA 2
Mi pasión por Giton.
Se desarrollan las escenas en la posada, mientras Encolpe nos dice:
Volví a mi pasión por Giton.
Le abracé, mientras le prodigaba nuevas caricias.
Mi dicha igualó mis deseos.
Ascylto abrió la puerta, sorprendiéndonos. Todo retumbó
con sus risas.
¿Qué están haciendo? ¿Están acostados
juntos?
Soltándose el cinturón de cuero, comenzó a golpearme,
para añadir...
Ahora sí que no escaparás de Ascylto.
Decidí soportar los golpes. Creí preferible tomar la cosa
a broma.
Mi simulada hilaridad fue aplacando su ánimo. Al fín, también
él sonrió y dijo:
Nos falta dinero...
Durante el verano la ciudad esta vacia.
En el campo es donde estan los ricos.
Vamos allí y reencontraremos viejos amigos...
Aprobé el consejo, pero seguía resentido en mi amor propio.
ESCENA 3
Vacaciones en el campo.
Giton cargó el equipaje y nos encaminamos hacia la casa de Licurgo.
Ascylto fue complaciente con él, por lo que Licurgo nos recibió
con amabilidad.
Su casa reunía a gentes alegres y era un lugar de placeres voluptuosos.
Entre las mujeres, la más hermosa era Trifena.
Nos reunimos por parejas. A mí me tocó Trifena y gozamos
juntos.
Licas dijo que le robaba su amante, y pidió que la reemplazase
en su lecho.
Yo no atendí a sus propuestas. Pero mi desdén avivo sus
deseos.
Una noche entró en mi habitación y, de los ruegos pasó
a las amenazas.
Mis gritos despertaron a los criados, que vinieron en mi ayuda,
y pude escapar de las acometidas de aquel sátiro.
Licas comprendio que en casa de Licurgo había obstáculos
para sus propósitos.
Pretendió atraerme a la suya. Trifena me lo pidió de modo
apasionado.
Decidimos que Ascylto se quedase con Licurgo y yo seguiría a Licas.
Lo que consiguiesemos iría a la bolsa común.
Licas decidió partir en seguida. Ese mismo día llegamos
a su mansión.
Trifena viajó junto a Giton, de quien se enamoró. A mí
me comían los celos.
Licas se encargaba de fomentarlos, esperando que el despecho me hiciera
entregarme a él. Trifena ardía de amor por Giton, quien
la amaba.
Doble pasión que constituía doble tormento para mí.
Licas inventaba todos los días nuevas diversiones. Doris era su
cónyuge.
Y acabó por borrar de mi corazón a Trifena. Mis miradas
le confesaron mi amor. Las suyas me aseguraban correspondencia. Doris
no me ocultó el carácter de Licas. El quería poseerme.
Ella me aconsejó:
dejate poseer y podrás tenerme a mí...
Giton había agotado su virilidad con Trifena y tuvo que tomarse
un descanso. Entonces, ella se acordó de mí. La desprecie.
Mi desprecio convirtió su amor en odio. Me espió y descubrio
mi doble negocio con Doris y su marido. Decidida a impedir mis amores
furtivos, se lo contó a Licas. Doris me avisó del peligro.
Yo, indignado con Trifena, decidí marcharme.
El día anterior un barco había aparcado en la costa. Informé
mi proyecto a Giton, quien lo aprobó, resentido con Trifena, que
hacía burla de su agotamiento.
ESCENA 4
Robo a la diosa Isis.
Llegamos al buque. Sus tripulantes, gente de Licas, nos conocían
y nos hicieron los honores. No convenía a mis proyectos su compañía,
por lo que, dejando a Giton con ellos, me aparté, para pasar al
camarín donde se encontraba la estatua de Isis. (*) La cubría
un manto bordado con adornos de plata.
(*) LA DIOSA ISIS. Divinidad de la mitología egipcia, hermana y
esposa de Osiris y madre de Horus. Reinaba en la bóveda celeste
y gobernaba el orden de las estaciones, a la vez que representaba el poder
fertilizante de las aguas del Nilo. Era la protectora de los sepulcros.
Lo tomé y abandone el barco con Giton, que burló a sus acompañantes.
Al día siguiente, alcanzamos la casa de Licurgo.
Previne a Licurgo, a quien convencí que las demandas de Licas eran
la causa de nuestra fuga. Juró que nos defendería.
Licas despacho gente a buscarnos y supieron de nuestra visita al navío.
Se puso furioso con Doris. Trifena sugirió buscarnos en casa de
Licurgo. Hicieron camino y llegaron a la morada. Nosotros acabábamos
de salir para ir a Ias fiestas de Hércules, en una aldea vecina.
Ellos, se dirigieron a dicho poblado, sorprendiéndonos en el templo.
Licas nos acusó y yo le reproché sus ataques a mi pudor.
Trifena quiso ayudarle, pero recibió su castigo, ya que, ante el
griterío nos rodeó un buen número de curiosos, en
cuya presencia la desenmascaré. Ante las burlas de la gente, huyeron,
jurando vengarse. Habían comprobado la aversión de Licurgo
y decidieron esperarlo en su residencia para desengañarle.
Allí, lograron convencerlo y le arrancaron la promesa de entregarnos.
Licurgo nos acusó de haber calumniado a Licas y nos informó
su propósito.
Luego, nos encerró, ordenando a su gente que nos vigilara.
Ascylto procuró en vano conmoverle, con ruegos, lágrimas
y caricias.
Ofendido por Ia dureza de Licurgo, rehusó compartir su cama y decidió
salvarnos. Llegó a nuestra prisión y nos despertó.
Los guardianes estaban rendidos y no oyeron el ruido. Yo pensé
en asesinarlos y prender fuego a la casa.
Al comunicarle este plan, mi amigo, me respondió:
Me niego a que se derrame sangre...
Ascylto nos llevó hasta un cofre, que forzamos, obteniendo un abundante
botín. Corrimos con nuestro tesoro hasta que imaginamos estar a
salvo.
Ascylto se mostraba muy contento de haber desvalijado la villa de Licurgo,
que sólo había agradecido sus complacencias con pobres vinos
y frugales comidas.
ESCENA 5
Escapando después del robo.
Ascylto quería entrar en el poblado cercano.
Tal vez sea imprudente -le dije- Pueden estar persiguiendonos...
Pero nos sorprendió la lluvia y tuvimos que refugiarnos en una
posada.
Nadie nos prestó atención, lo que nos sugirió la
idea de dar un nuevo golpe. Estuvimos observando cuanto había y
Ascylto descubrió una bolsa con monedas de oro, de la que se apoderó
mientra yo me hice de una lujosísima capa.
Luego, nos internamos en el bosque. Decidimos ocultar el oro. Cosimos
el botín en la túnica. Ibamos a salir del bosque cuando
escuchamos que alguien decía:
Entraron en el bosque... Dividámonos y les capturaremos...
Nos invadió el terror. Ascylto y Giton continuaron su huida, yo
volví hacia atrás.
En mi fuga, perdí la preciosa túnica. Volví para
buscarla y me topé con un campesino. Le pedí me ayudase
a salir, pues andaba perdido desde hacía horas.
Quiso saber si entre la espesura me había encontrado a alguien
y le dije que no. Aparecieron dos compañeros suyos, quienes venían
de registrar eI bosque, hallando una lujosa túnica. Era la mía,
pero no me atreví a reclamarla.
Lentamente emprendí el camino de la ciudad. Encontré a Ascylto
tendido en el lecho de una posada. Incapaz de hablar, me dejé caer
sobre otra cama.
El, al no ver la túnica, no pudo dar crédito a sus ojos.
No quiso creer mi historia, imaginando que trataba de privarle de su parte
del tesoro.
Mi mayor preocupación era que la justicia nos perseguía,
pero Ascylto se burló cuando se lo dije. El estaba convencido de
que podíamos sentirnos seguros.
Fingimos estar enfermos, para justificar el quedarnos en el lecho, pero
pronto tuvimos que simular estar curados, ya que nos fue preciso vender
algunas cosas para cubrir nuestras necesidades. Lo hicimos. Tuvimos suerte
y llegamos a casa.
ESCENA 6
Encuentro con Las Bacantes.
Vimos dos mujeres cubiertas con velos. Entraban a un templo. Fuimos tras
ellas y nos encontramos con bacantes (*) que corrían blandiendo
estatuas de Príapo.
(*) Las BACANTES eran sacerdotisas de BACO. Llevaban una vida irreprochable.
Luego, degeneraron y sus templos se convirtieron en lugares de orgías,
que ellas mismas se encargaban de organizar. PRIAPO era el dios de la
fertilidad. Empujaba a las mujeres a la lascivia.
Al vernos, prorrumpieron en gritos desesperados. Nosotros huímos.
Cenabamos en la posada, cuando llamaron a la puerta. Preguntamos:
¿Quién va? Abrid y lo sabréis... -nos respondieron-.
Apareció Psiquis, la sirvienta de Quartilla quien dijo:
Quartilla ha venido a hablaros.
Entró Quartilla, (una bacante), y rompió en llanto. Luego,
exclamó:
¿Por qué fuisteis tan audaces? Me dais lástima. No
me ha traído aquí la venganza. Busco "remedio"
a mi dolor. Me domina la angustia.
¡Lo pido de rodillas! ¡Que mi culto no se convierta en broma
en toda la ciudad! No divulguéis nuestros misterios...
Yo le aseguré que no descubriríamos el secreto. La mujer
recobró su alegría.
¡Paz con vosotros! -dijo- Pero hemos de cobrar la injuria a nuestros
dioses. Mientras nos escandalizaba con su risa, dijo Quartilla:
No se admitirá a nadie aquí durante el día de hoy,
para que puedas administrarme eI "remedio" que necesito...
Ella abandonó el aposento, al que no tardó en volver acompañada
de varios desconocidos, quienes nos cogieron con rudeza y nos llevaron
a un palacio.
La sorpresa nos hizo perder todo valor y creímos que la muerte
estaba próxima.
ESCENA 7
Combate con los “protectores” de las Bacantes.
Psiquis intentaba despertar mis sentidos. Ascylto se dolía de nuestra
mala suerte. Psiquis tomo varias cuerdas con las que nos ató de
pies y manos.
No es éste -le advertí- el mejor modo de cumplir los deseos
de su señora. Psiquis trajo un vaso de satirión, -la planta
que despierta los instintos sexuales- del que me hizo beber, y derramó
el resto sobre Ascylto, quien preguntó:
¿Acaso no soy digno de beber?
-¿No bebió satirión? preguntó Quartilla.
Hubiésemos querido pedir auxilio, pero ¿a quien? Psiquis
me pinchaba continuamente la cara, mientras empapaba con satirión
a Ascylto. Entró un pervertido Saltimbanqui, con su túnica
arremangada, y mientras hacía indecentes contorsiones, nos cubría
la cara de asquerosos besos. Quartilla, dio orden de que cesara el suplicio.
Juramos no repetir a nadie el secreto y aparecieron unas cortesanas que
nos frotaron con aceites perfumados. Nos dirigimos a la sala vecina y
comenzó el festín. Manjares y libaciones nos empujaban al
sueño.
¿Que es eso? -indagó Quartilla-.
¿Quereis dormir en lugar de rendirle culto a Príapo?
Ascylto tenía sueño, pero Psiquis le pinto los labios. Yo
también empezaba a querer dormir, igual que la servidumbre. Las
luces esparcían débiles resplandores. Dos siervos avanzaban
peleando por una botella de vino. Se la disputaron tanto que derribaron
todo. Una copa cayó sobre una sirvienta que dormía a mi
lado y lanzó un grito que despertó a todos. Los bribones
comenzaron a roncar para que se les creyese dormidos. Entró alguien,
reanimó las luces, y aparecieron varias timbaleras que, con su
música, nos pusieron en pie. Volvimos al festín. Quartilla
ordenó más vino y los timbales excitaron la alegría.
Entró el Saltimbanqui, quien comenzó a cantar:
Juntad los corazones; / impúdicas y cínicos amaos;
el placer nos convoca; / juntemos nuestros labios;
brindemos por los goces del amor.
El inmundo me manchó con sus besos fríos; levantó
mi túnica y pretendio violarme. Las piernas se le inundaron de
sudor, dándole un aspecto repuIsivo.
¿Es esto lo que habías prometido? -indagué.
¡Hombre! -replicó Quartilla- ¿Qué esperabas?
¿Prometí evitar que te violen?
-Por lo menos, corramos todos la misma suerte. -dije- Ascylto duerme...
-Bien, ya le llegó el turno... -dijo Quartilla.
Mi jinete cambio de montura, para ir con mi amigo. Giton reía a
carcajadas y Quartilla quiso saber de quién era. Le dije que era
mío. Le llamó y lo acaricio.
Aquí -exclamó- tenemos un aperitivo de placer para mañana.
Pero para hoy no. Hoy me hace falta un Hércules.
Al oírla, Psiquis se le acercó y le dijo algo al oído.
¡Eso, eso! -respondió Quartilla-. Has pensado muy bien.
¿Qué mejor ocasión que esta para desvirgar a Pannyquis?
Entonces trajeron a una niña. Todos comenzaron a aplaudir. Protesté,
alegando que la timidez de Giton y la edad de la niña impedirían
cumplir lo previsto.
Así -dijo Quartilla- era yo cuando me desvirgaron. De niña,
me acostaba con niños de mi edad; de adolescente lo hice con hombres
y así he seguido...
Es el origen del proverbio: "Quien soporta al novillo, podrá
soportar al toro". Psiquis había engalanado a Pannyquis con
el velo de desposada, el Saltimbanqui inmundo iniciaba la comitiva nupcial,
seguido de mujeres ebrias. Quartilla agarró a Giton y lo llevó
hasta el lecho. Al él no parecía repugnarle la cosa, y tampoco
la chiquilla había protestado. Nos detuvimos en el umbral de la
sala y Quartilla les espió. Con frecuencia dejaba de mirar para
besarme con pasión. Mientras, me masturbó. Yo quería
librarme de ella y se Io dije a Ascylto. Nos habría sido fáciI
escapar de no hallarse Giton allí. Queríamos librarle de
aquellas putas.
De improviso, Pannyquis cayó del Iecho. Nosotros, aprovechamos
para huír.
ESCENA 8
El banquete de Trimalcion.
Trimalcion, rico, viejo, pelado, ataviado con una túnica roja,
juega a la pelota con varios esclavos jóvenes, con largos cabellos
que llegan hasta sus cinturas. Cuando una pelota toca el suelo, se la
deshecha.
Un siervo, con una cesta llena de balones -de diferentes colores- va proporcionando
las nuevas pelotas necesarias para seguir el juego.
Un eunuco, sostiene entre sus manos un vaso de noche de plata.
(Castañetea los dedos y se acerca a él el eunuco que sostiene
la bacinilla). Trimalcion, descarga en ella su vejiga. Luego, le traen
agua.
(Se lava las manos y se las seca en el largo cabello de un esclavo).
A Trimalción le habían perfumado. Tres siervos escanciaban
el vino y disputaban sobre quién bebería más. Trimalcion
les animó:
Bebed, bebed a mi salud.
Le envolvieron en una toga escarlata y Ie colocaron en una litera, precedída
por cuatro esclavos de magníficas túnicas.
Mientras le conducían, se acercó un músico con una
flauta y comenzó a tocar.
En eI vestíbulo, el portero ataviado con una túnica verde,
desgranaba habas en una fuente de plata. En una jaula de oro, un jilguero
saludaba a los visitantes con sus trinos. Examiné los otros frescos
que adornaban las paredes.
Uno de ellos representaba un mercado de escIavos, otro nos mostraba a
Trimalcion entrando en Roma, con el emblema del dios Mercurio, patrón
de los ladrones; en el siguiente se veía a Trimalción tomando
lecciones de filosofía.
Otro cuadro representaba al anfitrión sujeto de la barba por Mercurio.
La Fortuna le ofrecía los dones de su cuerno de la abundancia y
las tres Parcas iban tejiendo su destino con finísimo hilo de oro.
A un lado del pórtico una gran alacena guardaba una caja de oro
que contenía la primera barba de Trimalcion. Al fin, llegamos a
la sala del banquete.
Sobre la puerta aparecían representados el curso de la luna, los
siete planetas y los días fastos y nefastos, que se indicaban con
puntos de diferentes colores. Aturdidos por tanta maravilla, íbamos
a entrar en la sala del festín, cuando un esclavo, nos advirtió:
¡Con el pie derecho!
Temiendo entrar con el pie izquierdo, hicimos como nos habían advertido.
ESCENA 9
Se inicia el banquete.
Vino un esclavo que, cubriéndonos de besos, nos dijo que estaba
a nuestra "total disposición”. Unos siervos egipcios
nos vertieron en las manos agua, mientras otros nos lavaban los pies.
Cantaban, y parecían mas un coro de histriones que otra cosa. Todos
estábamos en la mesa menos Trimalcion, a quien se reservaba el
sitio de honor. A los acordes de una sinfonía, entró en
brazos de unos esclavos que lo depositaron en un lecho magnífico.
Bajo el velo de púrpura, brillaba su cabeza calva. En el meñique
ostentaba un gran anillo, y en el anular otro de oro purísimo.
Se adornaba el brazo con un brazalete con pequeñas láminas
de marfil. Sirvieron los manjares. Se reanudó la música.
Cayó al suelo una bandeja y un esclavo fue a recogerla. Trimalcion
le dió un bofetón, ordenando que dejase Ia bandeja para
que los sirvientes la barriesen. Entraron dos etíopes de largas
cabelleras, y en vez de agua, nos echaron vino en Ias manos. Todos elogiamos
este lujo. Trimalcion nos dijo:
¡Bebed! ¡Tomad! ¡Chupad!
...hasta que todo pueda nadar en nuestra panza.
Mezclemos los placeres de la mesa con el de las disertaciones profundas.
¡Qué las cenizas de mi protector reposen en paz!
A él le debo poder representar el papel de "hombre entre los
hombres".
Pensad. Pensad y repensad.
"El cielo es la morada de las divinidades".
Aries, es la constelación de testarudos y farsantes.
Tauro viene a gobernar el cielo. Nacen en ese período los libertinos
y los borrachos. Los que nacen en Géminis, buscan emparejarse como
los caballos. Como yo nací bajo Ia adoración de Cáncer,
marcho con varios pies.
Los ambiciosos nacen bajo Leo. Bajo Virgo, las mujeres y Ios afeminados.
Son de Libra los carniceros. Los envenenadores y los asesinos, nacen bajo
Escorpión. De Sagitario son los que miran las verduras y se comen
el chancho. De Capricornio son aquellos cuya pieI se endurece con el trabajo.
Acuario vela por aquellos que tienen los sesos de agua.
Piscis es el dueño de los glotones y de los oradores...
ESCENA 10
Los pedos de Trimalcion.
De repente, se escucharon unos ruidosos pedos, que, a juicio de nuestras
orejas,
provenían del lugar donde se encontraba Trimalcion. Pero él
no se hacía problemas de ningún tipo. Se lavó las
manos con perfumes, y nos dijo:
Dispensadme, amigos.
Hace ya muchos días que el vientre no me funciona con regularidad
y Ios médicos no descubren la causa.
Algo me ha mejorado, sin embargo, un te de corteza de granada y vinagre.
Confío en que disipará la tormenta que rugía en mis
entrañas.
De otro modo, mi estómago retumbará con ruidos semejantes
a los mugidos de un toro. Si alguno sufre de la misma dolencia, que no
se reprima.
No concibo tormento mayor que el de contenerse. ¿Te ríes,
Fortunata?
Tu con frecuencia no me dejas dormir a causa de tus pedos.
He dado libertad a mis invitados. Hasta los médicos prohíben
contenerse.
Si se trata de algo más, quien lo necesite encontrará una
letrina completa.
Hacedme caso, que cuando el pedo se reconcentra en el cerebro,
se resiente todo el cuerpo.
Sé de muchos que reventaron mientras intentaban contenerse.
Dimos las gracias a nuestro anfitrión, mientras nos reíamos
para adentro.
ESCENA 11
Limpiando las tripas del cerdo.
Trimalcion, volviendo su benigno rostro hacia nosotros, nos dijo:
Aquí donde me véis, conozco las bellas letras.
No les he perdido el gusto.
Por el contrario, tengo tres bibIiotecas que uso continuamente...
No había concluido la enumeración de sus extravagancias,
cuando nos sirvieron un cerdo enorme. Trimalcion, que lo examinaba atentamente,
exclamó:
¿Como es posible? ¡No han destripado este cerdo!
Llamad inmediatamente al cocinero...
Cuando este apareció, reconoció que había olvidado
hacerlo.
¡Cómo que olvidaste limpiarlo! -dijo Trimalcion-.
Al oírte van a imaginar que se trata de una zoncera. ¡Fuera
esa túnica!
El culpable, despojado de sus vestidos, se encontró entre dos verdugos.
Su semblante enterneció a todos, que imploraron su perdón.
A mí me había indignado su olvido y juzgaba que merecía
un castigo severo.
Mientras tanto, Trimalcion se había calmado y dijo sonriendo:
Ya que tan mala es tu memoria, destripa ese cerdo en nuestra presencia.
El cocinero tomó un cuchillo y abrió el vientre del animal.
Como de una magnífica catarata, brotaron del vientre ristras de
morcillas, longanizas y salchichas.
ESCENA 12
Vasos de Corinto.
A El cocinero se le concedió el honor de beber en nuestra compañía.
Alguien le preguntó de quien era la copa en la que bebía,
y respondió:
De Corinto...
Todos lo miramos asombrados. Entonces, Trimalcion nos dijo:
Soy el único hombre que posee auténticos vasos de Corinto.
¿Cómo es posible que yo sea el único que posee vasos
de Corinto?
La explicación es muy sencilla.
El esclavo que los fabrica se llama Corinto.
¿Quién puede decir que posee obras de Corinto,
si no tiene a Corinto entre sus esclavos?
No me creáis un ignorante. Conozco el origen de ese metal.
Tras la toma de Troya, un hombre astuto y ladrón habilísimo,
se apoderó de todas las estatuas de cobre, oro y plata,
las fundió y de esa mezcla resultó un metaI incomparable.
Fue algo que desde entonces usaron los orfebres
para hacer platos, fuentes, copas...
El bronce de Corinto, que salió al mezclarse los tres metales,
no es ni oro, ni cobre, ni plata.
En verdad, yo preferiría usar vasos de vidrio.
De no ser tan frágil, yo preferiría el vidrio antes que
el oro.
Sin embargo, la gente lo desprecia.
Yo puedo, sobre esto, contaros una historia...
Hubo un obrero que fabricó un vaso de vidrio que no podía
romperse.
Se le otorgó el honor de regalárselo al César.
Después de dárselo, lo tomó de manos del emperador
y lo arrojó al suelo con fuerza. Al César esto le sorprendió,
pero el obrero recogió el vaso, para mostrarle que el golpe no
le había causado más que una ligera abolladura. Entonces,
sacó un martillo de su cintura y corrigió el defecto, devolviéndole
la forma anterior. Al oír que el César preguntaba:
«¿Algún otro conoce este secreto?» el obrero
dijo que no.
Entonces, el emperador le mandó degollar, alegando que si se propagase
el arte de fabricar un vidrio sin fragilidad, el oro perdería todo
su valor.
Trimalcion, poniéndose en pie, comenzó a correr en torno
a la mesa, gritando:
¡Fuera el agua! ¡Adentro eI vino!
Animado por nuestros elogios, Trimalcion bebió hasta hallarse ebrio.
¿Ninguno de vosotros invita a bailar a mi Fortunata?
Creedme, no hay nadie que lo haga con más gracia.
Luego alzó los brazos hasta más ariba de la cabeza, remedando
a los bufones, y y comenzó a cantar, mientras le coreaba la servidumbre.
Habría comenzado a saltar si Fortunata no se le hubiese acercado
para decirle al oído que tales tonterías no eran propias
de un hombre importante. Nunca vi carácter tan voluble; se contenía
por respeto a Fortunata, pero de improviso volvía a sus extravagancias.
ESCENA 13
La historia de Venus.
A pedido de Trimalcion, escuchamos una voz –en off- que nos cuenta
una historia, mientras en el escenario se van dando las cosas por esa
voz narradas:
VENUS es la diosa
del Amor.
Nacida de la espuma del mar, fue esposa de Vulcano, el dios del fuego,
el forjador del tridente de Neptuno, los rayos de Jupiter y el carro del
Sol.
Diosa del amor, fue amante del dios de la guerra, Marte.
Es símbolo de fecundidad, hermosura y voluptuosidad.
Tras el mirto ella se había ocultado cuando la perseguían
los sátiros,
y por eso se corona con mirto a las doncellas que van a casarse.
El nombre de "Venus Calipegia", en griego, significa "Venus
del hermoso culo". "Venus Calipegia" es la afrodísiaca
"Venus del Hermoso Culo".
Es la Diosa a la que el pícaro Cupido, alumbra el culo con una
antorcha.
Estaban los antiguos
tan entregados a los placeres de los sentidos
que erigieron un templo a La Venus del Hermoso Culo.
¿Porque? Había un campesino que tenía dos hijas muy
bellas.
Eran diferentes, pero muy hermosas. Bellos peinados, bellos rostros,
tetas divinas, excelentes piernas, pero, lo más bonito de las dos
era el culo.
Un día discutieron sobre cual era más lindo. Le pidieron
su opinión a un joven. Declaró en favor del culo de la mayor
y quiso casarse con ella. Le contó a su hermano lo que le había
pasado. Este salió en busca de las niñas y se enamoró
de la más pequeña. Los culos eran divinos, pero distintos.
Se casaron, y las llamaron niñas calipegias. Las niñas del
hermoso culo.
Luego, erigieron un templo a Venus, a la que llamaron "Venus Calipegia".
La Venus del Hermoso Culo.
El culto de La Venus
del Hermoso Culo, se extendió por toda Grecia e Italia. Durante
el Imperio, sus ceremonias crearon nuevas depravaciones, nuevos refinamientos
voluptuosos. Había concursos públicos de muchachas que mostraban
el culo desnudo. La gente era llamada a votar sobre la belleza de estos
culos. El Imperio todo, recibía con placer la noticia de la decisión
de la gente. Los hermosos culos mandaban en el Imperio.
(Esta escena está
representada con características de Carnaval perverso. Mientras
se muestra lo planteado arriba, se hace el "Concurso de los culos".
Habrá jóvenes y niñas que muestran sus culos. Mujeres
gordas de caras extrañamente pintadas, muestran enormes culos de
utilería.
Algún eunuco, viejo y desdentado, muestra tambien un bellísimo
culo postizo).
ESCENA 14
La llegada de Habinas.
Estábamos en pleno festín, cuando llamaron a la puerta y
entró un nuevo invitado.
Me sobrecogió de temor el aspecto de ese personaje y, creyendo
que era el pretor, me disponía a escapar, cuando me dijeron, burIándose
de mi prisa:
No huyas, no se trata más que de Habinas, marmolista de oficio,
que pasa por ser el mejor constructor de monumentos fúnebres.
Tranquilizado, volví a la mesa, sin dejar de admirar la majestuosa
entrada de Habinas, que venía bebido y debía sostenerse
apoyándose en el hombro de su esposa. Le chorreaban ríos
de perfume. Se sentó en el sitio de honor.
Trimalcion le preguntó cómo le habían tratado en
la casa de la que venía.
Lo hemos pasado muy bien -respondió el otro- y sólo a ti
te he echado de menos, pues mi corazón estaba aquí...
¿Qué te dieron de cenar? quiso saber Trimalcion.
Tengo tan buena memoría que a veces olvido mi nombre, pero nunca
el de la comida. Primero nos sirvieron un cerdo rodeado de salchichas,
calabazas, pan casero, que yo prefiero al blanco, porque es más
laxante y me hace ir donde ya sabes sin esfuerzo, y después una
torta fría, muy caliente.
Hemos tenido alubias, guisantes y nueces, pero sólo una manzana
para cada comensal. Yo cogí dos, pues si no le doy nada a mi favorito
arma un escándalo. Mi esposa me recuerda otro de los manjares:
un osezno, que al probarlo Escintila vomitó hasta los intestinos.
Yo comí mucho y me supo bien. Si los osos se comen a los hombres,
mejor que los hombres se coman a los osos. Un queso flojo, vino caliente,
menudillos, hígado, huevos rellenos... Hubo también aceitunas
y jamón, del que nadie hizo caso.
Pero te ruego que me digas por que no está entre nosotros Fortunata.
¿No la conoces? -respondió Trimalcion-. Si no ha repartido
a los esclavos las sobras no es capaz de beber un vaso de agua.
Si no viene a la mesa enseguida, me retiro... dijo Habinas.
Intentó levantarse, cuando Fortunata llegó con una túnica
que dejaba sus piernas al desnudo. Se tendió en el lecho con Escintila,
y comenzaron a besarse. Trimalcion hizo traer las joyas de su esposa:
¡Ved lo que cuesta una mujer!
Para demostrar que no exageraba, nos obligó a comprobar el peso
de cada una. Escintila, vanidosa, se descolgó del cuello un medallón
de oro puro, del que sacó dos pendientes, que hizo admirar a Fortunata.
¿Qué pasa? -indagó Habinas-. ¿Me has arruinado
aI comprar esas chucherías de vidrio? Si tuviese una hija, creo
que le cortaría las orejas...
Las dos amigas reían como locas y acabaron una en brazos de la
otra.
Habinas se levantó, cogió a Fortunata por los pies y la
volvió boca arriba.
¡Ah, ah, ah! -gritó, al ver que las túnicas de ambas
mujeres estaban abiertas por delante, dejando al descubierto sus desnudeces-.
Fortunata se echó en brazos de Escintila, que la recibió
con gran placer.
ESCENA 15
El esclavo de Habinas.
Un niño, sentado a los pies de Habinas, comenzó a recitar
con voz sonora:
"En medio del Océano, Eneas indeciso,
siguió la ruta que Minerva quiso..."
Jamás me taladraron los oídos unos sonidos más agrios,
y entonces, por primera y única vez, no me gustaron los poemas
de Virgilio. Habinas dijo con entusiasmo:
¡No ha estudiado nunca!
Ha aprendido imitando a los que ha oído recitar.
No tiene rival cuando parodia a los charlatanes.
En los temas dramáticos resalta su talento.
Todas las musas le inspiran.
Sólo tiene dos pequeños defectos:
está circuncidado y ronca como un perro, aparte, bizquea un poco.
Pero eso no importa.
De igual modo mira Venus y a mí me agrada.
Por ese defecto, no he pagado por él más que trescientos
dineros.
Escintila le interrumpió:
Cuentales todos los servicios que ese esclavo te presta.
Diles que es tu querido...
Trimalcion, riendo, dijo:
En eso reconozco a Habinas. No se priva de nada...
Escintila, no tengas celos. Créeme, que os conozco bien...
El esclavo pasó largo rato imitando a los flautistas.
Habinas, con los dedos en el labio inferior, le acompañaba con
silbidos.
Cada vez lo haces mejor... -dijo.
No habría concluido aquello, de no haber traído el último
servicio, consistente en pasteles de cerdo, pasas y nueces confitadas.
Pero sucedió algo que cortó mi pensamiento. Me avergüenza
recordar los detalles.
Entraron esclavos de largas cabelleras. Traían ungüentos aromáticos
en jarrones de plata. Nos lavaron los pies, las piernas, nos engalanaron
con guirnaldas de flores. Con deleite, se entregaron a nosotros.
ESCENA 16
El canto del gallo y la pelea de Trimalcion y Fortunata
Se escuchó el canto del gallo.
Trimalcion, demudado, encargó que echasen vino encima de la mesa.
Luego, pasó su sortija de la mano izquierda a la derecha y dijo:
No sin motivo nos avisa el heraldo del dia.
Su voz de alarma indica que estallará un gran incendio...
Alguien va a morir. ¡Alejemos al augurio!
Una recompensa a quien traiga a ese profeta de desgracias...
Le trajeron un gallo. Trimalcion lo condenó al fuego de la cocina.
El cocinero lo cortó en pedazos para echarlo a una caldera de agua
hirviendo, mientras Fortunata reducía a polvo la pimienta. Trimalcion
se volvió a los esclavos:
¿Aún no habéis cenado? Pues id y que vengan otros
a reemplazaros...
Una hueste de nuevos sirvientes se presentó. Pero se turbó
nuestra alegria. Entre los llegados, se encontraba un niño a quien
Trimalcion abrazó, mientras le cubría el rostro de besos.
Fortunata comenzó a insultar a su marido, echándole en cara
sus lujuriosos extravíos. Al fin, agotados todos los calificativos,
le gritó: ¡Perro!
Trimalcion le arrojó una copa a la cara y Fortunata comenzó
a gemir mientras se cubría el rostro con las manos. Escintila la
tomó en sus brazos. Un esclavo le ofrecio agua helada para la herida.
La esposa de Trimalcion, se deshacía en llantos. Su marido, furioso,
dijo:
¿Esa miserable olvida que fui yo quien la sacó del barro?
Escupe para arriba y los mocos le caen en la cara.
Yo pude haberme casado con otras mujeres.
Pero ella me ató de pies y manos.
A mi muerte, tendrá que remover la tierra con las uñas para
verme.
Para que desde ahora sepa el daño que a si misma se ha causado,
te prohíbo, Habinas, que coIoques su estatua en mi tumba.
En mi última morada quiero descansar en paz.
No quiero que me bese después de muerto.
Habinas le aconsejó se calmara, diciéndole:
Nadie está exento de pecar. Somos hombres, no dioses.
Trimalcion no pudo retener las lágrimas.
Habinas -exclamó-, te pido que escupas mi cara si he sido culpable.
Besé a ese niño no por su belleza, sino por su talento.
Sabe las partes de la oración, lee de corrido cualquier libro
y con lo que ahorra de su comida ha conseguido pagar su libertad.
¿No es digno de afecto? Pero Fortunata no lo quiere.
¿Quieres que sólo te mire a ti, lujuriosa?
Te aconsejo comas los bocados que te dí, ave de rapiña.
Me conoces, y sabes que cuando decido algo soy testarudo.
Yo era un liberto, pero por mi virtud he llegado donde estoy.
Ahora, gozo de dicha mientras tú, borracha, sigues llorando...
Cuando vine de Asia no era más alto que este candelabro.
A diario me medía con él y, para que me creciese la barba,
me frotaba la cara con el aceite de las lámparas.
Durante años fui la delicia de mi amo haciendo de su hembra.
No me avergüenza decirlo, pues era mi deber obedecerle.
También fui el favorito de mi señora. Ya comprendeis lo
que quiero decir.
Al fin, fui el dueño de mi casa. Mi dueño me nombró
su heredero.
Pero como nada satisface al hombre, se me antojó comerciar.
Hice construir cinco naves que cargué de vino.
Las envié a Roma, pero todas naufragaron.
Esto es una realidad; no un cuento. ¿Imagináis que desmayé?
No, esa pérdida me animó y volví a los negocios.
Cuanto más grandes son las naves, más estabilidad tienen.
Cargué las mías de vino, tocino, habas, perfumes de Capua
y esclavos.
Fortunata vendió sus alhajas para darme cien monedas de oro.
Sucede lo que los dioses quieren que suceda.
Gané millones con mis viajes.
Rescate las tierras que había empeñado.
Construí un palacio y me dediqué a la compra y a la venta.
Todo cuanto tocaba, se convertía en oro.
Cuando me vi más rico que ninguno, abandoné el comercio.
Me dedique a prestarles dinero a los libertos.
Estaba decidido a renunciar a toda clase de embrollos,
cuando me hizo cambiar de opinión un astróIogo.
Era griego y parecía inspirado por los dioses.
Se hubiera dicho que leía en mis entrañas
y podía decirme lo que cené la noche antes.
Era para creer que compartió mi propia vida.
Seguí negociando, y yo, que era mas pobre que una rata,
me convertí en lo que soy ahora: un Rey.
Traigan mi sudario... las túnicas con las que han de sepultarme,
los perfumes y el vino con el que rociarán mis huesos...
ESCENA 17
El sudario de Trimalcion.
Trajeron un sudario blanco y una túnica consular.
Trimalcion hizo que comprobásemos que eran de pura lana y añadió:
Tengan cuidado, no vayan las ratas a roerlas, pues os quemaré vivos.
Entierrenmen con pompa, para que el puebIo bendiga mi memoria.
Mientras hablaba, rompió un frasco de esencia de nardo y dijo:
Confío en que este aroma me dará tanto placer después
de muerto
como al olerlo experimento ahora.
Hizo echar vino en un gran vaso y brindó:
Imaginad que os han invitado a mis funerales.
Las continuas libaciones nos causaban náuseas. TrimaIcion lo advirtió,
pese a estar borracho. Se colocó en un lecho, con la cabeza apoyada
en unos cojines. Suponed que he muerto y hacedme una hermosa canción
fúnebre.
Los coros le obedecieron y el favorito de Habinas, se dedicó a
acompañarlos con unos agudos silbidos que pretendía eran
la imitación de una flauta. Los guardas, al oír aquellos
berridos, imaginaron que se había prendido fuego a la casa y se
precipitaron en el comedor con agua y hachas. Nosotros aprovechamos la
oportunidad y, como quien huye de un verdadero incendio, escapamos.
ESCENA 18
Pelea de Encolpe y Ascylto.
Borrachos perdidos, luego del festín, llegamos a la posada.
Me metí en la cama con Giton.
La cena me había encendido las venas
con un fuego que sólo podía apagar un océano de voluptuosidades.
EI supremo placer es morir de amor en brazos de la orgía.
Satisfecha la lujuria, los vapores del vino adormecieron mi mente.
Ascylto me arrebató a Giton y lo llevó a su lecho, usurpando
los placeres que
me correspondían, sin que eI muchacho advirtiese la sustitución
que me ofendía.
Al despertarme, lo vi en brazos de Ascylto. Estuve tentado de hacerles
pasar deI sueño a la muerte. Pero me calmé y apostrofé
a Ascylto del siguiente modo:
Con tu comportamiento has violado todas las leyes de la amistad,
toma lo tuyo y vete. No manches estos lugares con tu presencia.
Ascylto acepto lo propuesto pero, añadió:
Bueno, pero dividamos tambien al muchacho...
Tomé a burla estas palabras, pero el, esgrimiendo su acero, me
dijo:
No gozarás tú solo de él. Quiero mi parte, o esta
espada me la dará.
Yo Ie imité, poniéndome en guardia. El desgraciado niño
se abrazaba a nuestras rodillas para suplicarnos que no manchásemos
de sangre las manos que poco antes se estrechaban a impulsos de la más
tierna amistad.
Si es necesario que alguien muera -decía-, aquí tenéis
mi cuello desnudo. Degolladme. Debo pagar, si soy la causa de la muerte
de vuestra amistad. Ante sus súplicas, envainamos las espadas,
y dijo Ascylto:
Que Gitón elija a quien prefiere; que escoja a quién él
quiere por amante.
Seguro de que nuestras relaciones debían habernos unido, esperé
el fallo del muchacho. Pero Giton, sin ningún titubeo, eligió
a Ascylto.
Anonadado por el resultado, caí en el lecho, donde me hubiera dado
muerte
de no contenerme la idea de que así aumentaría el triunfo
de mi rival.
Ascylto se fue, llevándose el trofeo de la victoria y dejando a
su antiguo compañero solo y sin recursos, pese a que el día
antes me llamaba su amigo.
Sólo se ven amigos en las comedias, no hay amigos afuera del teatro.
Estuve varios días sin salir. El recuerdo de Giton no me abandonaba;
y más de una vez dije, dominado por Ia desesperación:
¿Por qué no se abrirá la tierra y me tragará?
¿Por quién sufro esta soledad?
Por un adolescente manchado por todos los crímenes,
que debe su libertad a las más vergonzosas complacencias,
por un sodomita que vendía sus favores a quien mejor los pagaba,
por un hombre al que compraron para servir de mujer.
El tomó Ios vestidos femeninos cuando otros lucen la toga viril,
él, desde su más tierna infancia renunció a su sexo,
él, en una prisión hizo de hembra para complacer a los esclavos.
El, que después de haber pasado de mis brazos a los de mi rival,
rompió los lazos de nuestra amistad y, peor que la más puta
de las mujeres, sacrificó todo lo que tenía para alimentar
su nueva pasión.
Ahora estarán juntos, como enamorados...
Quizás en estos instantes se burlen de mi abandono...
Pero yo soy un hombre libre y lavaré mi ofensa con su sangre...
ESCENA 19
Encuentro con Eumolpo, un viejo poeta.
El deseo de venganza me tuvo desvelado toda la noche.
A la mañana siguiente, iba caminando y entré en una galería.
Los cuadros estaban jóvenes, pese al paso del tiempo. Examiné
los bocetos y los ví tan reales, tan acertado era el color, que
parecían escenas auténticas.
Olvidando done estaba, dije en voz alta:
¿El amor no perdona ni a los dioses? Las historias están
llenas de amor...
Solo yo estoy aquí, sólo, mientras algo cruel me atormenta...
Yo lanzaba mis lamentos y un anciano de cabellos blancos me escuchaba.
Parecía comprensivo. Se me acercó y me dijo:
Yo soy Eumolpo. Un mal poeta. Y me satisface ser un mal poeta.
¿Por qué? Porqué soy pobre.
¿Por qué voy tan maI vestido? Porqué soy poeta.
El amor a las letras no enriquece a nadie.
Y a continuación, pesado, monótono, cargoso, me recitó:
"Al mar desafiando se encuentra la fortuna;
el oro del vencido se embolsa el vencedor;
quien vende sus favores a bellas, se enriquece
y a costa de los necios el vil adulador;
sólo vive muriendo, y miserable, eI que de artista tiene vocación".
Cuantos paseaban por allí lanzaron carcajadas. Yo me acerqué
para decirle:
¿Es que acaso sufres una enfermedad?
Recién me conoces y hablas siempre en verso.
No me extraña que la gente se ría de tí.
El asintió, y me respondió:
No es la primera vez que esto me pasa. Siempre que recito, llueven piedras.
Por respeto a tí, trataré de contenerme y no recitar...
Entonces -le dije-, seremos amigos. Ven y tengamos una buena cena.
Encargué que nos preparasen la cena y juntos fuimos a la sala de
baños.
ESCENA 20
Reencuentro con Giton.
Llegamos a los baños, y, ¡sorpresa!!!, encontré a
Giton.
Al verme, su rostro reflejó intenso júbilo.
Compadécete de mí -exclamó-, amado mío.
Ahora puedo hablarte con toda franqueza.
Libérame del ladrón, y castígame.
Aunque bastante castigado estoy al verme privado de tu amor.
Le ordené que cesara en sus Iamentos y fuimos hasta nuestra posada.
Sequé sus lágrimas con besos. Los sollozos su pecho.
¡Soy un hombre indigno! -exclamé-.
Te amo a pesar tuyo. ¿Por qué me abandonaste?
¿Merecía yo eso? Pero no me quejo.
Olvidaré todo, si tu arrepentimiento es sincero.
Rompí a llorar y él fue secando mis lágrimas con
su manto.
No seas injusto. -me dijo- Apeló a tu memoria.
¿Fui yo quien te deje o tú me abandonaste?
Cuando os vi armados, me amparé en el más fuerte...
Al oír su respuesta le besé en la boca. Para mostrarle que
tenía mi favor, le prodigué las más dulces caricias.
Fue una especie de "fiesta" de reconciliación.
ESCENA 21
Discusión con Eumolpo.
Era ya de noche, cuando Eumolpo llamó a la puerta de la posada.
¿Quién es? -pregunté, mientras miraba por el agujero
de la cerradura.
Al ver al anciano, le abrí. El, al advertir a Giton, me dijo:
Te felicito... Esta noche nos divertiremos...
Temí haber admitido en mi compañía a un nuevo Ascylto.
Eumolpo, ofreciendo de beber a Giton, le dijo:
Cuando sali de los baños, un joven desnudo te buscaba...
Sus atributos eran tan grandes que parecía un dios de la lujuria...
capaz de sostener durante días el combate del amor...
Pasé por alto las palabras de Eumolpo y enumeré lo que íbamos
a cenar.
EI poeta devoró la cena y comenzó a moralizar contra los
hombres que desdeñan lo vulgar y sólo aprecian lo que es
raro. Luego, comenzó a recitar:
"No se ama lo que abunda ni la victoria que fácil se consigue.
Así el faisán ha desterrado al pato de la mesa del rico,
que goza con su riqueza, y los manjares de tierras lejanas.
Lo más costoso lo mejor resulta, lo más difícil es
lo que se quiere;
se desprecia la rosa, realzando la anémona, porque lejos se cultiva".
¿Es así -indagué- como cumples tu promesa de no hacer
versos?
No nos molestas, nosotros no te apedrearemos.
Pero si te oye alguno de los huéspedes de esta posada...
Recuerda lo que ya te sucedió mil veces...
Giton me reprochó mi lenguaje, censurando mi proceder.
¡Feliz -dijo Eumolpo- la madre que te parió en el mundo!
Eres ejemplo de belleza y de sabiduría. No me has defendido en
vano.
Seré tu adorador y cantaré tus elogios en mis versos.
Voy a ser tu maestro, tu guardián, te seguiré a todas partes...
Giton abandonó el cuarto. Le advertí a Eumolpo:
Prefiero tus versos a tu prosa... Tú eres un libertino, yo, un
apasionado.
No podemos vivir juntos. Vete y que no te vuelva a ver.
Golpeado por mis palabras, salió del cuarto, cerrando la puerta
con llave.
No esperaba yo tal acción y decidí ahorcarme.
Uni el lecho a la pared e iba a colocarme en el cuello el lazo, cuando
se reabrió la puerta y aparecieron Eumolpo y Giton. El muchacho
me dijo:
Te equivocas si crees que morirás antes que yo.
Para demostrarte que la muerte no desdeña a quien la busca,
tendrás el espectáculo que me quisiste dar...
Agarró una navaja y se la pasó por la garganta para degollarse.
Me lancé sobre su cuerpo y decidí morir yo. Pero el acero
no me hizo ni un simple arañazo. Se trataba de una navaja falsa,
de aprendiz de barbería.
Eumolpo contempló con sangre fría aqueIlas parodias de suicidio.
Entonces, el posadero abrió la puerta y, al vernos, exclamó:
¿Borrachos, vagabundos o las dos cosas a la vez?
¿Pensabais escaparos sin pagar?
¿Te atreves a amenazarnos? indagó Eumolpo y, sin esperar
respuesta, le largó un bofetón. El posadero le arrojó
una vasija de barro y huyó. El viejo poeta tomó un candelabro
para perseguirlo y devolverle los golpes recibidos.
ESCENA 22
Ascylto busca a Giton.
Entró un pregonero, seguido de Ascylto y leyó esta proclama:
"Acaba de extraviarse en el baño público un adolescente.
Tiene diecisiete años, pelo rizado, hermoso rostro y aspecto delicado.
Su nombre es Giton. Quien lo devuelva recibirá mil escudos."
Ordené a Giton ocultarse bajo el lecho. Eché mis ropas sobre
la cama y me acosté. Ascylto, se detuvo ante la mí habitación.
Echándome a sus pies, le pedí me permitiese ver a Giton.
Y añadí:
Sé cuál es tu propósito, Ascylto. Has venido a matarme.
Sacia tu furia. Aquí está mi cuello; ábrelo.
AscyIto juró que no tenía otro objeto que capturar al fugitivo,
que no quería matar a nadie. El guardia registró los rincones.
Giton, conteniendo el aliento, evitó lo hallasen. Se retiraron.
Eumolpo se precipitó en mi habitación y exclamó:
¡Me he ganado mil escudos! Les diré que Giton está
en tu poder.
Le supliqué que no sintiese placer matando a unos moribundos.
Merezco tu venganza -reconocí-. Pero Giton desapareció.
Ayúdame a dar con él...
Giton estornudó y el viejo, alzó las ropas y lo vio.
¿Vas a negar la evidencia? Los dioses no toleran la mentira.
Ellos obligaron al niño a estornudar.
Giton empezó a mimar a Eumolpo. Le besó, diciéndole:
Tú eres mi mejor guardián. Si amas a Giton, no lo pierdas.
Eumolpo, conmovido por Giton (más por sus caricias), exclamó:
Sois un par de imbéciles. Podríais ser felices, pero Ileváis
una vida miserable. Os daré un buen consejo... Huid conmigo...
Yo iré a otras tierras. El patrón del navío es un
amigo...
No había concluido sus palabras, cuando se abrió la puerta
para dar paso a un marino de enmarañada barba, quien exclamó:
¿Que esperas Eumolpo? ¿No recuerdas que es preciso darse
prisa?
ESCENA 23
La huida en el barco de Licas
Llegamos y nos situamos en la nave. Yo pensaba en la imprudencia de con
nosotros. Pero un rival anciano no es tan grave.
De pronto, oí una voz (¿era Licas?) que gritaba:
¿Es que se burlan de mí?
Pero mi espanto llegó al colmo al oír una voz de mujer (¿era
Trifena?) que decía: ¡Si tuviera en mis manos a Giton le
daría el recibimiento que merece!
Se nos heló la sangre. Sacudiendo a Eumolpo que dormitaba, le dije:
¿De quién es esta nave? Dime quiénes viajan en ella...
El poeta, malhumorado, contestó:
El dueño de este navío es Licas... es hombre honrado...
A bordo lleva esclavos, que venderá en Tarento.
Ese es quien nos da pasaje gratis en su embarcación...
De Licas huímos... -trató de explicarle Giton-. Le contó
a Eumolpo el peligro que corríamos. Empezamos a pensar la manera
de salvarnos, pero no la encontrábamos.
* Hacer detener el barco, diciendo que nos sentíamos mal por el
mareo.
* Saltar y alejarnos llevados por la corriente.
* Meternos en vasijas, con una abertura para respirar.
* Teñirnos de negro para pasar por esclavos etíopes.
* Circuncidarnos, para pasar por judios.
* Agujerearnos las orejas para pasar por árabes.
Nada de eso servía. Eumolpo nos propuso:
Mi criado es barbero. Les afeitara la cabeza y yo les pintaré un
cartel como el de los fugitivos. Nadie podrá reconocerlos...
Aceptamos. El barbero nos afeitó y Eumolpo nos escribió
la leyenda con que se marca a los desertores. Licas sospecho de nosotros
y tuvo una gran discusión con Eumolpo, que terminó en pelea.
Se armó una tremenda batalla. Aprovechando un paro en la lucha,
Eumolpo redactó un Tratado de Paz. En el se determinaba:
* Trifena se comprometía a olvidar su odio con Giton.
* Licas se comprometía a perdonar a Encolpe.
Aceptado, nos dimos el beso de la paz, y armamos un banquete.
Eumolpo decidió contarnos una historia de sus viajes de juventud...
ESCENA 24
Historia de Eumolpo y su discípulo.
Eumolpo, nos cuenta esta historia, que se va dando en escena:
Acepté la hospitalidad de un vecino por la hermosura de su hijo...
por la lujuria oculta que mis ojos percibieron en los del niño...
Para que los padres no sospecharan mi amor, recurrí al disimulo.
En esos días, se mencionaban mucho las costumbres sodomitas,
y yo las censuraba y protestaba en tono tan severo, que la madre del muchacho
me tenía por uno de los pocos sabios que en el mundo han sido.
Me encargaron dirigir los estudios del niño y darle lecciones de
latín.
Yo aconsejaba que no admitiesen en su casa a ningun seductor de niños.
Y así se fueron dando las cosas.
Pero, un día advertí que el chiquillo me observaba con esos
ojos...
Entonces, en voz baja y clara, hice el siguiente voto:
¡Diosa Venus! Si me permites besarlo sin que él se de cuenta,
le regalaré un hermoso par de palomas...
Al oírme, el chiquillo entrecerró los ojos y simuló
roncar y mientras él fingía dormir le cubrí de besos
y le lamí las partes mas sensibles de su cuerpo.
Si algo de mi gozó esa noche, fue mi lengua.
Al día siguiente compré un par de palomas y se las entregué.
Pero aquella noche amplié mi deseo:
¡Diosa Venus! Si acaricio el cuerpo del niño y no se despierta,
le regalaré un gallo de riña...
El quiso acercarse a mí, temiendo que me durmiese, pero yo no dormía
y recorrí con mis manos todo su cuerpo.
Me apresuré a cumplir mi promesa, con lo que colmé su júbilo.
Y ese mismo día asistí a un pedido del niño a su
padre.
Quería una yegua de carrera, pero el padre se la negó.
No le importaba el dinero.
Le importaba su hijo y creía que una yegua briosa para que el niño
la montase era un peligro. Esa noche yo me sentía ya un ganador.
Acercándome al oído del chiquillo aparentemente dormido,
dije:
Dioses inmortales, si consigo llevar a término mis placeres
sin que él Io advierta, le regalaré una brava yegua de carrera...
Febo favoreció a mi alumno con un sueño profundo.
Le acaricié con avidez, le fui cubriendo de ardientes besos, mi
lengua jugó en todos sus rincones, el simulaba dormir pero su cuerpo
reaccionaba ansioso, y al fin pude gozar mi dicha completa, colmando todos
mis deseos. Al día siguiente el niño esperaba el regalo.
Pero no es tan fácil obsequiarle una yegua.
Temí que sus padres sospechasen. Le di un cálido beso como
regalo.
El se me echó al cuello y exclamó:
Te pido no me hagas sufrir. ¿Dónde está la yegua?
Entonces le respondí:
No he encontrado ninguna de mi gusto. Pero cumpliré mi palabra...
Pasaron los días y mi ofensa cerró el corazón del
niño.
Lo peor era que mi corazón había enloquecido.
Yo debía obtener de él las mismas y aún mayores libertades.
Rogué al chiquillo que hiciéramos Ias paces, permitiéndome
Ie procurase un placer tan grande como eI que yo iba a experimentar.
Empleé cuantos argumentos me dictó la lujuria,
pero él me contestó con estas simples palabras:
O te duermes o se lo digo todo a mi padre...
Los ojos del chiquillo brillaban de ganas y yo me limité a decirle:
Llámalo a tu padre si quieres...
Me eché en su lecho, lo besé, lo lamí, lo chupe,
lo acaricie y le arranqué los favores que me negaba. El sólo
opuso una resistencia débil, lamentándose que lo había
convertido en algo cómico frente a sus compañeros...
Pero puedes repetir lo que hicistes, si tienes ganas....
No desaproveché la invitación, volví a poseerlo y
me dormí en sus brazos.
Pero el muchacho no quedó satisfecho y me preguntó:
¿No repites?
Lo hicimos nuevamente. Al rato, me volvió a preguntar:
¿No hay más?
Le acometí por cuarta vez, ya sin entusiasmo. Agotado por los mis
esfuerzos volví a dormirme. Pero el chiquillo me despertó
para indagar:
¿Es que ya se ha terminado?
Entonces, furioso porque me interrumpía el sueño y sin deseo
de más placeres por esa noche, le repetí sus palabras, con
tono amenazador:
¡¡¡O te duermes de una vez o se lo digo todo a tu padre!!!.
ESCENA 25
La matrona de Efeso.
Eumolpo comenzó a burlarse de la fragilidad del amor de las mujeres,
de la ligereza con que se calientan y la rapidez con que cambian de amante,
afirmando que no hay mujer a la que una nueva pasión no empuje
a Ios mayores excesos.
No tengo necesidad -añadió- de recurrir a las antiguas tragedias,
ni de citar nombres famosos. Les voy a contar una historia de hoy...
Nos volvimos hacia él, que comenzó su relato:
La matrona de Efeso es una mujer hermosa y dulce.
Recien se había casado y en su matrimonio todo era rosas.
Pero la suerte no quiso que las cosas siguiesen bien.
Murió su esposo, y ella manifestó su dolor, siguiendo el
cortejo fúnebre con los cabellos en desorden y golpeandose el pecho.
Quiso acompañarlo hasta la última morada, y llorar sobre
su cadáver.
Tan grande era su pena, que no lograron disuadirla de matarse de hambre
en el mismo lugar en que reposaban los restos del cuerpo de su esposo.
Sus amigos intentaron apartarla, pero debieron marcharse sin poder hacerlo.
Todos daban por muerta a la mujer que ofrecía tan raro ejemplo
de fidelidad. La esclava que la acompañaba, uniendo sus lágrimas
a las de su señora, cuidaba las lámparas que alumbraban
el féretro.
En la ciudad no se hablaba de otra cosa.
En esos días, el gobernador hizo crucificar varios malhechores,
en un lugar próximo a la cueva donde lloraba la viuda.
La noche siguiente, el soldado que cuidaba los restos, vio brillar una
luz entre las tumbas. Descendió a la cueva y quedó extasiado
al ver a aquella mujer, pero también inmóvil de terror,
temiendo encontrarse ante una aparición sobrenatural. Se dio enseguida
cuenta de la realidad, al ver el cadáver tendido sobre la lona,
y el hermoso rostro de la mujer bañado en lágrimas y su
cuerpo y sus uñas ensangrentadas.
La viuda no lograba consolarse de la pérdida de su marido.
El soldado bajó hasta Ia cueva su pobre cena, e intentó
calmar la desesperación de la viuda, con cuantos lugares comunes
existen.
Los consuelos que le ofrecía aquel desconocido, irritaron más
a la viuda.
No se desanimó el soldado y reiteró su ofrecimiento de su
cena.
La esclava, atraída el aroma de los alimentos, tendió la
mano hacia los viveres e intentó vencer los escrúpulos de
la señora, apoyando los argumentos del soldado:
¿De qué te servirá sepultarte en vida?
¿Por qué quieres entregar tu aIma?
Goza de Ia vida.
Tu esposo muestra cuál es el finaI de nuestros días...
Nadie, pasados varios días con el vientre estrujado por el hambre,
cierra por completo los oídos a quien le da a elegir entre la vida
y la muerte.
La afligida viuda se dejó convencer y comió con avidez.
Pero un apetito satisfecho suele despertar nuevos apetitos.
El soldado empleó toda su elocuencia para vencer la virtud de la
mujer.
La sirvienta se puso de su parte y le repetía:
no desdeñes el amor que a tu corazón llama...
La desconsolada viuda no defendió su cuerpo mejor de lo que había
defendido su vida y eI soldado obtuvo una doble victoria.
Gozaron, no sólo aquella noche, sino Ias siguientes, teniendo cuidado
de cerrar las puertas de la cueva para que no les sorprendiese en sus
expansiones amorosas ningún pariente del muerto.
El soldado, satisfecho de disponer de una mujer tan hermosa,
acudía a Ias noches para obsequiarla y obsequiarse con su cuerpo.
Pero mientras tanto, los parientes de un malhechor crucificado, robaron
el cuerpo, al comprobar que no estaba vigilado.
Cuando por la mañana el centinela se encontró con una cruz
vacía, se afligió muchísimo. Asustado, bajó
a ver a su amante, para referirle su desventura:
¡No esperaré la sentencia del magistrado!
Mi espada me castigará y me salvará del tormento.
Te pido que cuando ya no exista, me concedas un puesto en esta tumba
para reposar junto con tu esposo.
La viuda dijo que era viuda, pero no era loca. No iba a llorar por su
esposo y por su amante, y pidió colocasen el cuerpo de su marido
en la cruz vacía.
No quieran los dioses que tenga que llorar Ia pérdida de dos seres
queridos.
Colguemos al muerto para salvar al vivo.
Las gentes de Efeso, que no podían creer que un cadaver saliese
de su tumba para colgarse en una cruz, atribuyeron a los Dioses este hecho.
ESCENA 26
Trifena y Giton.
Este relato divirtió mucho a los marineros. Licas, movió
la cabeza diciendo:
Si el gobernador de Efeso hubiese querido hacer justicia,
debió restituir a su tumba el cuerpo del difunto y colgar en la
cruz a la viuda.
La alegría que dominaba a todos le obligaba a contener su cólera.
Trifena, acostada con Giton, le arreglaba los rizos de la cabellera. Yo,
molesto por estas caricias, estaba furioso. Las caricias de aquella mujer
a Giton me hacían el efecto de puñaladas. Ya no sabía
con cuál de los dos estaba enfadado, si contra Giton que me robaba
la querida, o contra Trifena que me robaba el querido.
Trifena evitaba hablarme. Giton, apenas me dirigía la palabra.
Mordido por el dolor, comencé a verter amargas lágrimas.
Yo debía estar hermoso, porque Licas, había encendido su
pasión por mí, y me dirigía ardientes miradas. Me
suplicó que accediera a sus deseos, pero fue en vano. Su amor se
trocó coraje y quiso conseguir por la fuerza lo que yo no había
querido darle.
Este incidente reavivó los deseos lúbricos de Trifena. Quiso
excitarme para repetir escenas voluptuosas. Sin embargo, yo, fatigado
por los últimos excesos, rechacé sus caricias. Me llenó
de injurias y se fue, amenazándome con contarselo a Licas para
excitarle contra mí y doblegarme con el peso de la venganza.
Yo no quería se enterase Eumolpo. Pero él estaba al corriente
de todo.
Esas violencias quebrantaban el tratado de paz firmado hacía poco.
Le confesé la verdad del ataque de Licas y del lascivo ardor de
Trifena.
El juró vengarnos. Los dioses no podían dejar impunes tales
crímenes
ESCENA 27
Muerte de Licas.
El mar se embraveció. Los marineros arriaron las velas.
El viento arrojaba la nave de un lado a otro.
La oscuridad era tan densa que el piloto apenas conseguía ver la
proa del barco. Licas, exclamó, tendiéndome los brazos:
¡Sé misericordioso! ¡Socórrenos! Calma a la
diosa Isis.
¡Devuélvele las cosas que le robaste!
Una ola gigante le arrojó al mar. Las aguas le engulleron.
Yo, acercándome a Giton, exclamé:
Los dioses querían hacernos compartir la misma muerte,
la fortuna quiere negarnos ese consuelo.
Las olas van a tragarse la nave.
Giton, si alguna vez me amaste, cúbreme de besos.
Estamos a tiempo de robarle ese goce a la muerte que se acerca.
Apenas lo dije, Giton, aproximó al mío su encantador semblante.
Para que Ias olas no pudieran separarnos, nos atamos con el mismo cinturón.
Si no nos queda otra esperanza -dijo el muchacho- que el mar nos arrastre
juntos. Quizás nos arroje a una playa y las olas nos entierren
bajo el mismo montón de arena.
Dejé que Giton apretase los últimos nudos. Esperaba la muerte
sin temor.
La tempestad pareció amainar. Varios pescadores acudían
ofreciendo ayuda.
Una vez en la playa, pasamos la más triste de las noches...
Al día siguiente vi flotar un cuerpo sobre las olas. Me entristeció
el espectáculo.
Acaso, una esposa enamorada le espera en alguna región apartada.
Quizás dejó unos hijos a quienes besó al partir.
Así concluyen con frecuencia los designios de los mortales.
Pero se diría que éste nadaba, como si aún viviese.
Las olas, al arrojar el cadáver sobre Ia playa, me descubrieron
sus facciones. Eran las de Licas.
Golpeándome el pecho, exclamé:
¿Dónde está tu ira? ¿Dónde ha quedado
tu poder?
¡Cuán lejos de tu destino te encuentras!
Pero no es el mar quien se burla de la confianza de los mortales.
Quien cae al mar se ve privado de sepultura.
¿Pero importa que eI cuerpo se consuma por agua, fuego o tiempo?
El resultado es siempre el mismo.
Ese cadáver, ¿ganaría algo si le consumieran las
llamas?
¿Qué locura es ésa de arrostrarlo todo
para conseguir que los restos no queden insepultos?
Tras esas refIexiones rendimos los honores a los restos de Licas,
que quemamos en una pira.
ESCENA 28
Llegada a Crotona.
Proseguimos camino y vimos una ciudad.
Nos encaminamos a ella, y un labriego nos indicó que se trataba
de Crotona.
Le preguntamos qué hombres la habitaban y cuál era su industria.
¡Extranjeros -replicó el labriego- si sois comerciantes,
buscad otro medio de ganaros la vida!
Si no os asusta mentir, encontraréis la fortuna en esa ciudad.
Aquí no hacen caso de las bellas letras;
no aprecian la elocuencia y las buenas costumbres.
En Crotona encontrareis: "Testadores" y "Herederos".
Esta ciudad parece una campiña apestada.
Sólo hay cadáveres a medio devorar y cuervos que de ellos
viven.
Eumolpo escuchó las explicaciones y no le desagradaron.
Creí que se trataba de una broma, pero él nos aclaró:
¡Ojalá pudiese exhibirme con mayor ostentación,
para que se diera crédito a la farsa que acabo de urdir!
Labraría pronto, muy pronto, nuestra fortuna...
Le prometí que, siempre que dividiésemos el beneficio, le
daría la túnica de Isis y cuanto habíamos robado
en la finca de Licurgo, que aún conservaba.
¿Qué podemos tardar en planear la comedia?
Eumolpo nos pidió:
Hacedme a mí vuestro señor...
Nadie opuso reparo a una empresa en la cual nada podíamos perder.
Así que prestamos el juramento formulado por Eumolpo, de sufrir
el fuego, la esclavitud, los azotes e incluso la propia muerte, sin descubrir
la farsa.
Juramos ser suyos en cuerpo y alma y nos vestimos como esclavos.
Convinimos en decir que Eumolpo había perdido a su único
hijo, y que, apenado por esa muerte, se desterró por no seguir
viendo su tumba.
Sufrio un naufragio en el que perdió millones de sestercios, pero
esto le apenaba menos que la ausencia de sus servidores, lo que no le
permitía presentarse en Crotona con el brillo que a su clase correspondía.
Le quedaban en Africa millones de sestercios, y tenía tal número
de esclavos que hubiera podido construir con ellos un verdadero ejército.
Aconsejamos a Eumolpo que tosiera como si estuviera enfermo del pecho,
que sólo hablase de oro y de plata, que se lamentase de las tierras
y lo poco que rendían, que se encerrase para hacer sus cuentas
y escribir su testamento y que, al llamarnos, dijera varios nombres, como
si no pudiera recordar a quiénes tenía a su lado y quiénes
estaban ausentes.
Rogamos a los dioses nos concedieran éxito y seguimos nuestro camino.
Giton se cansaba con su peso muy superior a sus fuerzas y al recargar
a Corax, éste comenzó a murmurar, desatándose en
improperios contra nosotros, que le obligábamos a andar demasiado
de prisa. Nos amenazaba con huir con la carga.
¿Me tomasteis -decía- por un burro?
Haré el servicío de un hombre y no el de una mula.
Soy tan Iibre como cualquiera...
No contento con maldecirnos, al andar levantaba de vez en cuando Ia pierna
y producía un indecente estampido que hería a la vez nuestro
olfato y nuestro oído. A Giton le hacía mucha gracia e imitaba
con la boca sus detonaciones.
ESCENA 29
Una mujer me persigue.
Hacía tiempo que vivíamos en Crotona. Yo, aunque engordaba
en aquella abundancia, no podía abandonar mis reflexiones. Si alguien
pedía informes al Africa, se iba a saber nuestro juego.
¿Qué sucedería si alguien nos descubría?
Nos veríamos obligados a mendigar,
después de creer que habíamos vencido a la pobreza.
Salía de casa cuando una muchacha se me acercó, y me dijo
que su señora deseaba verme y me rogaba acudir donde me esperaba.
Te equivocas -repliqué turbado-, soy esclavo de un extranjero...
Me han enviado en tu busca... -advirtió ella-
¿Tú vendes tus favores?
¿Por qué te has rizado los cabellos así?
Ese rostro pintado, esos ojos de mirar lascivo, ese andar majestuoso...
¿No es prueba de exhibir tu figura para venderla al mejor postor?
Aqui donde me ves sé de las intenciones de un hombre.
Si vendes, la clienta está dispuesta. Si regalas, mejor.
Que seas un esclavo, aumenta el deseo que encendiste en ella.
Hay quienes se enardecen a la vista de un miserable...
Mi señora es una de ésas.
Encantado por las explicaciones de la graciosa mensajera, exclamé:
Dime, ¿no eres tú, acaso, ésa que me ama?
Le causó risa mi pregunta:
No te amo, no te enorgullezcas. No he sido jamás de un esclavo.
Eso queda para quienes gustan besar las cicatrices del látigo.
Yo soy una sirvienta, pero sólo me entrego a los nobles...
No me cansaba de admirar el contraste entre esas mujeres, pues mientras
la doncella era toda una matrona, la señora parecía una
pobre sirvienta.
Rogué a la doncella que me condujese a su ama, lo que hizo.
Carezco de palabras para describir los encantos que en su cuerpo se reunían.
Sus cabellos recogidos sobre la frente caían sobre los hombros...
Sus cejas, perfectas, casi se cruzaban, en un dibujo gracioso...
Eran sus ojos más brillantes que las estrellas en la noche,
su nariz lígeramente arqueada y su boca, bella como la de Venus.
Su cuello de cisne, sus manos, todo su cuerpo blanco como el mármol,
me hizo olvidar para siempre los encantos de otras mujeres que yo amé...
ESCENA 30
Impotencia con Circe.
Quise saber su nombre.
¿No te han dicho que me llamo Circe?
No soy hija del sol, pero, si nos unimos, me sentiré como una hija
del cielo.
No temas de miradas indiscretas, tu Giton no está aquí.
Allí iniciamos los pasos hacia un placer total, pero me acometió
una súbita debilidad y defraudé sus esperanzas. Ella, indignada
por la injuria, exclamó:
¿Te repugnan mis ardientes besos? ¿Mi aliento te ofende?
¿Algo me hace antipática? ¿Temes que se entere Giton?
¿El miedo te paraliza el miembro?
La vergüenza me arrebató la poca virilidad que me quedaba.
No busques en tí mi vergüenza. Soy víctima de un maleficio...
Una excusa tan necia no calmó a Circe. Volviéndose a su
doncella, le dijo:
Crisis, sé sincera. ¿Soy repugnante?
¿Voy mal arreglada? ¿Algo tapa mi belleza?
No me ocultes la verdad, yo ya no sé que reproche hacerme...
Luego, se marchó. Yo me preguntaba si los placeres que acababa
de perder eran reales. Era grande mi debilidad y tardé mucho en
poderme levantar. Sin embargo, fui recobrando las fuerzas y volví
a casa, acostándome en seguida. No tardó en entrar Giton
en mi dormitorio, le dije que me había acostado por necesitar descanso,
pero sin aludir mi infortunio, por temor a sus celos.
Le hice acostar conmigo para darle una prueba de amor, pero no pude.
Él me reprochó, dicendo que ya sabía que era otra
quien gozaba de mi viriIidad.
No ha desaparecido mi amor -le aseguré-, pero ahora, al tener más
edad,
mi pasión y mis transportes se han moderado.
Entonces -respondió burlón-, te doy las gracias por amarme...
Nunca salió un joven tan inmaculado de un Iecho como yo del tuyo.
Entonces le confesé:
Yo ya no soy un hombre. Nada siento.
Giton se apartó de mi y huyó hacia las habitaciones interiores.
ESCENA 31
Cartas con Circe
Entró Crísis, con un pergamino de su señora que decía:
DE CIRCE, SALUD:
De ser yo libidinosa, me quejaría de verme defraudada.
Doy gracias a tu impotencia que ha a prolongado la ilusión del
placer.
¿Cómo han podido sostener tus piernas a tu cuerpo?
Los médicos niegan que se pueda andar sin nervios.
Jamás he visto a un enfermo tan en peligro como tú.
¡Caer en medio del combate!
Si el frío invade tus rodillas, te aconsejo que prepares tu tumba.
Te tengo compasión y no quiero ocultarte el remedio.
Si quieres curarte, apártate de Giton.
A los tres días de no dormir con tu amante, recuperarás
tu vigor.
En cuanto a mí, no han de faltarme amantes.
Salud, si es que puedes recobrarla.
Al ver Crisis que había leído la mordaz epístola,
me dijo:
Suelen ocurrir cosas así en nuestra ciudad, en la que abundan las
brujas...
Tu mal tiene remedio. Responde a mi señora con una confesión
de tu culpa.
Desde que sufrió tan injuriosa decepción, se encuentra fuera
de sí.
Seguí el consejo de la sirvienta y escribí en el mismo pergamino:
A CIRCE, SALUD:
Confieso mis faltas, pero ninguno de mis delitos merece la muerte.
Soy reo convicto y confeso. Merezco el castigo que quieras imponerme.
Soy traidor, homicida, blasfemo. Inventa tormentos para esos crímenes.
¿Deseas mi muerte? Yo te daré el puñal.
Me fallaron las armas. Ignoro quién me las quitó.
Mi imaginación se adelantó a mi cuerpo; consumí mi
voluptuosidad.
No puedo explicar que me pasó.
Nada puede afligirme más que el no haberte poseído.
Permíteme enmendar mi error. Quedarás satisfecha.
Salud.
Una vez se marchó Crisis, decidí seriamente devolver el
vigor a la parte debilitada. Prescindí del baño, limitándome
a darme algunas fricciones. Tomé alimentos que me estimularan y
bebí. Predispuesto al sueño, me acosté.
Al día síguiente me dirigí al bosquecillo. Me detuve
en el mismo lugar que la noche antes y esperé a Crisis. La vi llegar,
acompañada de una anciana.
¿Cómo va ese cuerpo? ¿Qué tal andas hay de
vigor? -me preguntó.
La vieja se sacó del seno una redecilla de hilos de distintos colores
y me la ató en el cuello. Luego, se escupió el dedo cubierto
de polvo y, con el barro que se formó, me hizo una señal
en la frente, mientras salmodiaba:
«¡Dios constante de flores y amores ayuda a este amante!»
Tras esta invocación a Príapo, me mando escupir tres veces
y echarme a la túnica unas piedrecillas que ella traía envueltas
en un pañuelo púrpura. Entonces, acercó las manos
a la parte enferma y en seguida se operó el milagro. El culpable
alzó la cabeza y la anciana, que miraba con estupefacción
la enormidad del prodigio, dijo:
Mira, fíjate qué hermosa liebre he levantado...
La cura era completa. La vieja me dejó en manos de la joven que
me acompañó sin perder tiempo hasta lo de Circe, introduciéndome
en una villa en la que la naturaleza parecía haber desplegado sus
más preciados tesoros. Sombra le daban plátanos frondosos,
esbeltos pinos, trémulos cipreses, que su ramaje siempre ostentan
lozano. Arroyos juguetones serpean por el prado y lo embellecen, y los
amantes de aquel retiro encantador quieren gozar con todos los sentidos
sobre eI césped. Encontré a Circe en un lecho de oro, mientras
con la mano agitaba una rama de mirto. Al verme, se ruborizó. Pero,
cuando hizo retirar a toda la servidumbre y yo me senté a su lado,
me cubrió la cara con la rama para preguntarme audaz:
¿Cómo estás, paralítico? ¿Hoy vinistes
completo?
¿Porqué preguntas -respondí- lo que puedes comprobar?
Me precipité en sus brazos mientras cubría de besos sus
formas.
Del roce de nuestros labios brotaban innumerables besos, nuestras manos
habían reconocido los órganos del placer, nuestros cuerpos
se estremecían e iba a realizarse ya la fusión de nuestras
almas, cuando me abandonaron nuevamente las fuerzas y no pude hacerlo.
Enfurecida, Circe no pensó sino en vengarse de mí y llamó
a los esclavos para que me azotasen. Me limité a cubrirme los ojos
con las manos y me echaron de allí cubierto de golpes y de salivazos.
Incluso Crisis recibió una pena de azotes. Regresé a casa,
con el cuerpo lleno de contusiones.
Me fingí enfermo y, descargué mi furia contra la única
causa de mi infortunio.
ESCENA 32
Reproches al miembro caido.
Tres veces empuñé la cuchilla fatal, pero, desistiendo de
podarme, la dejé.
El miembro frío parecía buscar donde ocultarse al acero,
y, no pudiendo sacrificarlo, desbordó en llanto mi despecho ciego.
Estuve apostrofando al dormido:
¿Vergüenza de la naturaleza?
¿Merezco que me tires al infierno cuando alcanzaba el cielo?
¿Por qué me transportas al invierno?
Contesta, ¿es que te has muerto?
Así estallaba mi ira.
Y él insensible, lacio, inconmovible, mustio,
como una flor que el tallo inclina
cubría su cabeza avergonzado,
como cierra sus hojas flor marchita.
Al reflexionar acerca de la indecencia de mis insultos, confundido por
haber olvidado las leyes del pudor, me golpeé en la frente y me
dije:
¿He hecho mal aliviando mi doIor con reproches?
¿No hago lo mismo con mi vientre cuando duele?
¿Ulises no apostrofó su corazón?
Los héroes de las tragedias no maldicen sus ojos.
El gotoso no se lamenta de sus pies.
EI epiléptico no se queja de sus temblores.
Cuando nos herimos algún dedo,
¿el dolor no hace que golpeemos Ios pies contra el suelo, castigándolos?
¿Por qué arrugas tu tersa frente?
¿Te hace mi obra fruncir las cejas?
Las pIáticas morales me aburren por severas.
Del pueblo pinto las costumbres
y trato que la copia sea exacta.
Las miserias que pintan de los dioses
no son iguales a las nuestras.
Nada más absurdo
que la severidad del incapaz.
ESCENA 33
La vieja sacerdotiza intenta curarme.
Salí para invocar a Príapo. Me arrodillé en el templo
y le dirigí esta plegaria:
¡Hijo de Baco y de la hermosa Venus!
¡Dios de los lésbicos amores!
¡Escucha al mortal que aquí te ruega!
No soy un parricida ni un sacrílego;
ni vengo aquí manchada la conciencia
con crímenes sangrientos o terribles.
Vengo a pedirte más vigor y fuerza.
Una parte de mí se quedó helada
cuando necesitaba de ella.
Quien confiesa su culpa es menos reo.
Yo pequé, pequé por impotencia.
Lo que te sobra a ti, concédeme,
o quítame al instante Ia existencia.
Si prolongar mi juventud concederme quisieras,
tres veces te prometo dar a tu altar la vuelta.
Mientras dirigía yo esta pIegaria, sin apartar las ojos de mi parte
difunta, entró Proselenos. Me tomó por el brazo y me arrastró
hasta el pórtico.
¿Los vampiros -me apostrofó- te devoraron los nervios?
¿Pisastes un cadáver? Ni con Giton demostraste que eres
hombre.
Flojo, cansado, no tuvistes fuerzas para alcanzar el final.
Has atraído la cólera de los dioses sobre mí.
¿No crees merecer que te castiguen?
Agarró un palo con el que comenzó a pegarme. Yo no pude
contener un gemido cuando la vieja intentó despertar lo que se
me había dormido. Rompí en llanto.
La anciana también lloró, clamando contra el destino que
prolongaba su vida inútil.
Este joven nació con mala estrella.
No pueden sacar nada de éI ni doncellas ni adolescentes.
Por miembro tiene una vejiga llena de agua...
Proselenos movió la cabeza con aire de suficiencia.
Yo puedo poner remedio a eso.
Si duermes conmigo, te devolveré vigoroso como un toro.
Si Circe convirtió los griegos de Ulises en carneros;
no te sorprenderá que a tu miembro el vigor devolver pueda...
Me estremecí y la miraba admirado, cuando me dijo:
Prepárate a obedecerme.
Colocó una mesa en el altar y la cubrió de brasas. Pendía
de la pared una escudilla vieja. La descolgó. La llenó con
una pasta resinosa. Puso una olla al fuego y descolgó un trozo
de tocino rancio. Volcó en la mesa legumbres, ordenándome
que las pelara. Me apresuré a obedecer y comencé por separar
todas Ias que me parecieron podridas, pero ella cogió las que yo
aparté, para desgranarlas con los dientes. En toda la casa se respiraba
economía, constituyendo un santuario de indigencia. Ella comenzó
a chupar el pedazo de tocino; se subió a una silla que se cayó,
arrastrandola, y volcó la olla, cuya agua apagó el fuego.
La vieja corrió a casa de una vecina a buscar fuego.
Tres patos sagrados se lanzaron sobre mí.
Uno me desgarró la túnica, otro me picó Ias sandalias
y el tercero, que parecía el jefe, se atrevió a herirme
en una pierna.
Perseguí a mi agresor y le maté de un golpe.
Los otros dos patos se dedicaron a comerse las habas esparcidas por el
suelo y, asustados por la muerte de su jefe, se refugiaron en el templo.
Yo oculté el cadáver de mi víctima y me curé
con vinagre la herida.
Temeroso de los reproches de la anciana, decidí escapar, pero le
vi regresar con un hornillo encendido. Me quedé en la puerta, como
si la esperase impaciente.
La sacerdotisa volvió a encender el fuego, excusándose por
haber tardado tanto.
¿Qué hicistes en mi ausencia? -me preguntó-.
Yo, le conté lo sucedido y, para consolarla, me ofrecí a
comprarle otro.
La sacerdotisa lanzó un grito que parecía que los tres patos
habían entrado de nuevo. Le pregunté por qué se desesperaba
tanto. Uniendo las manos, dijo:
¡Asesino! No comprendes tu crimen.
Has matado al pato que todas las Crotonianas deseaban.
No se trata de una falta leve; los magistrados te crucificarían.
Has manchado de sangre mi hogar y me expones a que me expulsen del sacerdocio
si algún enemigo lo descubre.
Entonces, yo le díje:
No te desesperes por eso, yo te regalaré otro pato.
Aquí tenéis unas monedas de oro...
Al verlas, dijo:
Es por ti mi dolor. Por cariño a ti me desespero.
Procuraremos que esto no se sepa.
Ruega a los dioses te perdonen...
Colocó bajo mis manos una vasija llena de vino y cortó puerros
y perejil. Me hizo extender los dedos, que fue regando con el alcohol,
lo mismo que si fuera agua milagrosa y echó las hierbas en el vino,
mientras pronunciaba palabras mágicas. Según se hundían
o flotaban las hierbas, descifraba mi futuro...
Después, abrió el pato para sacarle el hígado. Para
que no quedaran restos de mi crimen, fue cortando el ave en pequeños
trozos y los puso a cocer. Bebía sin descanso y devoraba trozos
medio crudos del pato que fue la causa de tantas lágrimas. Cuando
ya nada quedó, casi borracha, se me acercó. diciendo:
Concluiremos este sacrificio para que recobres tu antiguo vigor.
Trajo una jeringa, llena de polvos de pimienta y de ortigas picadas y
me la introdujo en el ano. Me frotó los muslos con ese licor estimulante.
Me puso una cataplasma en la parte enferma, tras lo que me azotó
el bajo vientre con un manojo de ortigas. Estos manejos me causaban punzantes
dolores, para librarme de los cuales emprendí la fuga. La vieja,
furiosa, me persiguio a toda prisa y tomo mi camino, mientras gritaba
como loca:
¡Detenedlo, detenedlo!
Logré al fin desprenderme de ella y llegué a casa con los
pies ensangrentados.
Me fue imposible conciliar el sueño. La Fortuna y el Amor conspiraban
en contra mía. El Amor jamás me fue propicio. Soy de Circe
y las demás mujeres me son indiferentes. ¡Qué dicha
si me permitiesen estrechar entre mis brazos su cuerpo! Así recuperaría
mi vigor y mi virilidad. Ya había olvidado los golpes recibidos.
Me arrojó de su lado, pero no me importaba. ¡Sólo
deseaba reconquistar su favor!
ESCENA 34
Amado por Crisis.
Obsesionado por Circe, me revolvía en el lecho, como si la tuviese
entre mis brazos. Pasé la noche torturado por la ansiedad. Giton,
entró en mi cuarto para censurarme por mi libertinaje. No se hablaba
en la casa más que de mi licenciosa conducta. Mis negocios clandestinos
me harían enfermar. Alguien había venido en mi ausencia
a interesarse por mí. Le pregunté a Giton:
Hoy no vino nadie, pero ayer una mujer me dijo
que habías merecido tu castigo y que sufrirías más
si Ia parte ofendida insistía en su queja.
Esta noticia me desesperó. Luego, apareció Crisis y exclamó:
Ya te tengo como deseaba.
Sólo tu sangre podrá apagar el fuego que me consume.
Me turbaban las efusiones de Crisis. Temía yo que el escándalo
que aquella loca armaba llegase a oídos de Eumolpo, quien nos trataba
a todos con el despotismo de un verdadero amo. Puse cuidado en caImar
los transportes de Crisis, fingiendo corresponder a su amor. Le expuse
los peligros a los que nos exponíamos.
Pinté a Eumolpo como a un amo cruel, que castigaba con rigor la
menor falta.
Al oírlo, se apresuró a marcharse con gran prisa pues oyó
regresar a Giton, quien había abandonado mi cuarto poco antes de
entrar ella. Uno de los criados de Eumolpo vino a decirme que eI amo estaba
furioso y me aconsejó que me buscara una excusa aceptable, para
que se caImase antes de azotarme.
Giton me encontró tan abatido, que no mencionó a Crisis
y sólo trató de la cuestión con Eumolpo, aconsejándome
que no tomara la cuestión en serio al hablar con él, sino
en broma. Seguí sus indicaciones y abordé al amo con tan
risueño semblante que su recibimiento, lejos de ser severo, fue
de lo más alegre.
Me felicitó en tono burlón por mi buena estrella y me alabó
por mi arrogante figura, que se disputaban todas las damas de la ciudad.
No ignoro -agregó- que te adoran las mujeres, eso puede sernos
útil...
ESCENA 35
Filomena y sus hijos.
Filomena, matrona que en su juventud jugó con sus encantos para
conseguir "herencias", ahora, ya vieja, lleva a sus dos hijos
a casa de Eumolpo, a quien piensa un anciano rico, para continuar con
su "negocio", explotando la dulzura de sus niños. Filomena
dice:
Eumolpo, estas lleno de prudencia y verdad...
Mis hijos necesitan tus lecciones...
Quiero dejarlos en tu casa, para que aprendan de tí...
Ellos están dispuestos a hacer todo lo que tu les indiques...
Todo... todo... todo... sin negarse a nada...
Creo que es la mejor “herencia” que yo puedo dejarles...
Eumolpo se había presentado como un anciano gotoso y paralítico.
Para continuar con su farsa, se tendió en la cama boca arriba y
le ordenó a su esclavo Cordax que se ubicase bajo el lecho, en
cuatro patas. Luego, ordenó a LA HIJA DE FILOMENA que se ubicase
sobre él, en la misma postura de Cordax, como si fuese un hombre.
Le indicó a Cordax que moviese lentamente su espalda, y, con sus
manos, le hizo realizar el mismo movimiento a la niña. Los movimientos
fueron acelerándose, y, cuando se acercaba el momento del goce,
Eumolpo se puso a gritar como un loco, pidiéndoles que doblasen
y redoblasen la velocidad.
Así, el viejo logró acabar.
La actuación de Eumolpo, hizo que yo no quisiera quedar como simple
testigo de estos hechos. El hijo de Filomena estaba dispuesto a participar
en un juego similar. Se prestó de muy buen grado a mis caricias
y el dios que me había maldecido, ya no se opuso al logro de mi
placer. Sentí que recobraba mi vigor.
Los dioses me han devuelto la virilidad...
Mercurio me ha restituido lo que otro dios me había robado...
Mirad, comprobad que digo la verdad...
(LEVANTE MI TUNICA Y MOSTRE MI ENORME PENE POSTIZO.
EUMOLPO, EMBELESADO, LO ACARICIO CON ASOMBRO Y PLACER)
Estoy nuevamente armado... Puedo darles placer...
A costas de Filomena, quien con la esperanza de cobrar una recompensa
nos había entregado sus hijos, pude derramar el jugo de mis vísceras
y llenarles los agujeros con mi leche.
ESCENA 36
Testamento de Eumolpo y Final.
Una vez agotados hasta la saciedad, me puse a reflexionar acerca de la
situación equívoca en que nos encontrábamos y, considerando
el momento ideal para hablar con Eumolpo, le dije:
La prudencia debe dirijir nuestros actos.
Los peces caen por la carnada, los hombres por la esperanza.
Los crotoniatas nos han alojado del modo más espléndido,
pero al no ver el barco cargado de dinero, se sentirán engañados.
La Fortuna puede hartarse de los favores que nos ha deparado.
Eumolpo me contestó:
He imaginado un plan para ponerlos en aprieto...
Entonces tomó su testamento y comenzó a leer:
“Todos los favorecidos por mi testamento podrán recibir sus
legados con la condición expresa de cortar mi cuerpo en pedazos
y comérselo en presencia de todo el pueblo. Nada hay en esta cláusula
que deba asustarles, existe una ley que obliga a los parientes de un difunto
a comérselo y es esto tan cierto que en muchos países se
reprocha a los moribundos que dejan consumir su carne por causa de una
enfermedad lenta. Esto debe incitar a mis amigos a devorarme con el mismo
ardor con que maldicen mi alma”.
Mientras Eumolpo leía, entraron en la habitación algunos
de sus “herederos”. Todos pusieron mal gesto al oír
la cláusula que les exigía comerse el cuerpo, pero les cegaba
de tal modo la riqueza, que no se atrevieron a protestar contra esa condición.
Uno de ellos declaró que se sometía con placer a tal requisito
siempre que los Iegados no se hicieran esperar mucho.
No tengo miedo que me rechace tu estómago, si lo prometes lo cumplirás.
Tras una hora de disgusto, vendrán las múltiples satisfacciones
que te proporcionará la riqueza.
No hay que cerrar los ojos para hacerse la ilusión de que no se
comen unos hígados humanos sino millones de sestercios.
Ya encontraréis modo de sazonar mi cuerpo, pues no hay manjar que
sin este tratamiento despierte el apetito.
El modo de prepararlos los puede disfrazar hasta quitarles toda repugnancia.
Hubo hombres sitiados que se alimentaron de carne humana, sin esperar
herencia alguna. Escipión encontró en el seno de varias
madres restos de niños a medio devorar.
El disgusto que inspira la carne humana proviene sólo de la imaginación.
No dudo que haréis lo posible para vencerla, a fin de recoger los
inmensos legados con los que os favorezco.
Pero los presuntos “herederos” comenzaron a sospechar de sus
promesas.
Se dedicaron a espiarnos, observando nuestras acciones y así aumentaron
sus sospechas. Aquellos que más habían gastado para honrarnos
decidieron castigarnos. Me advirtieron de los propósitos de los
crotoniatas y, decidí fugarme con Giton y abandonar a Eumolpo a
su suerte.
Indignados porque
ese viejo astuto había vivido como un príncipe, decidieron
matarlo.
Siempre que la ciudad se ve asolada por la peste,
se sacrifica a uno de sus habitantes al que se mantuvo como un rey.
Se le hace recorrer la ciudad vestido con ropas sagradas
y coronado de verbena, para ser apedreado por los habitantes.
Así caen sobre él las iras celestes. Luego se lo arroja
al mar.
Y QUE EN LA PANZA DE LOS PECES DESCANSE EN PAZ...
La obra concluye con
estas últimas palabras de Encolpe.
Cuando él comienza a hablar, la escena se va transformando visualmente.
Todos los personajes aparecen y danzan. Es la danza de la mímica
bufonesca y el erotismo.
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