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CUANDO DEN
LAS TRES
SALVADOR ENRÍQUEZ
Teatro
Drama en un acto
Primer Accésit en el II Premio de Teatro "Doña Mencía
de Salcedo - 2000",
del Ayuntamiento de Noalejo - Jaén - España
© El autor
SINOPSIS
Dos hombres, Ignacio y Pedro, esperan en la habitación de un lugar
perdido en el monte a que les den la orden sobre lo que deben de hacer
con otro al que tienen secuestrado. Uno de ellos es más joven que
el otro y surgen en él las dudas sobre la acción que debe
llevar a cabo, pero también el impulso de hacerlo basado en supuestos
ideales. Ambos ignoran el tiempo que lo deberán tener retenido
y si al final lo tendrán que matar o no.
Solamente saben que “alguien” les dará la señal
para que actúen y, al mismo tiempo, instrucciones de lo que deberán
hacer una vez “cumplida su misión”.
Razonan sobre la necesidad de su trabajo, parece que comprenden que lo
que hacen no es correcto, pero tratan de justificarse. Surge la tensión
ya que les dijeron que sería “cuando den las tres”
pero el reloj parece no andar, y tampoco les han dicho qué día.
¡Todos los días tienen las tres... de la mañana y
de la tarde!
Estrenada
el 23 de marzo de 2004 en la Biblioteca Dr. Manuel Rodríguez Lapuente
de Ocotlán (Jalisco – México) por el Grupo de Teatro
EREMSO-SEMS de la Universidad de Guadalajara, dentro de la Primera Semana
Mundial de Autores Teatrales Vivos, con el siguiente
Reparto
(Por orden de intervención)
Pedro (Un hombre maduro) Juan Munguía González
Ignacio (Un hombre joven) Naandy Hernández Salgado (1)
Voces de radio (grabación)
Dirección de Juan Manuel Alfaro Rodríguez
La acción
en una casa perdida en el monte
Época actual (año 2001)
Términos del público
(1) En la función de estreno el papel de Ignacio fue interpretado
por una actriz
ACTO ÚNICO
La escena representa el interior de una casa vieja, casi abandonada, en
el monte. Al alzarse el telón, la habitación está
sola y en penumbra. Lentamente, según comienza la acción,
va subiendo la intensidad de la luz. En primer término hay un catre
con la ropa revuelta, como si alguien se hubiera levantado recientemente;
al fondo una chimenea apagada aunque con algo de leña, y un infiernillo
de alcohol; junto a ella una puerta de madera, cerrada, que da al exterior;
a la derecha otra puerta conduce al interior de la vivienda. En un rudimentario
estante de madera hay botes de comida preparada y bebidas, y en el suelo
un cubo o bolsa con desechos. En un rincón, algunos periódicos
amontonados y sobre ellos un receptor de radio, a pilas, que cuando funcione
lo hará con interferencias, de modo que solo se oirán palabras
entrecortadas. Se supone que es por la mañana ya que, desde el
exterior, llega el canto de algunos pájaros. Durante unos instantes
solamente se oye a los pájaros. Al poco entra por la puerta del
fondo Ignacio. Viene frotándose las manos de frío. Al mismo
tiempo, por la puerta de la derecha, entra en escena Pedro.
PEDRO.- ¿Qué
tal?
IGNACIO.- ¡Un frío de la hostia!
PEDRO.- Lo normal... aquí siempre hace frío, más
que nada humedad. La humedad es lo que más daño hace en
estos parajes.
IGNACIO.- Ya lo sé. Conozco algo todo esto.
PEDRO.- ¿Ya estuviste por aquí?
IGNACIO.- Sí, pasé, camino de Francia.
PEDRO.- (Con una sonrisa de suficiencia) O sea... que ya has... has estado
en alguna otra acción ¿verdad?
IGNACIO.- (Un poco nervioso) ¿A qué vienen tantas preguntas?
¿Es que quieres que te cuente mi vida... desde que nací?
PEDRO.- ¡Hombre! no te enfades, no te pongas nervioso... es que
a veces hay que hablar, ya sé que cuanto menos mejor, sí;
pero... ¡este silencio!
IGNACIO.- (Disimulando malamente el nerviosismo) El silencio y... todo,
y lo que nos es silencio. (Mira fijamente a Pedro a la cara. Hay una pausa
en la que los dos hombres se observan mutuamente) ¡Y... el miedo!
¿no? porque... ¡todo hay que decirlo! A veces sentimos miedo.
PEDRO.- (Dogmático) ¡Todo no hay que decirlo! Muchas cosas
hay que callarlas, y hay que callarlas, precisamente, por la seguridad
de todos.
IGNACIO.- (Comprendiendo, pero intentando dialogar) Es que... a veces...
si no hablas puedes reventar. (Señalando al interior) ¿Cómo
va?
PEDRO.- (Con displicencia) Bien, bien...
IGNACIO.- (Golpea en el suelo con los pies intentado entrar en calor)
¡Si al menos pudiéramos encender esa chimenea..!
PEDRO.- ¡Ni se te ocurra! (Nervioso) El humo podría dar el
cante de que aquí hay alguien.
IGNACIO.- (Tratando de tranquilizarle) ¡Vale! ¡Vale! No te
pongas nervioso, ha sido solamente un comentario.
PEDRO.- Parece que los dos estamos nerviosos.
IGNACIO.- Sí.
PEDRO.- Y... los restos de comida... ¿los has..?
IGNACIO.- Sí, los restos de comida están bien enterrados.
No te preocupes. No quedan huellas... nada de nada.
PEDRO.- (Señalando a la puerta que da al exterior) ¿Y por
ahí fuera?
IGNACIO.- Todo normal. A lo lejos pasó un pastor... no se ve ni
se oye nada.
PEDRO.- (Con un gesto de inquietud) ¡Bueno... pues a ver lo que
dura esto!
IGNACIO.- (Señalando de nuevo hacia dentro) ¿Dices... que
va bien?
PEDRO.- Mira... tú de lo único que te tienes que preocupar
es de que esté aquí, (Insistiendo) nada más; el resto
es cosa de los otros. (Irónico) Nos lo han dejado para que lo retengamos,
para que lo vigilemos... no para cuidarlo como si fuera una criatura.
Es una moneda de cambio, y tú lo sabes, entonces... hay que cuidarla
para no perderla, pero no hay que estar sacándole brillo cada cinco
minutos. Nosotros a lo nuestro y... lo demás es de “los otros”.
IGNACIO.- (Con enfado) ¡Los otros, los otros! Parece que “los
otros” son los dioses.
PEDRO.- Muchacho... en estas cosas no caben opiniones personales, ni decisiones
unilaterales. Es mucho lo que nos jugamos ¿sabes? Esos “otros”
son los que dirigen y hay que cumplir las consignas, hay que actuar como
en un ejército, de lo contrario todo se puede ir al traste. Sabes
que llevamos muchos años que nos pisan los talones ¿no?
y lo malo no es que tú caigas, es que caigamos todos. Tú,
como yo, a fin de cuentas somos reemplazables, siempre hay otro que nos
puede sustituir, pero la organización no puede caer. (Con gesto
de temor) Además... si caes no creas que te espera... ¡una
medalla por méritos!
IGNACIO.- Todo eso lo sé. No soy ningún novato. (Se deja
caer en el catre)
PEDRO.- ¿Cuantos?
IGNACIO.- Cuantos ¿qué?
PEDRO.- Años, ¿cuantos años llevas en esto?
IGNACIO.- ¡Ah! (Dudando) Algunos... ¡qué más
da!
PEDRO.- (Sonríe irónico) Tuviste buen entrenamiento ¿eh?
No te confías ni a tu compañero ¡así debe de
ser!
IGNACIO.- Sí, así es. Hoy tú eres mi compañero...
porque te mandaron aquí, pero mañana... no se sabe. (Se
levanta nervioso. Algo agresivo) Tú hoy estás aquí,
cumpliendo una misión conmigo, pero mañana, si te cazan
y te aprietan un poco... o un mucho... ¿quién me dice que
no cantas todo lo que haya que cantar? Además, llevamos juntos
un tiempo... y solo estaremos así algo más, hasta que den
las tres ¿no es eso?
PEDRO.- (Aparentando calma) Tranquilízate, muchacho. Haces bien
en desconfiar, en ser prudente; algunos por imprudentes están encerrados
y otros...
IGNACIO.- ¡Otros muertos!
PEDRO.- Esa palabra no la debes de utilizar, es muy fea. Otros están...
¡desaparecidos! O a lo sumo son héroes porque cayeron por
un ideal. ¡Por nuestra patria!
IGNACIO.- (Dudando si debe decir esta frase) Y... ¿y los que cayeron
a manos de los mismos? ¿Los que recibieron el tiro en la nuca precisamente
por un compañero? ¡En ocasiones hasta por un vecino!
PEDRO.- (Sorprendido) ¿Has llegado a pensar que esos eran de los
nuestros? Los que se fueron del pico, los que quisieron negociar a espaldas
de la cúpula, sin duda en beneficio propio, fueron unos traidores
y no merecían llamarse compañeros.
IGNACIO.- (Mira el reloj. Tratando de cambiar de conversación y
señalando a la puerta de la derecha) Creo que le voy a llevar algo,
un poco de café ¿no te parece?
PEDRO.- Sí, llévale algo de comer también. (Sonríe
con maldad) No sea que haya que liberarlo y lo devolvamos famélico;
por lo menos que no nos acusen de...
IGNACIO.- (Va al fondo, donde está la chimenea, y pone a calentar
en el infiernillo un jarro de café) Es que... lo menos que tenemos
que hacer es darle alimento ¿no?
PEDRO.- ¡Yo no he dicho que no lo hagas! Incluso esa es una de tus
obligaciones, además de vigilarlo. Y... así hasta que llegue
el momento, hasta que nos avisen... ¡a las tres!
IGNACIO.- (Inquieto) Pero... ¿qué tres, Pedro? Nos dijeron
que a las tres, sí, pero no de qué día, ni si de
la mañana o de la tarde... ¡no sabemos nada! (Con desconfianza)
O... ¿es que tú sabes más que yo?
PEDRO.- ¡Es que no hay que saber nada! En estas cosas cuanto menos
se sepa, mejor, ¡mejor para todos! Si no sabes no te comprometes,
en un momento determinado, a tener que hablar, a poder delatar a los compañeros.
Y él (Señalando a la puerta de la derecha) si lo ignora
todo, ¡también mejor! (Señalando el aparato de radio
que hay sobre los periódicos) Más tarde encenderemos la
radio y sabremos cómo van las cosas.
IGNACIO.- No te fíes, a veces dan noticias falsas para confundirnos.
Manipulan las noticias.
PEDRO.- Nosotros también tenemos nuestros medios de información
y... (Con gesto de astucia) sabemos interpretar. Ya sabes: las guerras
se ganan con información, no con cañones... aunque las pistolas
hagan falta.
IGNACIO.- Sí, ya. (Ha terminado de calentar el café. Coge
el jarro y se acerca a la derecha) Voy a llevarle esto, ahora vuelvo.
PEDRO.- (Haciendo un gesto de silencio) ¡Cuidado! No hables mucho,
solamente lo preciso; si te vieras en apuros te podrían reconocer
por la voz. ¡Y cúbrete a cara!
IGNACIO.- (Saca un pasamontañas del bolsillo y se cubre la cabeza)
Sí, no te preocupes. No hay cuidado, mi voz es parecida a otras
muchas. (Sale de escena por la puerta de la derecha)
PEDRO.- (Enciende un cigarro, coge uno de los periódicos que hay
amontonados y lo lee): “Me marcho porque no se puede vivir”
(Sonríe) ¡Claro! ¿Cómo vas a poder vivir en
un sitio al que no amas? El hombre es de la tierra en la que nace y la
tiene que querer como a su madre... (Displicente, a las páginas
del periódico) ¡Pues márchate! Pero... ya te encontraremos
si hace falta, no te preocupes que sabemos esperar y buscar. ¡Y
todo porque unos chicos le tiraron un bote de pintura a la facha de su
casa! (Irónico) ¡Ya! el bote de pintura llevaba algo de gasolina...
pero no fue nada, un pequeño incendio que apagó la criada
con un cubo de agua. (Pausa) Porque, eso sí, ellos tienen criadas,
y automóviles de lujo, y guardaespaldas... ¡no les falta
de nada! Tienen hasta obreros que tapan con pintura los cuatro dibujos
que algunos chicos les hacen en las fachadas de sus lujosos hotelitos...
¡burgueses asquerosos! Si no se sienten de esta tierra ¡que
se marchen! (Toma la radio que hay sobre el montón de periódicos
y la enciende)
VOZ RADIO.- (Solamente se puede escuchar un ruido de fondo, como cuando
no se sintoniza ninguna emisora. Ocasionalmente alguna palabra aislada.
Según conveniencia del montaje este sonido puede llegar al público
desde el propio aparato de radio o a través de los altavoces de
sala) Las fuerzas de seguridad... búsqueda... piso franco... ciudad...
comando itinerante... el joven... casarse... su hermana...
IGNACIO.- (Entra en escena por donde salió, quitándose el
pasamontañas) ¿Hablabas solo? (Reparando que intenta escuchar
la radio) ¿Dicen algo?
PEDRO.- (Apaga la radio) No... bueno, sí; (Confuso) comentaba para
mí mismo lo que dice este periódico. Como los periódicos
también son de ellos... dicen lo que les da la gana. Lo pintan
todo del color que más les gusta. También intentaba oír
la radio, a ver qué están haciendo “esos”, pero...
hay interferencias. (Suelta la radio en el suelo) Luego, más tarde
probaremos de nuevo; ahora, por lo que he podido oír, lo están
buscando ¡claro!
IGNACIO.- (Acercándose el periódico) A ver... (Lee para
sí) ¡Ya! bueno... pues que se vaya a otra universidad, habrá
muchas en las que pueda dar clases; si no se siente cómodo en esta
tierra...
PEDRO.- No se trata de que se sienta cómodo. Esta situación
no es cómoda para nadie, pero se trata de que colaboren con la
causa. Si no están para echarse a la calle... que aporten dinero.
(Transición. Señalando a la derecha) ¿Cómo
va... ese? ¿Se le pasó... el miedo?
IGNACIO.- El miedo no se pasa fácilmente, pero... yo diría
que empieza a comprender.
PEDRO.- ¡Me alegro! Es bueno que comprenda, eso nos harás
las cosas más fáciles. ¿Le dijiste algo? ¿Qué
le has dicho?
IGNACIO.- (Dudando) Bueno... algo le he dicho, sí; le expliqué
los motivos, que tenemos que forzar la situación para que suelten
a nuestros compañeros... y lo empieza a entender. Le he puesto
su propio caso: que estar retenido no es plato de gusto para nadie, y
le he puesto el ejemplo de que él se viera en la necesidad de conseguir
la libertad de un amigo, de un compañero... o de varios. Ya le
he explicado que quisiéramos que estuviera más cómodo,
pero que... dadas las circunstancias no nos es posible hacer más.
También lo animé diciéndole que a las tres lo soltaremos,
que estamos en espera de que nos pasen instrucciones.
PEDRO.- (Complacido) ¡Tienes habilidad, muchacho! Se nota que has
estudiado en un buen colegio. Cuando yo tenía tu edad... éramos
bastante más brutos... bueno no más brutos, pero sí
menos sicólogos. También es verdad que eran otros tiempos:
entonces muchos simpatizaban con nosotros y nos jaleaban porque suponíamos
la oposición frontal a la dictadura,... ¡y los había
que estaban en contra del dictador! ¡Pero no tenían cojones
para hacerle frente! (Pausa) La verdad es que había que tenerlos
bien colocados para jugársela entonces. Nosotros les hacíamos
el trabajo sucio. Después... todos esos no han entendido nuestra
lucha y nos han abandonado o, lo que es peor, se han convertido en nuestros
enemigos. Ellos se han situado y nos han dejado solos en busca de nuestra
libertad.
IGNACIO.- (Con gesto disimulado de extrañeza) ¿Nuestra?
Si es libertad será de todos ¿no? Yo me metí en esto
porque me hablaron de libertad y... esa es una palabra que ilusiona a
cualquiera, sobre todo si se es joven. Pero... veo que las cosas no van
por ahí. Ese hombre (Señalando a la derecha) que tenemos
ahí...
(La luz baja lentamente hasta llegar a penumbra. Los dos hombres se quedan
inmóviles. A lo lejos se oye una campanada. De nuevo se dejan oír
el canto de los pájaros. Ignacio hace un gesto de estremecimiento.
Vuelve a subir la luz)
PEDRO.- (Tomando movimiento. Se da cuenta de la inquietud de Ignacio)
¿Qué te pasa? ¿Te alteran los relojes?
IGNACIO.- (Toma movimiento. Tratando de disimilar la inquietud) No, pero...
según se acerca la hora me pregunto qué decidirán
que hagamos con (Señalando hacia dentro) él. Y... hagamos
lo que hagamos... luego hay que salir de aquí, no lo olvides.
PEDRO.- (Aparentando tranquilidad) Pues... será como otras veces:
terminar el trabajo y salir sin dejar marcas. De todos modos, no te inquietes
al oír las campanadas; sabemos que nos llamarán sobre las
tres... cuando den las tres nos llamarán, sí; (Saca un teléfono
móvil del bolsillo) esto sonará y... dirán qué
debemos hacer. También conoceremos algo por la radio. Pero no sabemos
si esas tres serán de hoy o de mañana, o... de dentro de
una semana, todo depende de cómo vayan las cosas por allí.
Si ceden... lo soltaremos, si no... (Hace un gesto de disparar una pistola)
¡y a otra cosa!
IGNACIO.- Hay una tercera opción en la que no pensamos... o no
queremos pensar: ¡que nos cojan!
PEDRO.- ¡Eso no puede ocurrir!
IGNACIO.- Sí que puede ocurrir, Pedro; esa es otra posibilidad
y deberíamos contar con ella.
PEDRO.- (Observa detenidamente a Ignacio. Duda si responderle o no, tras
una pausa le habla con un gesto de sinceridad) Bueno... pues no nos vamos
a engañar... esa posibilidad existe, sí. Pero... el riesgo
forma parte de nuestro trabajo. Trabajas en lo que tú has elegido
y, además, vives de ello... tienes que asumir los peligros. ¡También
hay peligro en lo alto de un andamio, o en el fondo de una mina! Creo
que nos buscan, de eso estoy seguro, en la radio malamente oí que
decían algo de “piso franco”, nos deben de estar buscando
en la ciudad, pero sobre todo tratarán de (Señalando hacia
la derecha) encontrarlo... ¡eso como prioridad!
IGNACIO.- (Enfadado, golpea en el suelo con los pies) ¡Maldita sea!
¡Porqué no lo acabarán de entender! ¡Maldita
la gana que tengo yo de tener que liquidar a un hombre joven como éste!
PEDRO.- No se dice “liquidar”, esa es una palabra del hampa...
se dice “ejecutar”; a fin de cuentas lo nuestro es una lucha
armada, una guerra en la que hay, como en todas, dos bandos: nosotros
que luchamos por la libertad de nuestro pueblo y ellos, que nos la niegan.
IGNACIO.- Todo eso suena muy bien, es muy bonito, muy romántico...
¡la libertad! Pero... desde hace tiempo me planteo serias dudas
sobre todo esto. ¡Ya te lo dije antes!
PEDRO.- Te aconsejo que no pienses. En una situación como la nuestra,
como la de todos nosotros, los que estamos en la lucha, no es bueno pensar;
eso te puede llevar a tomar caminos que no están marcados, a decidir
cosas por tu cuenta que... se saldrían de las directrices de los
de “arriba”. En esto la disciplina y la obediencia son la
mejor fórmula. Además (Con una irónica sonrisa) sabes
lo que les ocurrió a algunos disidentes ¿no? Lo hemos comentado
antes... y supongo que no desearás seguir el mismo camino ¿verdad?
(Hay una pausa violenta en la que los dos hombres se miran con desconfianza)
Hoy tú eres mi compañero, pero mañana, si no hay
otro remedio, me pueden encargar que (Vuelve a hacer un gesto de disparar
una pistola) te facilite un pasaporte. Las cosas son así.
IGNACIO.- (En un intento de desviar la conversación) ¿Comemos
algo? (Va hacia el lugar donde están los botes de comida preparada)
Aquí el tiempo se hace interminable. O... si quieres descansa un
rato, yo vigilo.
PEDRO.- La cosa es hacer algo ¿verdad? Comer... o descansar...
¡Es verdad que en estos casos el tiempo se hace pesado! es... como
una piedra que te fuera cayendo lentamente en la espalda y que... ¡la
tienes que soportar! aunque te vaya partiendo la cintura.
IGNACIO.- ¡Es jodido, coño! Yo prefiero la ciudad, perderte
entre las calles, vigilar, tomar notas... vivir como un estudiante aplicado
(Sonríe) sin que nadie sepa quién eres ni a qué te
dedicas. (Coge un par de botes de comida y le pasa uno a Pedro) Toma,
no hay mucho donde elegir, pero... alimentará. No sé si
darle algo a (Señalando hacia dentro) ese.
PEDRO.- ¿Más? ¡Lo vas a engordar! (Duda) Espera, yo
voy (Saliendo de escena por la derecha, lleva en la mano el bote de comida)
Veré si quiere comer.
IGNACIO.- (Está solo en escena. Come del bote y se pasea nervioso;
mira el reloj, se acerca a la puerta del fondo y luego a la de la derecha
intentando escuchar) Puede que esté flaqueando... ¡ya dudo
de todo! ¡Libertad! Sí... cuando me metí en todo esto
me hablaban de libertad, pero... me inquieta tener ahí a un hombre,
joven, privado precisamente de ella... y sin saber cual será el
final. Si cederán y liberarán a los nuestros, si se pondrán
burros y tendremos que ejecutar a éste... (Pausa. Dejando entrever
cierto miedo) ¡Y en todo caso escapar de aquí! Esos perros
a veces nos pisan los talones y sé que me juego unos años
encerrado. ¡Somos muy luchadores! sí; soldados de un ejército
sin uniforme, pero los ha habido que se han cagado cuando les han echado
el alto. (Se pasea inquieto) Estoy confuso ¡maldita sea!
PEDRO.- (Entra en escena por donde salió. Tira en una bolsa el
bote de comida ya vacío) ¡Bueno! algo ha tomado... si se
tiene que marchar, por lo menos que lo haga con el estómago lleno.
(A Ignacio) ¿Hablabas solo? ¿Tú también hablas
solo? (Ríe sin gana) Eso me recuerda cuando yo era un chaval y
tenía que ir por el monte solo... ¡con más miedo que
vergüenza! Caminaba silbando y canturreando para ahuyentar los miedos.
IGNACIO.- ¡Algo de eso! ¡Esta maldita soledad me desespera!
Y más el estar así... solo en espera de...
PEDRO.- Sé que prefieres los trabajos de información en
la gran ciudad ¿eh? ¡Tú eres un hombre de capital,
de ciudad! Te gusta moverte entre la gente, pasar desapercibido, ver y
sentir que nadie se fija en ti ¿no es así? Yo, en cambio,
no me siento incómodo aquí... me crié en el monte;
estos paisajes me son familiares. (Pausa) ¿A qué te dedicabas
antes de... estar con nosotros?
IGNACIO.- Hace tiempo que estoy con “vosotros”, como tú
dices, pero antes trabajaba en una fábrica... ¡hasta que
la cerraron!
PEDRO.- (Haciendo aspavientos) ¡Ah! la crisis del gran capital...
cuando no pueden hacer frente a las deudas... se declaran en quiebra y...
¡a tomar por el culo los trabajadores! Pero, eso sí, ellos
ya han dejado a buen recaudo su capital personal... o lo han puesto a
nombre de un pariente, de los hijos... ¡ellos nunca pierden! ¡Y
luego se niegan a colaborar con nosotros, a darnos esa parte de los impuestos
que nos corresponden para poder seguir la lucha!
IGNACIO.-. El empresario del que yo hablo nos pagó, pero no a los
trabajadores, sino a la organización. Fue después de varias
cartas... ya sabes: haciéndole razonar la necesidad que se tenía
de su ayuda. Entonces soltó unos millones, pero... se le siguió
exigiendo y parece que llegó un momento en el que no podía
más. Decidió marcharse de aquí, lo dejó todo,
cerró la fábrica y nos vimos en la calle. Fue cuando conocí,
a los pocos días, a un chico en un bar y... me habló de
esto.
PEDRO.- (Con dudas) Y... ¿lo tomaste como una forma de no estar
en el paro?
IGNACIO.- ¡No digas eso! Yo simpatizaba con vosotros, tenía
información de todo... ¡bueno! de casi todo, y sabía
de qué se trataba; pero solamente fui activo en algunos momentos
en la fábrica... pasé notas a un compañero que estaba
más en el asunto. Cuando me quedé sin trabajo comprendí
que era el momento de dedicarme más plenamente.
PEDRO.- Bueno, con eso te ganamos para lo nuestro. Tenemos que ampliar
la estructura, es necesario que otros, que no estén “quemados”,
tomen parte en todo esto. No basta con crear tensión, no es suficiente
recaudar dinero para seguir, hace falta gente que siga mentalizando a
la sociedad, que le haga ver la necesidad de que se nos tome en serio.
IGNACIO.- ¿Y tú? ¿se puede saber a qué te
dedicabas o..?
PEDRO.- (Con desconfianza) ¿O... qué? No debes de hacer
tantas preguntas, muchacho; hablar es malo, puede ser malo... no sabes
quién te escucha. (Pausa) ¿Tú sabes quién
soy yo? ¿Sabes de dónde salgo y de donde vengo?
IGNACIO.- No, no lo sé, por eso lo pregunto. Yo te he dicho algo
de mí... ¿no? pues por eso te preguntaba, por saber de ti.
PEDRO.- ¿Por saber de mí o... por hablar? ¡Vamos,
como yo hacía cuando iba por el monte: canturrear y silbar..! (Intentando
razonarle) Pero... la diferencia es que a mí, en el monte, no me
oía nadie, nadie escuchaba lo que decía... ¡ni lo
que cantaba, ni lo que silbaba! A ti, en cambio, te escucho yo.
IGNACIO.- (Comprendiendo que ha sido inoportuno) Perdona, tienes razón,
nunca se sabe. Hay que desconfiar, es cierto, pero... yo creía
que tú... como yo te he hablado... te he contado... de mí...
PEDRO.- (Con enfado)¡Pues no debiste hacerlo! Y si te sigo preguntando...
¡seguro que me cuentas hasta el último detalle de tu vida,
de tus amigos! (Gritando) ¡Y quizá con números de
teléfono y direcciones!
IGNACIO.- (Llevándose un dedo a la boca y señalando a la
puerta de la derecha) No alces la voz... te puede oír.
PEDRO.- No hay cuidado, le puse unos tapones en los oídos... le
dije que necesitaban descasar y que así no le molestarían
los ruidos de los camiones que pasan a esta hora.
IGNACIO.- ¿Eso has hecho? ¿Eso le has dicho? ¡Pero...
si por aquí no pasan camiones!
PEDRO.- Por eso.
IGNACIO.- (Tratando de suavizar la tensión) Bueno, Pedro... perdona
por lo de antes; es verdad que ¡no se debe de hablar! Lo que pasa
es que en esta situación, si no charlas con el compañero...
si no buscas y encuentras confianza en alguien...
PEDRO.- En esto el silencio vale mucho. Y es que ellos también
tienen sus armas, sus chivatos, sus infiltrados... ¿sabes? y nunca
se está seguro. Hoy soy tu compañero, estamos aquí
haciendo un trabajo, el trabajo que nos han mandado... ¡y nada más!
Mañana no sabemos dónde estaremos cada uno de nosotros.
¡Te lo vuelvo a repetir! Podemos hablar, sí; pero de cosas...
sin importancia, nunca entrando en detalles de la vida ni las costumbres
de cada uno. ¡Y menos de los familiares o de los amigos! (Aleccionador)
Es que... ya te digo, Ignacio, no sabemos mañana dónde estaremos
cada uno.
IGNACIO.- ¡Eso quisiera yo! ¡Que mañana estuviéramos
en otro lugar! (Señalando hacia la derecha) Esto de ahora no me
gusta, te digo la verdad... aunque perezca una obsesión.
PEDRO.- No estamos para hacer el trabajo que nos guste o que no nos guste,
¡estamos para hacerlo!
IGNACIO.- (Nervioso) ¡Ya lo sé! Todo eso lo asumí
cuando entré en esto, pero hay cosas que me cuenta entender. Me
parece bien recaudar dinero de los empresarios, vigilar y controlar...
¡hasta comprendo que haya que matar para sobrevivir, para defendernos!
pero...
(La luz baja lentamente hasta llegar a penumbra. Los dos hombres quedan
inmóviles. A lo lejos se oyen dos campanadas. De nuevo se dejan
oír los cantos de los pájaros durante unos segundos hasta
que vuelve la luz)
PEDRO.- Siguen dando las horas... se hace largo el tiempo aquí
¿verdad?
IGNACIO.- Mucho...
PEDRO.- (Tomando movimiento) Supongo que... estarán negociando;
no querrán perder a uno de los suyos, es lógico; además...
¡está su prestigio político y policial! Aunque habrán
hecho la jaula y tratarán de que no salga ni dios. Para ellos sería
un triunfo localizarlo. Si lo ven difícil, como se lo estamos poniendo,
negociarán y cuando sepamos que han puesto en la calle a los chicos...
soltaremos a este. Tan pronto ocurra eso nos (Saca el teléfono
móvil y lo deja sobre el catre) darán un aviso. La cabina
desde la que harán la llamada está controlada, no hay problema
de que nos localicen.
IGNACIO.- (Tomando movimiento) Eso espero. Pienso que si para ellos sería
un triunfo localizarlo... ¡Y para nosotros resultaría un
fracaso!
PEDRO.- Bueno... tampoco hay que tomar como un fracaso el que se lo puedan
llevar vivo, sería un fallo nuestro, pero no un fracaso, se conocen
los riesgos; el fracaso sería si dieran con este sito y con nosotros.
Esta casa quedaría “quemada” y a nosotros nos costaría
unos años de sombra.
IGNACIO.- Parece que ahora no piensas nada más que en nosotros
y en que este lugar no sea descubierto, pero... ¿te has olvidado
de porqué lo hicimos?
PEDRO.- No, no lo he olvidado. Tengo muy presente que se trata de liberar
a un grupo de compañeros, conseguir que salgan a la calle y se
puedan reintegrar a su vida normal, a la lucha, pero... ¡eso ya
no está en nuestra mano! Otros se están ocupando de ello,
ya lo sabes.
IGNACIO.- (Lleno de dudas) Y... ¿si lo encontraran? Si dieran con
nosotros... entre ellos los hay muy expertos, conocen el monte como la
palma de su mano.
PEDRO.- (Se acerca a la puerta del fondo, la entreabre y observa) No hay
nada nuevo... todo está como cuando vinimos... creo que no tienen
ni idea de que andamos por aquí, seguro que se están dedicando
a fisgar por la frontera, por las proximidades. (Vuelve hacia Ignacio.
Transición) Respecto a... eso de que “me he olvidado de porqué
lo hicimos”, te quiero aclarar una cosa por si tienes dudas hacia
mí y... por si volvemos a coincidir en alguna otra operación.
IGNACIO.- (Queriendo quitar importancia a lo que dijo) No te habrás
molestado por lo que dije... no era mi intención...
PEDRO.- No, si ya lo sé... pero las dudas surgen y lo entiendo.
Vivimos en una continua tensión y, como yo mismo te dije en otro
momento, no te debes de fiar ni de tu compañero; pero quiero que
sepas que no olvido a los que están en la cárcel (Pausa,
Gritando) ¡y tampoco a los que fueron condenados a muerte!
IGNACIO.- (En un arrebato de sinceridad) ¿Me creerás si
te digo que tengo miedo? La posibilidad de que me cojan y me caigan veinte
años me horroriza... como me horroriza la idea de tener que liquidar
a (Señalando a la derecha) ese. Es un chaval del pueblo, joven
como yo... ¡realmente no ha hecho nada!
PEDRO.- Siento decirte, Ignacio, que me parece que empiezas a ser peligroso.
Tú hablarías hasta por los codos sólo si te pisan
un pie. (Amenazante, exhibiendo la pistola) Si las cosas se ponen difíciles...
en lugar de uno... pueden ser dos los que encuentren en el camino cuando...
IGNACIO.- (Muy nervioso) ¿Me estás amenazando? Empiezo a
pensar que todo esto no tiene sentido... que se nos está yendo
de las manos, que en algún momento hay que terminar...
(Hay una pausa larga en la que los dos hombres se miran con desconfianza.
Pedro va a la puerta del fondo y observa el exterior. Ignacio, desde la
derecha, mira hacia el lugar donde tiene al secuestrado. Ambos, a un tiempo,
van al estante donde están los botes de comida y toman algo para
beber)
PEDRO.- Tenemos que ir limpiando esto... tardarán poco en llamar.
IGNACIO.- ¿Tú crees?
PEDRO.- Supongo que sí. Dieron las dos... hace tiempo... (Transición)
Tienes sed ¿eh? Aquí se seca la boca y ¡hasta el alma!
(Sonríe) Olvida lo anterior, lo que te dije. Yo también,
a pesar de los años, pierdo en alguna ocasión los nervios...
lo importante es saberse controlar a tiempo, es parte de nuestro trabajo.
IGNACIO.- (Recogiendo y metiendo en una bolsa todo lo que hay por el suelo)
Mira que no quede nada... no sea que nos dejemos...
PEDRO.- (Riendo) ¿El carnet de identidad?
IGNACIO.- (Con ansiedad) ¿Porqué no pones el transistor?
A ver si hay noticias, a ver qué dicen... alguna pista...
PEDRO.- Vamos a ver... puede que haya algo... ya han pasado horas y...
¡tienen que decidir, coño!
(Enciende el transistor y nuevamente se oyen ruidos de interferencias)
IGNACIO.- (Con curiosidad) ¿No hay manera de oír nada? Esta
zona es mala... (Toma la bolsa con todos los desperdicios y se acerca
a la puerta de la derecha. A Pedro) Voy a recoger lo de aquí dentro.
(Sale de escena por la derecha).
(Pedro se mueve por la habitación intentando encontrar un lugar
desde el que sintonice bien la radio. En un momento se oyen, como antes,
algunas palabras entrecortadas)
VOZ RADIO.- Manifestación... secuestrado... cercano el final...
delincuentes... el país se manifiesta... (Siguen los rudos durante
algunos segundos)
PEDRO.- (Inquieto) ¿Cercano el final? (Golpeando el transistor)
¡Maldita sea..! ¡Pero... qué final!
IGNACIO.- (Entra en escena por la derecha con la bolsa de desechos. A
Pedro, de quién ha oído la última frase) ¿Ya?
¿Hay noticias?
PEDRO.- Malamente escuché que decían algo de que se acerca
el final, pero... ¡vete a saber si el final es el...
IGNACIO.- El de uno o el de otros ¿no? ¿Es eso lo que ibas
a decir?
PEDRO.- (Con nerviosismo) ¡Sabes que solo hay un final posible:
que suelten a los nuestros y les entregamos el suyo!
IGNACIO.- (Contundente. Gritando) Hay otro: que se nieguen a sacarlos
de la cárcel y que tengamos que matar a este. No habremos resuelto
nada: ellos tendrán un héroe y nuestros compañeros
seguirán igual. Esto último es lo más fácil:
ellos no pueden ceder ante las presiones; ellos, a estas negociaciones,
les llaman chantaje. Además... (Sale muy deprisa por la puerta
del fondo con la bolsa)
PEDRO.- (Inquieto, va tras Ignacio esperando que termine la frase) Además...
¿qué? ¡habla! (Sale de escena por la puerta del fondo)
(La escena
queda vacía. Tras un breve silencio empieza a sonar el teléfono
móvil que Pedro dejó sobre el catre. Hay una pausa y en
el exterior se oye una ráfaga de ametralladora. Inmediatamente
entra Pedro corriendo, como huyendo de alguien, con la pistola en la mano.
Cruza la escena, sale de ella por la puerta de la derecha y se oye un
disparo seco. La luz baja de intensidad hasta hacerse un oscuro y en él
alguien da una pata a la puerta del fondo derribándola. Nuevas
ráfagas de ametralladora en escena. Suenan tres campanadas y cae
el
TELÓN
Madrid (España),
enero de 2001
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