EDGARDO PRACTICA,CÓSIMA HACE MAGIA
PATRICIA SUÁREZEdgardo, el padre Cósima, su esposa Lisa, la hija Néstor, el novio Argentina, 1994 1. Escenario: Una buhardilla donde los esposos han armado un pequeño tablado, desde el que practican el truco de magia. Ambos están en su rol de mago y partenaire: él: el frac, la varita mágica, la galera; ella: un vestido de lentejuelas azul, zapatos altos, un collar opulento de corales rojos. Está la caja grande para el truco de la desaparición. Esperan que ese sea el mejor truco de la sesión. Edgardo (vencido, sentado en un taburete): Recuerdo... Cósima: Mejor no recuerdes nada, Edgardo. Edgardo: El Manual de Instrucciones decía... Cósima: ¡Pero es que lo has leído mal! Edgardo: No. Cósima: Traélo. Edgardo: Se lo tuve que devolver a Eduardito, tú sabes que él se pone caprichoso con facilidad. Cósima: Es tu sangre. Edgardo: Mira quién lo dice. Cósima: Mi último capricho fue en 1942 y así me ha costado. Edgardo: ¿Te quejas? No haces otra cosa que quejarte. Cállate, Cósima: ¿con quién hubieras estado mejor que conmigo? Cósima: No quiero ni enumerarte la cantidad de pretendientes que yo tenía. Edgardo (con ánimo): Ponte de nuevo adentro de el gabinete. Cósima: Yo tenía dieciséis años. Edgardo: Decía claramente: la Ayudanta va dentro de el gabinete y el Mago la serrucha por la línea troquelada. Cósima: ¡Qué linda fiesta hicimos esa vez! Yo llevaba una corona de flores blancas... Edgardo: Ponte ahí dentro, Cósima. Cósima: El vestido había pertenecido antes a tu hermana... Me advirtieron: tendrás un matrimonio desgraciado por usar el vestido de una muchacha que... Edgardo: ¡Cósima! Cósima: ¿Qué? Edgardo: Practiquemos el truco una última vez. Métete en el gabinete. Cósima: No. Edgardo: ¿Quieres decepcionar a los invitados? Cósima: No voy a dejar que me pases el serrucho encima. Te conozco, Edgardo. Edgardo: Es de plástico. Cósima: No te creo. Edgardo (acercándoselo para que ella lo examine): Míralo. Cósima: Seguro que cuando estoy dentro lo cambiás por otro. Edgardo (muy fastidiado): ¡Ay! Por favor, Cósima. ¿Quieres decepcionar a los nietos? Cósima: Tristán no vendrá ni mandará a los niños. Edgardo: Está ofendido. Mejor si no viene. Cósima: Has vivido amenazándolo con desheredarlo... Edgardo: Vendrá Monika y... Cósima: Como si hubiera algo para heredarte. Pulgas y chinches tendrán tus hijos y esos trastos viejos arrumbados ahí a los que llamás pinturas. Y yo nada, ni un centavo me voy a quedar después de cincuenta años de cuidarte. Edgardo: Tienes tus joyas. Cósima: Corales. Si no te hubieras gastado todo nuestro capital en esos... ¡cuadros!... de arte abstracto, ¡arte abstracto! ¡Mamarrachos! ¡Manchas! Las manchas que hacía Eduardito en el Jardín eran más interesantes. Edgardo: Cuando has podido elegir, has elegido. Tú temías el mal de ojo y comprabas corales. Hubieras comprado perlas... Cósima: ¿Perlas? ¿Con qué? Todo estaba destinado a comprar esos malditos cuadros, para hacerle creer a él que era un gran artista. ¡Un artista, por el amor de Dios! Edgardo: No entiendes nada. (Pausa breve). Vendrán Fidi y Lisa. ¿Podrá viajar Fidi de Biedma para ese día? Deberíamos haber organizado la fiesta para un sábado; te lo he dicho: los sábados las gentes están menos ocupadas, menos... Cósima: Y el novio nuevo de Lisa va a venir. (Un tiempo largo; como si lo hubiera estado masticando.) Para que lo vayas sabiendo: muchas buenas razones tenía yo para protegerme del mal de ojo y comprar coral. Edgardo: Nómbrame una sola. Cósima: Tu hermana. Edgardo: Ah, ya la pobre Leni tenía que revolverse en su tumba gracias a tus palabras. Cósima: ¡La pobre Leni! Esa arpía. Edgardo: Cállate. (Un tiempo.) ¿Cuántos novios lleva tu hija? Cósima: Perdí la cuenta. Cinco o seis... en el último lustro: a razón de uno nuevo por año... ¿El último fue el cirujano? Lo que no entiendo es ese afán que pone en presentártelos, si al cabo se te olvidan a los quince minutos. Pausa breve. Edgardo: Ella es... es buena, sí, pero no es una buena alemana. Cósima: Es una buena hija, Edgardo. Edgardo (tozudo): Pero no es una buena alemana. Cósima: Está trastornada. Edgardo: El marido que tuvo, el primero, el que tú le conseguiste; yo te advertí: ese matrimonio no es para una muchacha como yo la he criado... Cósima: ¡Está trastornada por esa crianza que le diste! Edgardo: ¿Qué dices? Si apenas la he visto cuando era niña porque tú celabas a todos tus hijos de que me dieran su cariño... Cósima: Qué barbaridad eso que estás diciendo. Edgardo: Solamente le enseñé las reglas con que debía vivirse en nuestra casa, para que fuera fuerte y... Cósima: La torturaste con tus reglas. Edgardo: No es cierto. Cósima: Sí es cierto. Edgardo: No. Le enseñé cómo somos los Kellermann. ¡Tú querías hacer de ella una Rosa Luxemburgo y la perdiste! (Un tiempo; severo) Ponte en el gabinete. Cósima (mirando un reloj de pared arrumbado): ¿Ese reloj marcará hora buena? Tenés que bajar a tomar la pastilla. ¿Sabés cuál es? ¿No? Nunca sabés. Si yo me muero mañana mismo, al día siguiente vos estarías muerto también. Y no por amor, no, no: por pura inutilidad... Son las rosaditas, están sobre tu mesa de luz... las redonditas... Edgardo: ¡¡Cósima, ponte en el gabinete!! Pausa. Cósima: ¿Y si bailáramos un tango como hicimos en las bodas de plata? Edgardo: Ya no te acuerdas del escándalo... Cósima: ¿De que estás hablando? Edgardo: Es que tú no te acuerdas de nada. Cósima: Yo me acuerdo perfectamente todo. Edgardo: Ah, ¿sí? ¿Recuerdas la vergüenza que provocaste? Bailando como una... una cualquiera de Cabaret... Cósima: Era la falda típica de las bailarinas de tango. Edgardo: ¡Típica! Tampoco ese escote que te has puesto es para ti, Cósima. ¿No te das cuenta? Cósima (sin oír): Si me hubieras dado el Manual de Magia de Eduardito a mí, yo hubiera podido recordar perfectamente todas las instrucciones. Edgardo: Si te lo he dicho... Sácale una fotografía a la hoja del “Truco de Desaparición”, pero tú... pero tú... Siempre estás soñando cuando te hablo. Cósima: ¿Qué fotografía? ¿Es que sos espía, Edgardo? Fotocopia se llama. Edgardo (hosco): Fotocopia. Cósima: ¿Por qué no hacemos lo de sacar flores de la galera nada más? Edgardo: Flores, flores. No hay nada de emoción en eso. Lo de las flores es un truco de afeminados. Hasta Eduardito lo dice. Cósima: Las cambiamos por pañuelos de gasa... Edgardo: No. ¡Desaparición en el gabinete y la Ayudanta bajo serrucho! (Pausa.) Vamos, probemos. Cósima (con gran esfuerzo se mete dentro de la caja de pie): No cierres la tapa. Edgardo: Tengo que cerrarla. Cósima: No la cierres. Edgardo: ¡Así el truco no funciona! ¡¿No entiendes, Cósima?! Edgardo trata de cerrarla, ella se lo impide, forcejean. Se agotan, ella sale, se sientan al borde del tablado. Edgardo: Eres tan terca... Cósima: Hace mucho tiempo que debería haberme ido de tu lado. Edgardo: Lo hubieras hecho. ¿Qué te lo impidió? Cósima: No me dejaste volver allá. Edgardo: Te hubieran colgado, Cósima. Cósima: ¿A mí? Yo no hice nada. Lo único que hice mal fue casarme con vos. Edgardo: Es que no te acuerdas de nada. Tienes la memoria con un velo negro. Cósima: No es cierto. Estuvo ese asunto, pero no fue una cosa que pasara a mayores. No más que una tontería. Recuerdo que... Edgardo: Mejor no lo hagas. Cósima: Me voy. (Se levanta, sale). Durante unos momentos Edgardo practica solo algunos trucos de magia, en los que fracasa. Se saca una moneda de detrás de la oreja, o hace malabares con unas mandarinas y se le caen. Cósima baja los peldaños de la escalera; al cuarto resbala y cae con gran estrépito. Grita. Cósima: ¡Edgardo! ¡Edgardo, ayudáme! Edgardo sale despacio, refunfuñando. Apagón. 2. Mismo escenario. Cósima con el tobillo vendado, delante de una pequeña cómoda con espejo y su hija Lisa la está peinando. Cósima lleva puesto el vestido de lentejuelas y encima el mantón de peluquería. Lisa tiene unos 38 años, viste vaqueros y ropa informal y parece más joven. Lisa: Pero ¿por qué, mamá? ¿Por qué no practican en el comedor? Cósima: Tu padre no quiere. Dice que se arruina la sorpresa. Lisa: ¿Qué sorpresa? Si todo el mundo sabe que harán el truco de magia... Cósima: Pero si alguien viene de pronto de visita y nos ve así vestidos... Lisa: Si nunca viene nadie. Cósima: Ese peinado no me gusta. Más alto, mejor. El peinado alto afina el rostro. Lisa: ¿Y con qué te lo sujeto? Cósima (le pasa una hebilla de coral): Toma. Lisa (le sujeta el rodete): ¿Te gusta? Cósima: Sí. El rodete se deshace solo a los pocos segundos. Lisa: Es muy pesado tu pelo, mamá. Cósima: Pongámosle más spray. Lisa: Va a parecer de celuloide. (Examina el spray.) ¿Por qué compraste esto? Es una porquería. Cósima: En la propaganda decía: “mayor flexibilidad y suavidad en el cabello”. Lisa: Pero eso es mentira. Cósima: Yo, todo lo que dice la propaganda lo creo. Por algo lo dice. Lisa: Ay, mamá. Cósima (enojada): A ver cuál es tu propuesta, entonces, Lisa. Lisa: ¿Dos trenzas y las atamos arriba? Cósima: ¡Qué horrible! ¡Un peinado típico! No. Lisa: A papá le va a gustar. Cósima: Me tiene sin cuidado. Lisa: Pero mamá... Cósima: ¡Peinado alto! Lisa: Si ni siquiera está de moda... Cósima: Peinado alto. Lisa intenta armar un peinado alto; la madre le pasa horquillas, la hebilla de coral, se echa sola spray en la frente. Cósima: ¿Él vendrá con vos o llegará más tarde? ¿Cómo dijiste que se llamaba? Lisa: Se llama. Néstor. Cósima: ¿Cómo va a venir? Lisa: Aun no lo decidimos. Cósima: Mira, Lisa. Yo no veo con buenos ojos que los traigas aquí, justo un día así... Tu padre está muy viejo... no está acostumbrado a recibir visitas, ha perdido... ¿cómo es que se dice? ¿el don de gentes?, el arte de hacer la conversación... Lisa: ¿Por qué, mamá? A Francisco lo conociste y no pusiste el menor reparo cuando lo traje... Cósima: ¿A quién? Me estás tirando del pelo. Lisa: A Francisco. El cirujano plástico. Cósima: Eso era muy diferente. Lisa (seria): Mamá, ¿vos pensaste en serio que Francisco podía tener la ocurrencia de hacerte una cirugía gratis? Cósima: Cuando la necesitara, quién sabe. Pero claro. Tenías que romper antes. Lo hiciste para que yo quedara arrugada, estoy segura. Si hubiera sido un cardiólogo y era tu padre el que necesitaba una operación, eras capaz hasta de casarte por iglesia con el cardiólogo. Pero con el cirujano plástico para tu madre... ah, ese no. ¿Habrá durado tres meses? Amor de verano... Lisa (se pone delante de su madre): Mamá... si yo te quiero. Cósima: Dicho así no te creo nada. Lisa: Pero mamá... Cósima: No digo que la paciencia sea un valor muy importante, pero... hay que saber tener paciencia, Lisa. Miráme a mí sino. (Un tiempo.) No, si ya sé que no soy el mejor ejemplo, pero es culpa de tu padre. (Un tiempo.) De todas maneras, yo hubiera durado cincuenta años con cualquier hombre. Soy muy tranquila, en cambio vos... Me acuerdo de Gunther. ¿Por qué no funcionó con Gunther? Un muchacho bueno, bien puesto, del país... Ay. ¿Querés dejarme pelada? Lisa: No hablemos de eso. Cósima: Es que quiero que reflexiones, hija. Tenés mal carácter, Lisa. ¿Éste cuánto te puede durar? ¿Cómo era? Néstor. Los traés acá y uno se encariña, y después resulta que le diste las buenas noches. Por mí está bien, porque yo soy moderna y trato de ir al paso de los tiempos, pero ¿y tu padre? (Furiosa, de pronto): ¿Estás haciéndome una trenza? Lisa: No, mamá. Miráte. (Le acerca un espejo para que se vea la nuca.) Cósima: El peinado con rodete banana es muy argentino. Lisa: ¿Te podés poner de acuerdo con lo que querés? Si es argentino porque es argentino, si es alemán porque... Cósima: No me cambies de tema. Tu padre, Lisa, está decrépito. (Secreta.) Yo esto no te lo quería decir: pero yo no creo que él pase de este año... Lisa: ¡Mamá! Cósima: Sí, Lisa, sí. ¿No lo has visto? Habla tonterías; de pronto está lo más bien y a los dos minutos empieza con esos delirios de la guerra y que él fue un héroe... ¡Él! A mí me da tanta pena que lo dejo que piense que era un héroe, pobre Edgardo... (Un tiempo largo.) El viejo era igual, el viejo señor Kellermann. Murió en su ley, eso sí. Mirá que le explicaron: “señor Kellermann, cuando usted oiga la sirena tiene que bajar al refugio anti-bombas”, pero nada. Hasta yo le dije: “Papá –yo le llamaba papá- si oye sonar la sirena tiene que bajar al sótano que es un refugio adonde no llegan las bombas...” Hablar con él o con una pared era lo mismo. Vos le dabas un pedazo de salchichón y él estaba feliz de la vida. Hasta que cayó la bomba encima de la casa. Paciencia. Lisa: Me hubiera gustado conocer al abuelo Kellermann. Cósima: Ay, no. ¿Para qué? Era igual a tu padre. Lisa: Papá tiene medallas. Cósima (con desprecio): ¿Y qué? Todo el mundo tiene medallas. Las medallas sobraban en esa época. Pero tu padre no era un capitán, era más bien una especie de... ¿cómo se dice acá? ¿Granadero? Como esos que cuidan la puerta del Palacio de Buckingham. ¿Cómo se llaman? Lisa: Soldados. Cósima: ¡Porteros! Soldados-porteros. Lisa: ¿Te gusta así, mamá? Cósima: No. Lisa: Néstor quería conocerlos. Cósima: ¿Para qué, querida? ¿Acaso no le hablaste de nosotros? Lisa: Sí. Cósima: Entonces pensará que somos unos monstruos y tiene curiosidad. Lisa: No, mamá. Lo hace por mí. Cósima: Lisa: eso dicen todos al principio. Pero después resulta... (Un tiempo.) ¿Ya sabe todo de mi vida? (Un tiempo largo.) Esa costumbre que tenés de andar contando. Menos mal que tu padre dice que un Kellermann debe ser discreto. (Un tiempo.) Es una inconveniencia que lo traigas. Lisa: Le dije a papá que Néstor podría enseñarle el truco de magia. Cósima: ¿Qué? Lisa: Y papá dijo que le sería de ayuda. Cósima: No entiendo una sola palabra. (Furiosa) ¡Si seguís tirando así me vas a provocar una jaqueca! Lisa: Néstor conoce algunos trucos de magia. Cósima: ¿No era...? ¿No era profesor o...? Lisa: Aprendió magia haciendo los cumpleaños de sus hijos. Cósima: Ah, Dios mío. Tiene hijos también. Lisa: Dos, mamá. Pero ya son grandes. Cósima: Yo no te veo criando hijos ajenos. Vas a arruinarles la infancia. Lisa: Uno ya está entrando en la universidad. Y además los cría la madre. Cósima: Si fuera viudo sería peor, supongo... Un hombre que ya mató una vez..., le queda el vicio. Lisa: Mamá, basta. Me cansé. Cósima: Qué rápido. Igual que tu... Lisa: Néstor va a venir mañana en la noche y se va a poner a practicar con papá. Así que estáte preparada. Cósima: ¿Yo? ¿Yo? ¿Qué tengo que hacer? ¿Vestirme de gala? La luz titila. Lisa: ¿Qué es eso? Cósima: La bombita. Lisa: ¿Baja tensión? Cósima: No, tu padre que no sabe enroscarlas ajustadas... Quedan en la oscuridad. Lisa: ¿Dónde hay velas, mamá? Cósima: ¿Qué velas? Pasáme el banquito. Lisa: ¿Qué? Cósima: Pasáme el banquito, Lisa. Voy a ajustar las bombitas. Lisa (se lo pasa): ¿Qué vas a hacer, mamá? Cósima se sube al banquito como puede, ajusta la bombita, se hace la luz, hay un chispazo, ella pierde el equilibrio, cae. Lisa: ¡Mamá! Cósima (lloriqueando): Ay, querida. Ay, creo que me rompí el brazo. La luz titila, cortocircuito, se apaga nuevamente. Apagón. 3. Mismo escenario. Néstor y Lisa, luego el padre, al final la madre. Néstor tiene el equipo completo: capa de mago, una galera y una varita. Se está atando la capa al cuello. Lisa: ¿Así vestido entretenías a tus chicos? Néstor: Sí, ¿por qué? ¿Te gusta? Lisa: ¿No los asustabas? Parecés Drácula. Néstor: Tu papá me dijo que trajera todos los implementos. Lisa: ¿Mi papá? ¿Cuándo? Néstor: Por teléfono. Ayer. Lisa: ¿Hablaste por teléfono con mi papá? Néstor: Llamé para ver si estabas acá, como me dijiste que... Lisa: ¡Me estuviste siguiendo! Néstor: Pero no, Lisa. Lisa: Te dije bien claro que no quería que me anduvieras atrás. Néstor: Escucháme. Me dijiste que viniera a ayudar a tu papá con este infundio de la magia. Quería saber si traía todo, ¿entendés? Tu papá me explicó bien qué necesitaba. ¿Ves? Al conejo no lo traje. Lisa: ¿Tenés un conejo de verdad? Néstor: Sí. Pero ya está viejito. Está ciego. Creo que es glaucoma. Tanta zanahoria... Lisa: ¿Qué le dijiste a mi papá? Néstor: Nada, que era tu novio. ¿Hice mal? Lisa: ¡Ya le tenías que decir que eras mi novio! Néstor: ¿Y qué querías que hiciera? Me preguntó: “¿quién habla?”, ¿y qué iba a decir yo? Lisa: Un amigo. (Un tiempo.) ¿Y qué más te dijo? Néstor: No sé. Me pareció que estaba resfriado y... Lisa: No está resfriado. Néstor: Bueno, no sé. Estaría con los bronquios tomados... ¿Es asmático tu...? Lisa: No. Néstor: Entonces estaba angustiado. Lisa: ¿Angustiado, mi papá? Cómo se nota que no lo conocés. Es un roble. Néstor: Los robles también tienen lo suyo. El escarabajo del olmo también ataca a... Lisa: ¿Te podés dejar de hacer el idiota? ¿Qué te dijo mi papá? Néstor: No sé. Me salió con una parrafada en alemán. (Un tiempo largo.) A lo mejor lloraba. Lisa: Eso es imposible. Néstor: ¿Estoy bien así? Lisa: Mi papá va a creer que salgo con Bela Lugosi. Néstor: Todo lo que hago te parece mal. Lisa: Es que te odio. (Lo besa.) Entra el padre. Lisa: Papá, él es... Edgardo: Ya sé, ya sé. Usted es Pancho. Lisa: Néstor, papá. Néstor (bajo): ¿También les presentaste a Pancho? Lisa: Lo hablamos en otro momento, Néstor. Néstor: Me dijiste que fue una relación pasajera, que... Lisa: Te callás. Edgardo: Eso. Néstor, Néstor. (Se pega en la frente.) Esta cabeza... (Un tiempo; se saludan, etc.) ¿Así que este es el equipo completo? Néstor: Sí. Edgardo: Yo no sé la verdad para qué hacemos esta fiesta. Idea de mi mujer. ¿La conoció ya? ¿No? Una flor, un pimpollo. ¡Una paloma! (Bajo.) Dígale después que le hice esos ¿piropos, se dice? Anda medio susceptible, pobre palomita mía. Es que está decrépita. No, no. No es nada grave. Donde se cae se rompe un hueso. (Casi en secreto.) Es una enfermedad de las mujeres... cuando han hecho mucho uso de... Me entiende. (Exultante.) ¡Y Cósima era ardiente! (Un tiempo.) Echamos un montón de hijos al mundo. Ahora si le digo le miento porque he perdido la cuenta de cuántos fueron. (Ríe.) No es chiste, no. (Transición.) ¿Así que usted es Mago? Néstor: Sí. Edgardo: Profesional, me dijo en el teléfono. Néstor: Sí. Lisa (a Néstor, bajo): ¿Por qué le dijiste eso? Edgardo: Yo lo que quiero sobre todo es aprender el truco de desaparecer a mi mujer. Después de cincuenta años de casado, es justo que lo haga bien, ¿no le parece? Néstor ríe. Edgardo: No es chiste. Tengo entendido que usted es viudo. (Néstor niega.) Ah, no. Me equivoqué entonces. Creí que hablaba con un hombre de experiencia en el truco... (Trae el gabinete.) Mire. Este es el gabinete. Métete aquí, Lisa. (Un tiempo, Lisa se niega.) Otra que no quiere. Salieron todos a la madre, ¿puede creer? Obstinados. A mi mujer se le ha puesto entre ceja y ceja traer una actriz vestida de sirena para que le cuente a los nietos la historia de La Sirenita. ¿La conoce? Esa de la sirena y el marinero que... ah, la conoce. Dice que La Sirenita es un cuento alemán. Me quiere volver loco. Le he dicho: “Cósima, por favor, ilústrate”. No entra en razones; dice que los nórdicos nos lo robaron; que el señor Andersen era un ladrón. ¿Qué palabra usó? (Un tiempo largo.) Plagiador, ¿se dice? Eso. Yo, entre nosotros... (Mira a Lisa): ¿No tienes nada que hacer? Tengo que hablar con... Pancho... Néstor: Néstor. Edgardo: ...de hombre a hombre. Vete. ¿Temes que por ayudar a tu madre se te caigan los anillos? (Un tiempo.) Vamos, vete. Vete ya. Lisa sale. Edgardo: ¿Le decía? Néstor: ...que Andersen.... Edgardo: ¿Quién? Néstor: La Sirenita. Edgardo: ¡Ah, sí! (Un tiempo.) ¿Qué era? (Un tiempo largo.) ¿Usted no toma ningún tónico para la memoria? Néstor: Polen cuando estoy muy agotado... Edgardo: ¿Polen? ¿Polen de las flores? Néstor: Sí... Edgardo (ríe como si fuera un chiste): ¡Qué estupidez! Néstor: El néctar, sin embargo... Edgardo (sigue riendo; se detiene de pronto): ¡Me acordé! Le he dicho a Cósima que contratara a la actriz para hacer de sirena, pero que lo hiciera realista al cuento. ¿Me entiende, no? Néstor: Sí. No. Edgardo: Que estuviera vestida como las sirenas de verdad. Abajo cola de pescado y arriba... Néstor: En realidad, las sirenas no existen. Edgardo: ¿Cómo dice? Néstor: Que las sirenas no... Edgardo: ¿Y usted qué sabe? Néstor: Bueno, yo... Edgardo: Además yo con las deidades no me meto. No sea cosa que uno les falte el respeto sin darse cuenta. Lo único que quiero es que la actriz se venga desnudita. Vale la pena, ¿no le parece? (Un tiempo.) Aunque capaz que mi mujer contrata alguna amiga de ella... No, no, mejor no. Hay ciertos aspectos de las mujeres que si uno los piensa con detalle son asquerosos. Pausa incómoda. Entran Lisa y Cósima. Cósima está muy pintada, voluptuosa, tiene una rosa de coral en el pelo; tiene un tobillo y una muñeca vendada. Va enjoyada de corales. Edgardo (recibiendo a Cósima): ¡Llegó mi jardín florido! ¡Mi paloma! Cósima (rehúye a Edgardo): ¿Así que usted es Néstor? Encantada. Néstor (le trata de estrechar la mano vendada): Bueno, yo... Cósima: No es nada, me luxé. Encantada, encantada. Néstor: Gracias. Cósima: Encantada. (Un tiempo.) ¡Lisa! Hice unos bocaditos típicos para que los pruebe. Yo soy muy buena cocinera, preguntéle a Edgardo que no me deja mentir. No, mejor no le pregunte. (A media voz.) Tuvimos una vez un accidente con una sal cianúrica y... (Ríe.) Es chiste. (Alto.) ¿A que él le dijo que yo me paso el tiempo dedicada a mi belleza? ¿No? La verdad... Edgardo, ¿qué cosa de mí le dijiste al muchacho? Edgardo (absorto en el juego de magia de Néstor): ¿Qué? Cósima: Nada, nada. Dejémoslo. Está en otro mundo. Pobrecito. Sírvase. Néstor se sirve, Lisa se sirve. Ella los mira comer. Cósima: Yo estoy a dieta. (Un tiempo.) ¿Están ricos? “Alitas de grulla”, se llaman. (Un tiempo.) Sí, ¿vio? Qué nombre más poético. Y qué crocantes. Se hace con dedos de pollo. De la parte de las patas, se rebanan los dedos y se maceran en... Además es baratísimo porque todos los polleros echan esas partes a la basura, pero una buena alemana... ¿No es cierto, Edgardo?: una buena alemana se come todo. Néstor deja el pastelito en el plato. Sonríe tratando de disimular el asco. Cósima: Me dijo Lisa que usted es un entendido en la magia. Néstor: Algo. Cósima: Vamos, no sea tímido. Néstor: Tengo alguna experiencia, sí. Cósima: ¿Y no falló nunca? Néstor: Bueno, yo... Lisa: Mamá, no lo canses a Néstor. Néstor: No, si no estoy cansado. Cósima: ¿Viste? No está cansado. No seas celosa; no te lo voy a quitar. Dejáme que platique un poco con él. Edgardo: Cósima, me estás afectando la paciencia. Cósima (entrelaza el brazo de Néstor se lo lleva aparte): Venga, charlemos un poquito nosotros. No le haga caso a él. Hagamos de cuenta que estamos solos... Edgardo (admonitorio): ¡Cósima! (A Néstor.) ¿Le dije que colecciono cuadros? Néstor (trata en vano de zafarse de Cósima): No. Edgardo: ¿Quiere verlos? Néstor: Sí. No sé... Lisa: Papá, ¿no es inoportuno ahora lo de los cuadros? Cósima: Ay, Edgardo. Ya tenés que dar la nota. Edgardo: ¿Qué dices? (A Néstor.) Es que no sabe qué gran artista los hizo. ¡Unas acuarelas, unos óleos! Cósima (con desprecio): Arte abstracto. Edgardo: No... no todos son abstractos. Cósima: Los que no son abstractos están tan mal dibujados que uno no puede enterarse de qué cosa... Edgardo: Ve a traer cerveza. Cósima: No quiero. Estaba justo por hacerle una pregunta al joven. Edgardo: Vete. Néstor: ¿Quién... quién era el pintor? Edgardo (admirado): ¡Ah! Lisa: No... no tiene importancia. Edgardo: ¿Cómo dices eso? Lisa: Es que murió en el anonimato. Edgardo: ¿Y eso qué? Van Gogh no vendió un solo cuadro en su vida y mira ahora cómo es valorado. (A Néstor.) Tenemos una fortuna aquí. Cósima: Gastamos una fortuna en esos cuadros, que no es lo mismo. Edgardo (a Cósima): ¿No te habías ido? Trae sauerkrat. (A Néstor.) ¿Quiere ver uno? Néstor (bajo a Lisa): ¿Te parece que vea uno? Lisa: Papá: Néstor es muy impresionable. Edgardo: Bueno. El de la taxidermia humana no se lo muestro. ¡Le muestro el de los arrayanes! ¡Una maestría para pintar arbolitos, usted no se imagina! ¿Conoce los arrayanes? Vio qué ariscos que son, no se dejan pintar. Pero acá el pintor los captó tal como son, que parece que están en movimiento... (Un tiempo, compungido.) Dicen que quedan pocos ahora en el sur... Cósima (a Néstor): Yo no creo que viva un año más; pero él no quiere hacerse ver por un médico. Leni, su hermana, murió así loca también. Todos decían que era normal pero yo me daba cuenta a las claras que ella estaba bien loca... Edgardo: No, el de los arrayanes no se lo voy a mostrar porque me va a dar mucha pena. Pero tengo una naturaleza muerta: alfarería mapuche. Una tinaja, unas ¿cómo se dice? ¿chucherías? Baratijas indias. A los mapuches los pintó una o dos veces; y yo le decía: “Qué bonitos están, señor mío, qué gran artista es usted”, pero cuando llegó el momento de entregarme los cuadros, resultó que los había destruído. Le hacía mala impresión pintar indios. Néstor, nervioso, come tres o cuatro pastelitos. Cósima: Al final le dio apetito. Edgardo: Le muestro el de Eva. Hermoso, una muchacha alemana. Esposa del pintor. Una tragedia. Cuéntale la tragedia a nuestro Néstor, Cósima, tú que sabes contar con detalle. Cósima: No tengo ganas ahora. Edgardo: Nunca quieres. (A Néstor). Vinieron en un barco... desde Italia... y ella enfermó ahí mismo. Habían venido huyendo de tantos países de la Europa, tanta desgracia, y va que la muchacha fallece en el barco. Tenía el corazón débil. Cósima (incrédula): ¿Ella? Edgardo (amenazante): Dices una sola palabra en su contra... Se llamaba Eva. Lisa (argumentando, a Néstor): Como la primera mujer. Edgardo: No era su primera mujer. Antes estuvo Geli Raubal... Lisa (interrumpiendo): La mujer de Adán. Edgardo: ¿De qué hablas? Cósima: Voy a traer cerveza. Néstor: Por mí no se moleste, señora. Cósima: Dígame Cósima. Néstor (muy tímido, y con hipo nervioso): Pero lo que yo... lo que yo creo, señor Kellermann, es que deberíamos empezar ya a practicar. El “Houdini con nudos” lleva un largo rato de aprender y si no lo aprende correctamente sería bochornoso que se quedara atado delante de sus nietos y... Edgardo: El “Houdini con nudos” no me interesa. ¡Quiero desaparición de la Ayudanta! Cósima: Voy a buscar cerveza. Cósima sale. Edgardo: ¡Que esté templada! (A Néstor) Aquí los argentinos la toman helada y no sabe a ninguna cosa. Un asco, mi amigo. Verdaderamente, estos argentinos... (bajo) hacen cosa de negros. Lisa: Papá. Edgardo: ¿Qué pasa? Estrépito de vidrios y ruidos. Cósima: ¡Lisa! ¡Edgardo! ¡Por favor...! Llanto de Cósima. Apagón. 4. Mismo escenario. Néstor está metido en una especie de trastienda. Está observando los cuadros. Entra Cósima de improviso; tiene el tobillo vendado y el brazo en cabestrillo. Cósima: ¿Qué hace ahí? Néstor (nervioso): Miraba los cuadros, señora. Cósima: Estaba espiando. Néstor: ¡No! Su marido me dijo... Cósima: Mi marido lo mata si se entera que usted estuvo metiendo la zarpa ahí dentro sin su permiso. Néstor: Pero si él me dijo... Cósima: No le creo. Néstor: Yo sé que es un material muy valioso; tomé los recaudos necesarios para verlo con cuidado, señora. Cósima: Llámeme Cósima. Néstor: ¿Cósima? ¿Cómo la esposa de Wagner? Cósima: Yo nací en Leipzig. Donde Wagner. Néstor: Ah. ¿Lleva usted un Diario Íntimo como su tocaya? Cósima: ¿Un qué? Néstor: Federico Nietzsche escribió que consideraba a Cósima Wagner su igual, el ser con quien era más afín. Cósima: ¿Nietzsche? ¿El filósofo? Néstor: Sí. Cósima: Imposible. Néstor: Pero si lo escribió en “Ecce Homo”. Cósima: ¿Usted lo vio escribiendo de puño y letra eso que dice? Néstor: No, pero... Cósima: Entonces opina de afuera. Pausa incómoda. Cósima: ¿Me va a explicar bien el truco de los pañuelos o...? Mi marido dice que lo hago sin gracia. (Un tiempo.) ¿Le gustaron los cuadros que vio? Néstor: No. Sí. Apenas si pude ver alguno. Estaban en penumbras y... Usted debería ponerse aquí, así. Tenga cuidado, yo la ayudo a subir. Cósima sube al tablado. Entra Lisa. Lisa: Ah, ¿ya estaban ensayando? Néstor: Recién empezábamos. Cósima: Fijáte que lo encontré mirando los cuadros de tu padre a escondidas. Lisa (con reproche): ¡Te estabas haciendo el detective! Néstor: No, no. Miré el del abedul nada más y... Cósima: Cedro. Si mi marido sabe que usted llama abedul al cedro pintado, le aseguro que lo mata. (A Lisa.) ¿Recién llegás? Mirá que sos desconsiderada. Néstor te estuvo llamando toda la tarde... Lisa (furiosa): ¿Qué te dije de las persecuciones? Néstor: No, si yo... Una sola vez intenté, y como no atendía nadie, entonces... Cósima: Le da vergüenza decirte. Es un ángel este hombre. Desde las tres a las cinco por lo menos, estuvo intentando dar con vos. ¿Adónde estabas? Néstor: No, señora. Yo no llamaba a Lisa. Yo... Cósima (a Lisa): Tiene miedo de que lo maltrates. (Un tiempo.) ¿Por qué no vas a buscar cerveza, Lisa? Lisa: No. Cósima (pícara, a Néstor): Tiene miedo de dejarnos solos. Es muy celosa. Néstor: Yo no quiero tomar cerveza, señora. Cósima: Pero yo sí. Hasta hace un ratito usted me llamaba Cósima. Lisa: Con la cerveza no te van a hacer efecto los analgésicos, mamá. Cósima: Dejáte de embromar. Traé cerveza, Lichen. Lisa: No. Cósima: ¿Así es como obedecés...? Entra Edgardo, tiene aspecto cansado, el chaleco del frac mal abotonado, ojeroso, barbudo, con los ojos enrojecidos. Toda la escena habla con dificultad, atravesado por el dolor. Cósima: Edgardo. Llegas justo. Tu hija no quiere traer una cerveza. (Edgardo no contesta.) Edgardo, te estoy hablando. Edgardo (con fastidio): ¿Qué quieres? Cósima: Tu hija... Lisa sale a buscar cerveza. Cósima: Veo que estás de mal humor. No sé qué cara vas a poner cuando te diga que el señor Néstor, el novio de tu hija preferida, estaba husmeando los cuadros. Edgardo (siniestro): Los cuadros... Néstor: No, señor Kellermann, yo... yo... los estaba admirando. Cósima: Si ni siquiera estaba la luz prendida cuando llegué y lo encontré ahí. Edgardo: Los cuadros. Larga pausa. Cósima: Veo que no te afecta mucho. Quisiera saber qué dirás cuando te cuente que estaba intentando seducirme. (Ríe.) Es un chiste. Edgardo (sombrío): ¿Y qué vio en los cuadros? Néstor: Sólo pude apreciar el del árbol, el cedro. Edgardo: ¿Y qué le pareció? (De repente se agarra con las manos la boca del estómago, gime de dolor un instante.) Estás poniendo de nuevo tus porquerías en la comida, Cósima. Cósima: Era enebro. Edgardo: Tenía sabor a metal. ¡Gusto a pólvora! Cósima (firme): Era enebro. Edgardo: Estás envenenándome. Cósima (a Néstor, risueña): ¿Puede creerlo? Le preparo cerdo con enebro y se queja. Néstor (tímidamente): ¿Quién es el autor de los cuadros, señor Kellermann? Aunque mucho no pude apreciar y no soy un entendido, creo que es un buen... un buen artista. Edgardo: Sí. Néstor: Muy talentoso. Edgardo: Dios le dio talento. Cósima: ¿Dios? Lo único que me hace pensar que Dios existe es la existencia de la fruta dulce... Pero los mosquitos y las alimañas demuestran que no existe. Edgardo: No deberías hablar así. Cósima: ¿Por qué? Con la guerra me volví atea. Edgardo: No eres una buena alemana hablando de esa manera. Cósima: ¿Qué importa? Tu Dios, ningún Dios pudo haberle dado talento a tu amigo. Hay mucha gente que opinaría lo contrario, Edgardo. Edgardo: A Cézanne lo echaron de las exposiciones y repara luego en quién fue. (A Néstor.) Era un político. Un líder. La gente opina que para él la pintura era un ¿cómo se dice? Un pasatiempo. Es que la gente no entiende. Era su pasión, yo me atrevería a decir que su única pasión. De joven fue a estudiar a Viena y lo... (Transido de dolor.) ¡No lograrás envenenarme, Cósima! ¡Antes voy a matarte! (Un tiempo largo.) Tal vez él fue un poco pusilánime de puro sensible que era, y no pudo enfrentarse a esos primeros injustos rechazos que son casi de rigor en todos los jóvenes artistas... De manera que se dedicó por un tiempo a la política y ya una vez aquí..., aquí, en contacto con la naturaleza, en lo que él llamaba “su retiro espiritual”, pintó estas maravillas. Lisa sube con cerveza. Edgardo: ¡Lisa! ¿Por qué no traes los cuadros para que los vea tu novio? Lisa: No es mi novio. Cósima (burlona): Está celosa la palomita... Edgardo: Lisa... Lisa: ¿Por qué no ensayan el truco así Néstor y yo nos podemos ir? Queríamos ir al cine hoy y... Edgardo: ¡Hoy no hay ensayo! ¡Ni siquiera puedo estar de pie! Por culpa de esta envenenadora; mandaré a analizar la comida, Cósima: irás presa. Te salvaste allá, pero aquí... Cósima: Estoy temblando de miedo, Edgardo. Edgardo: El señor Néstor es testigo de “tus filtros”, si yo muero antes de tiempo. Cósima: El “señor Néstor” ni siquiera sabe dónde está parado... Lisa: ¡Mamá! Edgardo: Lisa, trae los cuadros. Lisa: No puedo. Son seis. Edgardo (oscuro): Trae los cuadros. Lisa comienza a traer cuadros. El del cedro, otro que es de figuras geométricas, etc. Cuando trae el cuarto, golpea la bombita y la rompe. Apagón. Cósima: Oh, Dios mío. ¡Me cayó un vidrio encima! Tengo sangre en la... en la mejilla, en la pechera... ¡Lisa, buscá una linterna! ¡Lisa! Estoy sangrando, haga algo Néstor. Ay, Dios mío. Ay. Edgardo: Quédese, Néstor. Déjela clamar a Dios. Le hace bien. 5. Mismo escenario. Edgardo y Cósima, ella está haciendo una valija, pone allí cosas viejas, recuerdos. Tiene una mejilla vendada, un brazo en cabestrillo y un tobillo con venda elástica; se mueve con lentitud y dificultad. Edgardo intenta atarse sin lograrlo un moño pajarita. Edgardo: ¿Qué haces, Cósima? Cósima: ¿No estás viendo? (Un tiempo.) Me voy. Edgardo: Ah, pero qué bien. Cósima: Debí hacerlo hace mucho tiempo. Edgardo: ¿Y te has decidido justo ahora? Cósima: Sí. Este es el mejor momento. Edgardo: Mira, qué curioso. Te ha llegado el mejor momento a los sesenta y seis años. Cósima: Estoy cansada de que te rías de mí. Ese truco con el que estás encaprichado, el de hacerme desaparecer, nada más que para humillarme delante de tus nietos... Edgardo: Ya está otra vez tu afición al drama. Cósima: ¡Y que me estés acusando delante de cualquiera que trato de envenenarte! Yo, que te he cocinado toda la vida, Edgardo, con amor... Edgardo: No llames amor a esas ponzoñas que últimamente... Cósima: ¡Ponzoñas! ¡Ponzoñas! Edgardo: ¿Y puede saberse adónde irás? Cósima: Me vuelvo. Edgardo: ¿Adónde, palomita? Cósima: A Leipzig. Edgardo: Cósima: te colgarán. Cósima (lo enfrenta furiosa): No, a mí no Edgardo. Yo no hice nada. Nunca hice nada. Esta es la primera vez que me animo a hacer algo. Edgardo: ¿Quieres que te recuerde algunas cosas? Cósima: Vos no te acordás de nada. Edgardo: Qué segura estás, palomita. Cósima: No me digas palomita. Edgardo: ¿Te recuerdo tu proceder en Lituania? Te harán un proceso, Cósima. Cósima: ¡Yo era una niña! ¡No sabía lo que hacía! Edgardo (intransigente): Te harán un proceso, Cósima. (Un tiempo.) ¿Qué es eso que pones en la maleta? Cósima: Las cartas. Edgardo: ¿Nuestras cartas? Cósima: Las que me envió Rupert, mi hermano. Edgardo: Oh, oh. ¿Esperas encontrar a Rupert? (Un tiempo largo.) ¡Pero si está muerto! ¿Es que no lo recuerdas? (Un tiempo tenso). ¿No? Te escribió aquella mujercita que él tenía, ¿cómo es que se llamaba? (Un tiempo.) Envió una carta al Club preguntando si conocían a unos Kellermann... Claro que de esto hace como veinticinco años, a cualquiera se le puede olvidar... Hasta derramaste unas lágrimas por el bueno de tu hermano Rupert. ¿O...? No, no. Me parece que ni siquiera lo lloraste; ahora no estoy muy seguro, ¿sabes? Cósima: Rupert está vivo. Edgardo: Paloma... Cósima (frenética): ¿Qué te dije de que me llames así? (Pausa larga.) Estás en un error, como siempre. Edgardo: Vé y estrelláte contra la pared si es tu gusto. Cósima: Pasaron muchos años. Allá ya no es lo mismo. Edgardo: Los muertos no olvidan, Cósima. Son tan débiles que no pueden ansiar otra cosa que la venganza, y azuzarán a los vivos contra ti. Cósima: Querés asustarme hablándome de fantasmas. Edgardo: ¿Fantasmas? No, no: de la realidad. Cósima: Me tratás como a una infeliz. Siempre creíste que yo era como una niña que hasta tiene miedo de los fantasmas, pero ahora verás de qué soy capaz... Edgardo (interrumpiéndola, severo): ¡Pero si de lo que te estoy hablando, paloma, es de que ni siquiera a los quince años eras una niña! Cósima: Él vio los cuadros. Edgardo: ¿Fidi? Cósima: Tu hijo vio los cuadros hace mucho tiempo. ¿Por qué te creés que no nos habla? Edgardo: ¿Fidi tampoco nos habla? (Un tiempo.) Y yo que pensaba legarle las pinturas... Qué contrariedad. Cósima: El novio nuevo de tu hija vio los cuadros. Edgardo: ¿El...? ¿El Mago? Cósima: Sí. Edgardo: ¿Y con eso qué? Cósima: Quedó muy impresionado. Edgardo: Eso indica que el muchacho tiene buen gusto. Ahí tienes: tú que porfiabas que el pintor era una calamidad. Cósima: Sospecha quién es el pintor. Edgardo (observando las cosas que ella mete en la valija): ¿Te llevas el juego de té chino, Cósima? ¿Para qué lo quieres? Cósima: Sabe quién es el pintor. Edgardo: Mucha gente sabe que él pintó en su juventud. Cósima: Sabe que estos cuadros tuyos él los pintó estando en la Argentina. Edgardo: La Argentina es un país generoso para con los refugiados. (Un tiempo, atento a lo que ella mete en la valija). Un momento, señora: ¿qué es eso que te llevas? Cósima le enseña un pájaro disecado. Edgardo: No. El... ¿chajá se llamaba? El chajá no se va de acá. Cósima: Es el único recuerdo que tengo de cuando Tristán era niño. Edgardo: Te confundes. Tristán disecó el gato montés. (Un tiempo largo.) Ya no te acuerdas. Vivíamos todavía en la otra casa y la vez que se prendió fuego el altillo el gato de Tristán se quemó y quedó este que disecó Fidi. Cósima: Yo le prendí fuego al altillo. Edgardo (irritado): Mira, Cósima, que me estás cansando. Practiquemos el truco. Anda, trae el gabinete y déjate de tonterías. Cósima: Pensé que era la mejor forma de deshacerme de esos cuadros. Me daban horror. Esta vida que llevamos me da horror, siempre escondidos, siempre en lo oscuro... Edgardo (muy enojado): Tú lo que tienes es un mal de estómago, porque has perdido la mano para los platos alemanes y cocinas todas esas cochinadas... ¡Horror! ¿De qué horror me hablas? ¿Escondida, la señora? ¡Cuando gastas mi dinero en las tiendas no lo haces a escondidas! (Un tiempo.) ¿Qué te faltó aquí? ¿Qué te faltó conmigo? No haces más que quejarte. ¿Dónde estarías ahora si yo no te hubiera traído? (Un tiempo largo; con sequedad.) Trae el gabinete ahora mismo. Cósima: No, Edgardo. Edgardo (tonante): ¡Traes el gabinete ahora mismo! Cósima busca el gabinete y lo trae. Cósima (vencida): Algún día me voy a ir, Edgardo. Te voy a dejar. Edgardo (súbitamente amable): Cuando yo esté muerto, harás lo que quieras. Si es que tú no te mueres antes. Pero vé sabiendo, paloma, que nuestra unión termina con la muerte. Ya no falta mucho. ¿Acaso no han pasado ya los primeros cincuenta años? (Ordena.) Vamos, ponte dentro. Cósima entra en el gabinete. Cósima: Me hace mucha impresión; parece un ataúd. Edgardo: Mejor; así vas acostumbrándote a lo que te espera. ¿O es que quieres vivir mil años? Edgardo hace monerías para entretener a un supuesto público. Cósima: ¿Qué estás haciendo? Edgardo: Afilo el serrucho. Cósima: ¿Es necesario? Edgardo: ¿Tú te crees que los nietos son tontos? Tengo que hacer la mímica para que haya emoción. Cósima: Sos tan cruel, Edgardo. Edgardo (harto): Ah. Un timbrazo. Cósima: ¿Qué fue eso? Edgardo: No sé. Cósima: Es el timbre. Andá a abrir. Edgardo: Que espere. Primero te serrucho. Cósima: A lo mejor es Eduardito. Me dijo que iba a pasar a la salida del colegio. Edgardo: Primero te serrucho. El timbre suena con insistencia. Edgardo (fastidiado): ¡Ahh! ¡En esta casa no se puede vivir! ¡No se puede vivir! Edgardo sale. Cósima (en el gabinete): Edgardo... (Un tiempo.) Edgardo, ¿te fuiste? ¿Estás ahí? (Golpea la puertita, no puede abrir.) La cerraste... ¡Edgardo, vení abríme! (Bajo) ¡Cerdo! ¡Cómo me va a dejar así! (Alto.) ¡Edgardo! ¡Edgard...! (Se sacude dentro del gabinete de un modo tal que se vuelca y ella cae dentro y grita de dolor.) Ay, ¿qué fue ahora? ¿qué fue? ¿La pierna otra vez? Cósima llora. Apagón. 6. Mismo escenario. Cósima sentada en una silla con vendas en las dos piernas y muletas; sólo tiene una venda elástica en la muñeca. Edgardo con el frac que se ha vuelto amarronado, como si fuera muy viejo. Néstor. Cósima (apesadumbrada): No podré, no podré... Néstor: Entonces invirtamos los roles. ¿Usted, señor Kellerman, no se anima a entrar dentro de la Caja? Edgardo: ¿Adónde? Cósima: En el gabinete, Edgardo. (A Néstor.) No entiende, su hermana empezó igual... Edgardo: ¿Yo adentro del gabinete? Si yo soy el Mago... Néstor: Pero su señora no puede estar de pie dentro del gabinete con las muletas tanto tiempo... Edgardo: Mentiras. Cósima: ¿No ves, Edgardo, que no puedo? ¿No oíste lo que dijo el médico? Edgardo: Te deja hacer la ociosa porque es amigo tuyo. Cósima: ¡Pero si no lo conozco! Edgardo: Eso es lo que me dices a mí. (Un tiempo.) Recuerdo... Cósima: Mejor no recuerdes nada. Edgardo (a Néstor): El Manual de Instrucciones de Eduardito decía claramente: la Ayudanta va dentro del gabinete y el Mago pasa el serrucho por la línea troquelada. Ahora usted me viene con que yo, que vengo a ser el Mago, voy dentro del gabinete y ella, la muy comodona de la señora... Néstor: Es por este truco nada más, señor Kellermann. Los demás los hace usted. Edgardo: ¿Qué demás? Néstor: El de la guirnalda de flores, el de la paloma... Edgardo: Esos trucos son para maricones; hasta Eduardito que es un niño de seis años lo dice. Cósima: Nueve. Néstor: ¿Cómo dice? Cósima: Nueve años tiene Eduardito. Néstor (tratando de ser cortés): ¿El es el hijo de su hija Monika? Cósima: La única que nos habla. Néstor: Y Lisa. Edgardo: Lisa no vale la pena. Cósima: Los otros tienen diferencias con nosotros. Es típico; fueron unos chicos rebeldes y no les supimos poner límites. Edgardo: Los otros no nos quieren. Néstor: Lisa los adora. Edgardo (con desprecio): Ah, Lisa. Néstor: Estuvo trabajando para usted señor Kellermann, sin descanso. Edgardo: ¿Lisa? Cósima: ¿Ella? Edgardo: Llevó a tasar los cuadros. Cósima: ¿Llevó a tasar los cuadros? Edgardo (va hacia la trastienda, mira, los cuadros no están. Inquietud): ¿Cómo que se los llevó? ¿Cómo sin mi permiso? ¡Tenía prohibido...! Cósima: Los habrá quemado, Edgardo, quedáte tranquilo. Néstor (ríe creyendo que es un chiste): No, no. Los llevó a un marchante. En Florida. Edgardo (demolido): Los he perdido... Cósima: Te harán un proceso, querido. (Un tiempo.) ¿Por qué no te ponés adentro del gabinete y practicamos? Edgardo: ¿Por qué lo hizo? Néstor: Era una sorpresa. Para que usted se alegrara con el dinero que recibiría... Lisa nunca pensó que usted se lo tomaría así. Cósima: Igual a tu hermana Leni. ¿Te acordás cuando denunció a tu papá porque había esondido a esa gente en el fondo de la casa? (Un tiempo.) Ay, ¡a lo que se va a tener que acostumbrar en esta casa, Néstor, si su romance prospera! No es por desalentarlo, querido, pero usted ni se imagina... Edgardo: ¿Cuándo fue eso? Cósima: En 1943. Néstor: Ayer los llevó. Edgardo: Yo nunca permití que me desobedecieran. Antes los echaba de la casa... Cósima: Las de amenazas que nos hicieron... Néstor: Estarían enojados sus hijos en esos momentos; los chicos cuando se exaltan son terribles. Cósima: Por eso los entregamos. Yo al principio estaba de acuerdo. ¡Pero como soy tan sensible, no sé cuántos pañuelos mojé cuando me despedí de ellos! Ni siquiera se dieron vuelta para saludarme; iban todos zaparrastrosos, no agradecieron ni la comida ni el refugio... hay gente así. Edgardo: Pero a ella la dejé hacer cualquier cosa; como era tan niña siempre me podía y... Cósima: Sí, pero ahora crecí, Edgardo. Edgardo: Me los van a expropiar... Cósima: No. Los hijos no pueden renunciar al apellido de uno, quedáte tranquilo. Edgardo: El del cedro era el que más me gustaba... Seguro que no me los van a devolver. Cósima: Te harán un proceso, Edgardo. (Suspira.) Pero bueno, ¡alegría, alegría! Eso no será hoy ni mañana; por suerte la justicia es tan... ¿cómo decir? Néstor: ¿Lenta? Cósima: ¡Irreversible! Bueno, vamos, Edgardo. No te quedes así que parecés un pollo mojado. ¿Qué va a pensar, Néstor, del Capitán Kellermann, eh? Cósima se levanta de su silla con esfuerzo; lo toma del brazo, lo lleva al gabinete, lo mete dentro. Cósima: Así, muy bien. Como un niño bueno. Al principio parece un ataúd pero después uno se acostumbra. (A Néstor.) Es increíble, pero siempre se termina siendo la madre de un marido. (Murmullos al otro lado.) ¿Estás bien? ¿Estás bien? Ya está como medio muerto el pobre. (Ríe.) Es un chiste. (Murmullos.) No te oigo nada, Edgardo, así que no gastes saliva en vano. (Un tiempo.) ¿Qué? No sé. ¡No te oigo nada! (A Néstor.) A ver, Néstor, haga las monerías del caso. Néstor: ¿Qué? Cósima: La mímica. Para que mis nietos crean que lo voy a serruchar en serio. Para la emoción. Néstor hace una serie de movimientos, una especie de danza, luego lanza los invisibles polvos mágicos, etc. Cósima: ¿Cuándo tengo que decir “nada por aquí, nada por allá”? Néstor: No, eso va después. Cuando desaparece su marido. Cósima: ¡Las vueltas que da la vida! Venir a hacer de Maestra de Magia para mis nietitos. (Un tiempo.) ¿Ya echó los polvos mágicos? Bueno, ahora haga que afila el serrucho. (Néstor lo hace sin gracia). No, no. Así no. Mi marido le sacaba como una música. Néstor: Música. Cósima: A ver... (busca con la vista, señala un baúl abierto.) Use aquel serrucho... Néstor lo busca, lo tienta. Néstor: Pero este no es de plástico. Cósima: Ya sé, querido. ¿Pero no ve cómo está de herrumbrado? No tiene nada de filo, sirve igual... Néstor: A mí me parece... Cósima (impaciente): Vamos, querido. A este ritmo vamos a estar acá hasta las bodas de... ¿qué viene después de las de oro? Gruñidos de Edgardo. Cósima se acerca. Cósima: ¿Qué? ¿Qué dijiste? Edgardo (grita): ¡La muerte! Cósima: Después me dice que conmigo pasó los mejores años de su vida. (A Edgardo): Si serás grosero... (Grita): Después decíme paloma, vas a ver qué te pasa. (A Néstor; aplaudiendo). ¡Qué lindo suena! Por como hace la musiquita se vé que era con ese con el que practicaba mi marido... Déme, déme. (Toma el serrucho, lo agarra mal, se corrige, luego lo hace bien.) ¿Por dónde empiezo? ¿Por los pies? Néstor: No. Por el medio. O por la cabeza, también. Vaya por la línea troquelada... Cósima: Por la cabeza, mejor. Siempre es así: lo que bien empieza, bien acaba. (A Edgardo): Cerrá los ojos si te impresionás, Edgardo. (A Néstor): ¿No le irá a dar un infarto, no? Néstor (dubitativo): No... Edgardo: Recuerdo... Cósima: Ahora no, querido. Edgardo: Recuerdo... recuerda aquella capilla que trancaste con todas las judías dentro y las dejaste quemarse, Cósima. Las dejaste que se murieran ardidas y no fue tu única acción, no. También estuvo lo de las perras que adiestrabas para que los mordieran... Cósima: No, no. Ahora no quieras acordarte, Edgardo, que estamos con la magia. ¿Listo? Concentráte. (Un tiempo.) Ahí voy. Dura solo un momento. No te lo voy a hacer muy largo. Apagón final |