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FERNANDO
ARRABAL RUIZ: MI PADRE
(Texto escrito poco antes de la detención de Arrabal por la Policía
franquista española, en julio de 1967).
En
la playa de Melilla, un hombre enterraba mis pies en la arena. Recuerdo
sus manos sobre mis piernas. Yo tenía tres años. Mientras
brillaba el sol, el corazón y el diamante estallaron en innumerables
gotas de agua. A menudo me preguntan qué es lo que más influyó
en mí, qué es lo que admiro más; entonces, olvidando
a Kafka y Lewis Carroll, el terrible paisaje y el palacio infinito, olvidando
a Gracián y Dostoiewski, los confines del universo y el sueño
maldito, respondo que es un ser del que no logro sino recordar sus manos
sobre mis pies de niño: mi padre.
Durante años he recorrido España en busca de sus cartas,
de sus cuadros, de sus dibujos. Mi padre pintaba, y cada una de sus obras
despierta en mí universos de silencio y de gritos que son atravesados
por cien mil caballos cubiertos de lágrimas. La guerra civil empezó
en Melilla el 17 de julio y mi padre, Fernando Arrabal Ruiz, fue detenido
dos horas más tarde en su domicilio y condenado a muerte por "rebelión
militar". A veces, cuando pienso en él, la naranja y el cielo,
el eco y la música se visten de arpillera y de púrpura.
Nueve meses más tarde la pena fue conmutada a treinta años
y un día de cárcel. Pero sólo recuerdo de él
sus manos sobre mis piececitos de niño, enterrados en la arena
de la playa de Melilla. Y cuando lo llamo, el silencio se inunda de alas
y escaleras de hierro. Deambuló por las prisiones de Melilla, Ceuta,
Ciudad Rodrigo y Burgos. En Ceuta trató de suicidarse abriéndose
las venas: aún hoy, siento correr su sangre húmeda sobre
mi espalda desnuda. El 4 de noviembre de 1941, al parecer afectado de
"perturbaciones mentales", fue trasladado de la Prisión
Central de Burgos al asilo del Hospital Provincial de esa ciudad. Cincuenta
y cuatro días después se fugaba y desaparecía para
siempre. En mis peregrinaciones di con sus guardias, con sus enfermeros,
con su médico, pero sólo puedo imaginar su voz y la expresión
de su rostro. El día en que desapareció había un
metro de nieve en Burgos, y los archivos indican que mi padre carecía
de documentos de identidad y que su única vestimenta era un pijama.
Pero he viajado con él en la imaginación, tomados de la
mano, por senderos y galaxias, acariciando fieras inexistentes, bebiendo
en arroyos y pozos de agua dulce en la arena.
Mi padre, que era "rojo", había nacido en Córdoba
en 1903. Su vida, hasta que desapareció, fue una de las más
dolorosas que conozco. Me complace pensar que tengo las mismas ideas artísticas
y políticas que él. Como él, canto la emoción
temblorosa, los espejos que surcan el mar y el delirio. En mi propia casa,
en filigrana, la contienda general estaba presente. En el álbum
de fotografías faltaban las suyas; o bien, en las fotos de grupos,
su imagen había sido recortada. Pero la calumnia, el silencio,
el fuego y las tijeras no apagaron la voz de la sangre, que vence las
montañas y me empapa de luz y de linfa. ¡Qué emoción
sentiría si alguien me diera noticias de él! Si me dijese:
"Fui su compañero de celda, o de estudios, o de juegos. Era
así o de esta otra manera; le gustaba tal cosa o tal otra".
Lo imagino en el centro de un calidoscopio, iluminando mis pesares y mis
inspiraciones.
Se me explica que hay quienes quieren hacerme "pagar la deuda"
(!) por no haber renegado de mi padre, bajo la forma de censuras y prohibiciones.
¡Desgraciados aquellos cuyo corazón alienta todavía
el espíritu de guerra y de violencia! Yo tiendo una mano fraterna
a todos los que, al margen de ideas y tendencias, se oponen a la opresión
y la injusticia. Él, sin duda, habría dicho lo mismo, ese
hombre de quien sólo recuerdo las manos, mientras enterraba mis
piesecitos en la arena de la playa de Melilla.
Fernando Arrabal
Comentarios de Arrabal, sobre su iniciación
teatral en ¡VIVA
LA MUERTE! (BAAL BABILONIA)
Cuando
abandonamos Villa Ramiro para instalarnos en Madrid, lo llevé entre
las manos en el tren y no se arruinó. Al principio ponía
muchos personajes. Después colocaba menos personajes y entonces
podía desplazarlos sin que chocasen. Lo hice en Villa Ramiro con
una caja de cartón. El interior se iluminaba con dos velas disimuladas.
Al principio ponía muchos decorados pintados en cada pieza. Después
sólo conservé uno apenas esbozado - y entonces tú
ya no debías esperar los cambios. EIisa odiaba leer los textos
y yo me encargué de todos los papeles, deformando la voz. Al principio
los personajes entraban y salían a cada instante. Después
casi no entraban ni salían y entonces tú podías seguir
mejor lo que hablaban.
En Madrid reemplacé las dos velas por dos lámparas eléctricas.
Al principio los personajes hacían cosas importantes. Después
hacían las mismas cosas que nosotros y entonces tú comentabas
mucho más las piezas. En Madrid lo guardé en mi habitación.
De tanto en tanto, daba una función para ti.
Al principio dividía cada pieza en varios actos. Después
las reduje a un solo acto y entonces ya no te distraías.
Cada personaje estaba pegado a una varita de madera y así podía
moverlos desde el exterior.
Al principio mi teatro era de cartón. Después, en Madrid,
hice uno de madera y entonces te gustó aún más.
Ni Elisa, ni tía Clara, ni abuelo, ni abuela asistían las
representaciones. Sólo tú asistías. Al presente,
como no estás aquí, doy funciones para mí solo.
Él
no conoció mi teatro de cartón, ni más tarde mi teatro
de madera.
Lo recuerdo: un hombre enterraba mis pies en la arena de la playa de Melilla.
No sé si le habría gustado, como a ti, mirar mi teatro,
o si le habría aburrido, como a Elisa.
Recuerdo las manos del hombre junto a mis piernas y la arena de la playa
de Melilla.
Él no supo que aprendí a ayudar en la misa y a andar en
bicicleta. Lo recuerdo: el sol iluminaba las manos del hombre, mis piernas
y la arena de la playa de Melilla.
No sé si le habría gustado verme ayudar en la misa, como
a ti, o si le habría molestado, como a abuela, verme andar en bicicleta.
Fernando
Arrabal
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